viernes, 13 de febrero de 2015

El carnaval de Cuenca a principio del siglo XX



EL ORIGEN DEL CARNAVAL Y SU CELEBRACIÓN EN LA CUENCA DE PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

El origen posible del Carnaval puedo iniciarse en las bacanales y saturnales, fiestas que se celebraban en Grecia y Roma. Las Bacanales eran fiestas públicas que se celebraban en honor al dios Baco y con este pretexto los jóvenes patricios y las matronas de igual condición, se arrojaban en brazos de la embriaguez y de la lujuria, llegando a un punto elevado de la degradación y la inmoralidad durante
Máscaras Venecianas (Italia)
esos días. Inultamente los cónsules Quinto Mario y Septilio Póstulo quisieron prohibirlas, pero el pensamiento humano cuando es contrariado en un medio busca otro para su expresión, por esto los citados Cónsules de la República Romana aunque prohibieron las fiestas Bancales hicieron la vista gorda, contentándose con declarar que no debería asistir los sacerdotes, magistrados, senadores y todo aquel que hubiese adquirido la suprema categoría de ciudadano romano.
Una cosa parecida a las Bacanales fueron las fiestas Saturnales o de Saturno, Se celebraban en Roma los días 17, 18 y 19 de diciembre. En estas fiestas no había más móvil que el libertinaje, la licencia, la orgía, impudencias y todo aquello significase escamoteo del pudor y del honor.
El Carnaval en la actualidad es considerado un espectáculo público y lejos de aquella nota discordante, es una verdadera necesidad del espíritu. En los últimos años, desde su vuelta a las celebraciones carnavalescas en nuestra época, se ha convertido en una fiesta popular propia de la expansión del corazón, donde el disfraz y los desfiles no dejan de ser una expresión jovial y divertida.

Foto del desfile de Carnaval del año 2009
¿Cómo se celebraban los carnavales en Cuenca a principio del siglo XX? Consultada la hemeroteca, la prensa del año 1900 nos cuenta en las crónicas de sociedad, que lo más importante y atractivo eran los bailes, la concurrencia a ellos era muy numerosa y casi obligada. Las máscaras les permitían, sobre todo a los jóvenes tímidos, flirtear con las chicas y viceversa. A ellas se les presentaba la ocasión de hablar con el joven timorato que llevaba meses paseando la calle sin atreverse a decirles las palabras amorosas que sentía en su corazón. Con la careta resolvían el problema de timidez, permitiéndoles hablar con cierta soltura con la persona que reinaba absolutamente en su ladito izquierdo del pecho.
A estos bailes, de la Constancia y del Casino de Cuenca, dice la crónica, que entre las mujeres acudían la soltería incansable que llevaba años intentando buscas pretendiente, la joven bonita pero… inexperta que sacaba novio trimestral y no resolvía su estado de soltería y por último la niña que presumía de mujer, a quién su madre debía haber dejado acostada, pues tiempo tendría de aprender los misterios de la sociedad de la época.
Foto en Venecia (Italia)
Con relación al género masculino nos habla que no faltaba el casadito-juerguista que iba por si recordaba tiempos pasados…; el pollo, solterón de esbelta figura, joven de buena familia, conquistador por guapo y adinerado. También acudía el quinceañero que ni él mismo sabía a qué iba. Dicen que unos y otros intentaban sacar el mayor partido a la careta y al disfraz. Se decía que en esos bailes estaba permitido todo lo socialmente conocido. Valga de ejemplo la poesía anónima del año 1900:
¡Vaya una mujer bonita!
Vamos a hacer un arrojo.
¿Quieres que bailemos prenda?
Lo que tú quieras Antonio.
Claro
está que yo te conozco,
más que puedes figurarte.
¿A quién haces ahora el oso
por esa Carretería
dónde estás hecho un tenorio
pasándote el día entero
y la noche haciendo cucos
a una rubia muy bonita
y que se gasta unos ojos
más negros que el azabache?
¡Ya ves tú si te conozco!
Como que soy… algo amiga
de tu novia, pero… poco…
pues apenas la he tratado.
Solamente allá en agosto
la conocí, cuando tu
comenzaste a hacerle el oso,
(menos mal) en fin, bailemos.
¡Ese cuerpo salero
me tiene ya dislocado
por lo vivo y lo garboso
para moverse!
¿De veras
te gusta mi cuerpo Antonio?
Si se entera la rubia
de lo que aquí entre nosotros
está pasando…
- No me hables
ya de nadie, pues tus ojos
me hacen olvidar a mí
por lo grandes y hermosos,
hasta que tango otra novia.
-Yo no puedo más, Antonio,
y me quito la careta
para que lo deshonroso
de tu voluntad se vea.
¿Me conoce usted ahora bobo?
-¡Pero eres tú Nicolasa!
Ahora si que te conozco.
¿Y a qué has venido tú al baile?
-Pues medite usted un poco
y sabrá a lo que he venido;
siguiéndole a usted al foco
de su perdición; Anselma
me dijo: sigue a ese tonto
y habla con él en el baile
para ver así, hasta el fondo
de sus pensamientos.
Ahora
voy comprendiéndolo todo,
que me ha metido en un lío
pero en un lío hondo,
que si de él tu no me sacas,
me ha tocado el premio gordo.


Cuenca, febrero de 2015
José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

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