viernes, 1 de febrero de 2019

“Y una espada te atravesará el corazón”. Festividad del 2 de febrero.

Purificación de la Virgen
    Esta festividad religiosa se celebra el día 2 de febrero. El Papa Benedicto XIV atribuye a esta festividad de la Purificación de la Santísima Virgen una antigüedad que se remonta a los tiempos apostólicos. Lo cierto es que ya en el siglo V se celebraba como fiesta de guardar. En la Iglesia griega y en la de Milán, se celebraba el 2 de febrero entre las solemnidades de Nuestro Señor; pero la Iglesia Romana la colocó siempre entre las de la Santísima Virgen, celebrándose también el mismo día.
(1) Presentación de Jesús en el templo. Óleo sobre tabla. 
Obra de Martín Gómez "El Viejo"
Museo Diocesano de Cuenca. Siglo XVI
    Al quererse someter Nuestro Señor voluntariamente a la ley, como dice San Pablo, María tuvo que cumplir con los dos preceptos judíos que obligaban a las madres, después de su alumbramiento. El primero de ellos era de carácter general, ordenaba a todas las mujeres israelitas que se abstuviesen de entrar en el templo durante los cuarenta días siguientes al alumbramiento si habían dado a luz a un niño y durante ochenta, si la nacida era una niña. Terminado el plazo habían de ir al templo para purificarse y ofrecer a Dios un sacrificio, consistente en un cordero que debía ser ofrecido en holocausto. Era, además, ritual que se ofreciese una tórtola y una paloma por el pecado. Las madres que no podían ofrendar un cordero lo reemplazaban por otra tórtola y una paloma. El sacrificio expiatorio tenía como fin expiar el pecado en el que había nacido el niño. El holocausto significaba la consagración entera de la criatura a Dios; por esto al tiempo del sacrificio la presentaban al Señor.

    El segundo precepto sólo obliga a los primogénitos varones, tanto a niños como a animales. Dios se había reservado como bienes propios a todos los primogénitos de Israel, liberados en Egipto al castigar  Dios con la plaga que privó de la vida a todos los primogénitos  egipcios, desde el hombre hasta la bestia de carga. María se vió obligada por la ley común a este precepto y transcurridos los cuarenta días señalados en la ley, ella se presentó en el templo para cumplirla puntualmente, acompañada de José y con su hijo en brazos.

    En este segundo precepto del rescate del hijo primogénito, según la ley Hebrea nos cuenta san Vicente Ferrer como pudo ser: “El primogénito pertenecía a Dios y al sacerdote, pero se le rescataba por el precio de cinco silos de plata. Si la familia no podía entregar los cinco siclos, el niño se quedaba con el sacerdote y era educado en el servicio del altar. María puso a su hijo en manos del sacerdote, quien lo ofreció al Señor. Si el pontífice hubiera conocido al que tenía en sus brazos se hubiera postrado a sus pies. Al ver la pobreza de la madre, se preparó el sacerdote a guardar al niño; pero la Virgen le disuadió de su intento –No lo retengáis, aquí están los cinco siclos- contestó María. Los había ganado con su propio trabajo y tal vez quitándoselo de su propio sustento a fin de poder rescatar a su hijo. Abrió la bolsa que no era de trencilla de oro ni de seda, sacó el dinero y lo entregó al sacerdote, según la prescripción de la ley”.

    María, se somete a un rito legal. Pide al ministro de Dios que le purifique, que acepte el presente que la Ley ordena y le devuelva, en nombre del cielo, esa pureza legal que ella posee, acrecentada desde que fue Madre. José asiste a la tierna ceremonia como cabeza de familia. Lleva en sus manos la ofrenda de los podres, porque pobre es su casa y pequeños sus haberes. Se ánodo el feliz Patriarca al contemplar el tesoro de humildad y pureza que tiene en su Esposa, y llora de emoción al oír de labios pontificales supremas alabanzas a su Hijo adoptivo. No interviene, sin embargo, por no poder sílaba ni actitud ajena y porque los goces íntimos se saborean mejor en silencio.

    Pero surge el Profeta. Simeón, transfigurado, habla de contradicciones y dolores. Anuncia a la Madre penalidades que no tienen más alivio que el de su eficacia redentora; y la espada que en lontananza ve él, clávese desde entonces en el corazón de María, al tiempo que el anciano Simeón ve cumplido su sueño: “Ahora puede ya morir tu siervo, Señor, porque mis ojos han visto la salvación que nos has enviado”. Bendice a los felices padres del Infante, sin acertar a separarse de aquel Niño, en quien cree y espera y a quien ama con todo el corazón.


(1) Explicación del cuadro: PRESENTACIÓN DEL NIÑO EN EL TEMPLO. Óleo sobre tabla.
En primer plano y en el centro, María y Simeón sosteniendo ambo al Niño, que parece pasar aéreamente de uno al otro. Los rodea un nutrido grupo de asistentes al acto, varios de ellos mostrando cirios encendidos. San José se acentúa su discreta presencia al dejarse ver apenas a la izquierda de la Virgen, la doncella que porta la cesta de los pichones, y la profetisa Ana en el lateral derecho del cuadro. Entre los restantes, adquieren personalidad pictórica definida tres ceroferarios de la  inmediata segunda línea: una joven estrictamente frontal, un acólito de edad avanzada a la izquierda de Simeón y otro joven que vuelve la cabeza hacia el espectador, con llamativa gorra roja y una joven que asoma su rostro a la izquierda de María
Esta pintura del siglo XVI de Martín Gómez "El Viejo" fue restaurada en la década de 1990 por Manuel Prieto en los cursos de postgrado en la Universidad Complutense.

Cuenca, 1 de febrero de 2019.

José María Rodríguez González. Profesor e investigar histórico.

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