martes, 15 de marzo de 2016

Las lágrimas en perlas


Siete perlas de sufrimiento


El amor y el dolor van de la mano me decía mi abuelo cuando me hablaba del sentimiento nazareno de la Semana Santa, cuando desfilaban los pasos por debajo de sus balcones y mi abuela Florencia replicaba “vosotros los hombres pensáis que el llorar es sólo de mujeres” pero el mismo Cristo lloró al predecir la destrucción de Jerusalén (Lc. 19,41) y cuando supo que había muerto su amigo Lázaro, estando con sus hermanas Marta y María (Jn. 11,35). Así que Josemari no te de vergüenza llorar cuando lo creas necesario porque con las lágrimas se enjuaga el alma del hombre y sale el sentimiento profundo del amor. Llorar no es efecto de debilidad sino de fina sensibilidad.

Al hilo de este episodio vivido, en mi viaje a Italia, visitamos la Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula, lugar santo de fundaciones, pues allí fundó San Francisco de Asís la Orden de los Hermanos Menores en 1211 y Santa Clara fundó también la Orden de las Damas Pobres, Las Clarisas. En esta misma Iglesia Cristo se le apareció y le concedió, por la intersección de María, la indulgencia del Perdón de Asís (1216) y aquí mismo murió San Francisco cantando el 3 de octubre de 1226, haciendo actualmente 800 de la aparición de Cristo a San Francisco. Lo que más me llamó la atención, entre tanta grandeza, fue el encontrar la “Capilla de las lágrimas” donde San Francisco muchas veces lloró al contemplarse tan pecador ante la santidad de Dios, aquí descubrí lo que mis abuelos querían trasmitirme.

Año tras año recordamos cada momento de la vida del Redentor del Mundo. El pueblo de Cuenca se vuelca en conmemorar y representar la Pasión. De los pasos siempre me llamaron la atención las Vírgenes, por esos rostros desencajados por el dolor.

¿Hemos reparado en algún momento en el dolor de la Madre viendo y viviendo el proceso lamentable de la muerte anunciada de su hijo?

¡Qué fácil es sucumbir a los deseos de este mundo! como la riqueza, la salud, la dicha, el amor. Reflexionemos, todo cuanto ambicionamos en la tierra se desvanece en esos momentos de la muerte.
No es fácil ser madre y María fue soportando los dolores de la vida con resignación, cuando  Simeón le profetizó la Pasión y Muerte de su Hijo (Lc. 2, 22-35) que fue su primer dolor.

Todos preparamos la venida de nuestro primer hijo con todo amor. El Hijo de María, no nació en una alcoba cómoda y confortable, con ricas cortinas de seda que se cruzaran delante de una ventana, con gruesas alfombras, sino en un entorno al revés,  la alfombra se sustituyó por el musgo y la habitación por una cueva llena de heno para encontrar el calor que facilitara el sueño y el descanso de la madre que había dado a luz al Divino Redentor del Mundo. Pero no se quedó ahí, de noche tuvieron que partir a fin de salvar a su Hijo de la matanza de Herodes. Cuánta angustia la de María, cuántas fueron sus privaciones durante el largo viaje y no menos sufrimiento experimentó ella en la tierra del exilio. Ello condujo a su segundo dolor (Mt. 2, 13-15).

¿A alguien se le ha perdido su hijo? Que angustioso sería el dolor de María cuando se percato de que Jesús no iba en la caravana. Durante tres largos días buscaron a Jesús, hasta que lo encontraron en el templo. Tercer dolor en su vida (Lc. 2, 41-50).

No hay mayor dolor en el mundo que ver morir a un hijo, dicen los psicólogos en la actualidad, cual dolor inmundo sería el de María al encontrarse con su hijo camino del Calvario con la cruz a cuestas, ¡qué terrible dolor cuando sus ojos se encontraron con los de Jesús! El cuarto dolor de una vida de amor.

No quiso dejar sólo a Jesús en sus últimos momentos, ella con el corazón roto aguantó debajo de la cruz. Triste es el espectáculo al pie de la cruz y oyó a su Hijo prometerle el cielo a un ladrón y perdonar a sus enemigos. Sus últimas palabras dirigidas a Ella: “Madre, he ahí a tu hijo”, “Hijo he ahí a tu Madre” (Jn. 19, 17-39) Quinto dolor insoportable.

Lo contemplamos en nuestro paso de la “Virgen de las Angustias” de Marco Pérez. Considera el amargo dolor que sintió el corazón de María cuando el cuerpo de  Jesús fue bajado de la cruz y colocado en su regazo. (Mc. 15, 42-46) Así fue su sexto dolor en este caminar de la vida terrenal.
La vida se le escapó de sus manos terrenales cuando el cuerpo de Jesús fue enterrado como un ser humano más, completando así los siete dolores más terribles que una Madre puede soportar en esta vida (Jn 19, 38-42)

Hay muchas formas de sufrimiento que pueden afectar al cuerpo, pero los sufrimientos mayores son los del corazón. Nadie se ve exento del sufrimiento en este caminar, sepamos ofrecerle a Dios en comunión con Cristo.

Cada día de la Semana de Pasión pasaba, bajo el balcón las imágenes: La Virgen de la Esperanza, el Domingo de ramos; María Santísima de la Esperanza el Martes Santo; Ntra. Sra. De la Amargura y San Juan, el Miércoles Santo; La Soledad del Puente, el Jueves Santo; La Soledad de San Agustín, Ntra. Sra. De las Angustias, Ntra. Sra. De la Soledad y de la Cruz el Viernes Santo. Perlas en sus mejillas para designar las lágrimas del dolor de la Madre de Cristo, nuestro Redentor.

En el sueño de la inconsciencia vi al ángel coger lo corona del sacrificio, levantándola sobre su cabeza, brillaba como una estrella de siete colores, eran las perlas de los dolores. Sobre éstas, se elevaba la última, uniéndolas, como un arco iris que fusiona el Cielo con la tierra. En la noche de la vida miraremos eternamente a las estrellas y sobre ellas las perlas del dolor, en ellas están encerradas las alas del Espíritu, que nos llevará a la Vida Eterna.

Semana Santa 2016

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico


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