lunes, 20 de junio de 2016

Puertas y duendes por el Solsticio

El 21 de junio, noche mágica solsticial

Cuando el pueblo pierde su religiosidad tiende a la adoración de los astros como en los principios de la humanidad.

Hoy me he puesto a buscas el significado de solsticio en mi viejo Larousse, olvidado en la estantería, ocupa un puesto de consideración en él, en otras épocas más utilizado que en la actualidad, la comodidad de internet lo ha relegado casi al olvido. Entre sus hojas encuentro el significado de solsticio: “Época del año en la cual el Sol, en su movimiento aparente sobe la eclíptica, presenta su mayor alejamiento del ecuador”.


En su movimiento aparente alrededor de la Tierra, que, efectuándose en el plano de la eclíptica, presenta una inclinación respecto al ecuador, la declinación del Sol es boreal y siempre creciente durante la primavera, que empieza hacia el 21 de marzo; después decrece constantemente durante el verano, que termina hacia el 22 de septiembre. Hacia 21 de junio, la declinación para por un máximo, y luego decrece. Este máximo se produce muy lentamente, de forma que, durante muchos días, el Sol parece tener la misma declinación y elevarse paralelamente sobre el horizonte: el momento en que está en el máximo es el solsticio de verano. De igual manera el solsticio de invierno, la máxima declinación austral del Sol. La situación se invierte en el hemisferio sur. Concepto real pero no nos explica el comportamiento humano del momento.

La celebración social de este día es tan antigua como la misma existencia del hombre. El corto conocimiento de los hechos hacían creer que después de esta fecha el sol o volvería a su esplendor al hacerse los días más cortos a partir de éste momento. Ello conducía a realizar hogueras y ritos de fuego para ayudar al sol a mantener su poder y su energía. Se encendían fogatas en lo alto de las montañas, a la orilla de los ríos, en las puertas de las casas y se organizaban procesiones con antorchas desde las alturas a los valles. De bailaba y saltaba alrededor del fuego como purificación y protección de los malos espíritus para asegurar el renacimiento del sol.

A estos días de solsticios, 21 y 22 de junio, en los mitos griegos encontramos que se les denominaba “puertas”, los helenos los llamaban “puertas de los hombres” y al solsticio de invierno, los días 21 y 22 de diciembre, le llamaban “la puerta de los dioses”.

No se sabe con certeza cuando se inició estos ritos. Uno de los antecedentes podemos hallarlo en el pueblo celta con la festividad de Beltaine (fuego bello) que se celebraba a primeros de mayo, se encendían hogueras que eran saltadas con pértigas por los jóvenes del poblado. Los druidas hacían pasar al ganado por las ascuas como purificación y protegerlos de las enfermedades y parásitos y rogaban a su dios para que el año fuera fructífero sacrificando un animal para que sus plegarias fueran oídas.

Los griegos festejaban al dios Apolo de igual manera, encendiendo hogueras de carácter purificador. Los romanos la festividad era dedicada a la diosa Minerva, fiestas con fuego y que era costumbre saltar tres veces sobre las llamas.

El cristianismo recicló los viejos cultos estableciéndose la noche de San Juan, no faltan las leyendas fantásticas en esta noche. Se dice que es un momento de magia donde se abren las invisibles puertas del “otro lado del espejo” permitiéndose el acceso a grutas, a los castillos y los palacios encantados. Es una noche que se carga de un ambiente sobrenatural que impregna cada lugar mágico de la Tierra. Es un momento ideal donde los relatos se cuentas alrededor de la hoguera y la familia escucha a los abuelos contar sus historias llenas de amor.

Abramos en esta noche nuestro corazón a la imaginación, a la ilusión y a fantasía, viendo la Luna llena que nos ilumina en esta noche mágica donde no existen puertas para la imaginación.

20 de junio de 2016

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


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