domingo, 1 de noviembre de 2015

En el Corazón, sentimiento profundo de los que nos faltan

En la fiesta de difuntos

El otoño arrecia por las hoces, en el susurro del viento vienen los sollozos de despedida que claman las hojas al caer de sus ramas donde verdes y lozanas lucieron en primavera, tornando al amarillo y ocre al culminar su existencia. En los templos los cirios amarillos musitan con leve chisporroteo su misteriosa oración mientras por el aire vuelan los lamentos de las campanas doblando a duelo.

En los hogares se han tejido coronas de recuerdos estremeciéndose los corazones en la memoria de los seres perdidos, seres que partieron hacia lo Eterno. La Iglesia en este día congrega a sus hijos a la oración por los que nos precedieron y desde el cielo nos miran y animan a seguir sus huellas en este día de Todos los Santos.

El catolicismo, que es una religión basada en el amor de corazón, nos invita a lo largo de este mes de noviembre y en especial en este día señalado, a unirnos en una sola plegaria, al recuerdo de tantos hermanos nuestros que pasaron por la vida con nosotros, vivieron, amaron, lucharon, sufrieron y al término de su tiempo tienen sus esperanzas puestas en nosotros, en nuestros méritos y sufragios.

No nos conformemos  con un ramo de crisantemos depositado sobre la tumba, fúnebre obsequio de aparador antiguo, esas flores terminarán lacias y al final en el cubo de la basura arrastradas por la escoba de un sepulturero, siendo sólo el tributo de una vanidad humana o cuanto más un frío o novelesco sentimiento. Para ellos, los que pasaron y recordamos, sólo tienen valor las flores de nuestra oración o el aroma de nuestros sacrificios.

Cuando estos días visitéis el cementerio no leáis los epitafios, mirar más bien las  cruces que  se elevan sobre las tumbas, ellas nos dicen mirando al cielo,  no todo aquí es podredumbre, sino que el cuerpo que aquí yace estuvo confortado por un alma, el alma del que os dejó con lágrimas en los ojos.
Rogad por todos, no pongáis límite a vuestra oración. Rogad por los que yacen sin epitafio en el fondo de los mares, por los que sin nombre cayeron en los campos de batalla, por los que en ese momento de su muerte no tuvieron una mano amiga que cerrara sus ojos ni rezaran una oración por su alma. Rogad, en fin por todos, creando el lazo del calor de la oración de los cristianos, lazo de hermandad que nos une a todos, vivos y muertos bajo la mirada del mismo Padre que está en los cielos.

¡Cuán lúgubre y a la vez místico es el eco que deja las campanas! Hay un misterio de algo grandioso y recóndito de ultratumba y de recuerdo en el sonar monótono, aunque vivo en ese sonido de campanas en la Noche de los Difuntos. Es la plegaria y la oración que se elevan  al Cielo para que por la intercesión de un ángel, que vive en aquellas Mansiones Celestiales, bendiga los hogares y nos conceda la dicha inefable y venturosa de reunirnos de nuevo, un día lejano, con ellos en el Cielo.


Cuenca, 1 de noviembre de 2015. 
José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

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