lunes, 22 de diciembre de 2014

Navidad en Cuenca


Nace una nueva Navidad

Me gusta madrugar, comprar los periódicos y el pan con los primero rayos de Sol. Hoy pequeños resplandores rasgan las tinieblas de la noche que cesa. Comienza la alborada de la mañana, poco a poco se va distinguiendo el matiz plomizo de las calles y se van ajustando los colores que envuelven la ciudad. Hay días que subo con el coche al puerto de la Tórdiga por el gusto de ver iniciar el ascenso del astro-rey, saludando el día que comienza.

Carretería
Hoy, 23 de diciembre, son las 8:32 horas y comienza  a amanecer. Mi mente corre veloz por los recuerdos del pasado de mi niñez cuando lejos de Cuenca soñaba con la tierra amada, donde mis ojos vieron la luz del día por primera vez. Todo lo que contemplo a mí alrededor de esta Cuenca, brota en mi imaginación como fuente de manantial, recuerdos imborrables de sus calles, de sus plazas, de sus paseos, de sus edificios, de las aguas murmuradoras de sus ríos y de las solitarias mansiones del Casco Antiguo que duermen el sueño de la eternidad. Voy andando hacia Carretería y dos airosas jóvenes taconean sobre la acera vestida de fiesta, ansiosas de llegar pronto a sus casas después de una noche fiestera. Veo gente por distintas calles con las manos metidas en los bolsillos y embozados en sus bufandas, caminan ligeros en todas direcciones. Me paro en el Kiosco para comprar el periódico y leo entre líneas la situación absurda de una sociedad enfermiza y me pregunto: “Si la paz es fuente de trabajo; si el trabajo dignifica y labra la prosperidad de los pueblos, ¿Cómo es posible que los hombre se despedacen unos a otros, se destruyan, se aniquilen y se enriquezcan a costa del pobre, del necesitado, del pueblo en general sin ningún escrúpulo?

Hace frío, la helada mañana llega punzante, sintiendo sus agujas hirientes en mis huesos a través de mi gabán. Un pobre hombre, de los que no tienen más hogar que la entrada a un banco, me extiende la mano implorante en demanda de una limosna que doy animosamente; su rostro esta surcado por más de mil arrugas y su olor es nauseabundo por falta de cuidados higiénicos. Mientras tanto la luz del día lo irrumpe todo, la ciudad ha despertado, sus gentes  invaden el espacio caminando con prisas. Volviendo para casa me encuentro a un amigo que cogiéndome por las solapas del gabán me dice: ¿Sabes lo que ocurre? ¿Qué? – le pregunto. Nada. Sólo es Navidad. ¡Feliz Navidad!     

 

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

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