miércoles, 15 de octubre de 2014

Santa Teresa “Fémina Andariega”


"No hallo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma"


Guardo de mi infancia el recuerdo de una talla de Santa Teresa que tenía mi tía Angustias, la modista. Cuando por las tardes, después de salir del Colegio Español me dirigía a su casa a merendar y hacer los deberes del cole, siempre me paraba delante de esa imagen. El quince de octubre de cada año le solía poner una vela, permaneciendo encendida las veinticuatro horas de día. Me decía, hay tres cosas que hacen de ella algo entrañable, amable y admirable para todos: el ser española, el ser sublime y el ser humana, tres lazos que nos deben de unir y que hacer que podamos tener arrestos para conseguir semejarnos a ella.

Santa Teresa. Talla en madera policromada
La Santa, nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515, de una familia de hidalgos. Su nombre completo era: Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada. Desde su tierna edad tuvo el deseo de la conversión de almas y ser mártir. A los nueve años de la mano de su hermano Rodrigo se iba a tierra de moros cuando un tío suyo los encontró y devolvió a la casa paterna. A los 18 años ingresó en el convento de Santa María de Monte Carmelo.

En el año 1555, a sus 40 años, una imagen de Cristo amarrado a la columna la transformó cambiando su vida. Seguido de las visiones de Cristo empieza su época activa, emprendiendo la reforma de la Orden Carmelitana.

A lo largo de su vida desarrolla una prodigiosa labor literaria. En 1562 escribió la Vida y el Camino de la Perfección; en 1563 las Constituciones de la Reforma del Carmelo; siguen las Fundaciones, los Conceptos, y otros libros que le merecieron de los Papas Gregorio XV y Urbano VII el título augusto de Doctora, que a ninguna otra mujer ha sido dado. En 1573, inmovilizada en Toledo por orden del Nuncio, entre abstracciones y apariciones, entre luchas con los demonios y contradicciones de los hombres, acaba en seis meses el libro inmortal de “Las Moradas” que como diría Fray Luis de León: “expone la más generosa filosofía  que jamás imaginaron los hombres”.
Celebración litúrgica. Catedral de Cuenca

No puedo dejar de mentar el primer capítulo de este libro de “Las Moradas” en el que trata de la hermosura del alma: “Es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o cristal muy claro a donde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos no es otra cosa el alma del justo, sino un paraíso a donde dice ÉL tiene sus deleites. Pues ¿Qué tal os parece que será el aposento donde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad. Y verdaderamente, apenas deben llegar a nuestros entendimientos, así como no pueden llegar al considerar a Dios pues. Él mismo nos creó a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué cansarnos en querer comprender la hermosura de este Castillo, pues se criatura, basta decir su Majestad es hermosa a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del alma”.
Procesión de Santa Teresa con la tuna al fondo. Plaza Mayor de Cuenca

Fundadora de treinta y dos conventos de la Orden Carmelitana, pasó su vida en ininterrumpida actividad. Tan grande, que ha merecido el sobre nombre de “Fémina Andariega”, y así, a lomos de un pollino o en un carricoche cualquiera por los caminos abrasados del sol o los ventisqueros de nieve, marcha ella, latiendo bajo el sayal su corazón apasionado por el Amor que la abrasa en ansias de fundar muchas casas donde haya muchas almas que amen a su Creador.

Reliquia de Santa Teresa
Entre otros conventos que pone en marcha están: “La Encarnación” de Ávila; Medina del Campo (San José), Soria, Caravaca, Sevilla, Villanueva de la Jara en nuestra provincia que también pisó la sandalia de la Santa Madre Teresa. De la fundación del convento de Villanueva transcribo un párrafo que la misma santa dejó escrito:
En el principio de estos grandes trabajos, que dicho tan en breve os parecerán poco y padeciendo tanto tiempo, ha sido muy mucho estando yo en Toledo que venía de la fundación de Sevilla de MDLXXVI, que me llevó cartas un clérigo de Villanueva de la Jara del Ayuntamiento de este lugar que iba a negociar conmigo admitiese para Monasterio nueve mujeres que se habían entrado juntas en una ermita de la gloriosa Santa Ana que había en aquel pueblo, con una casa pequeña cabe ella algunos años habían y vivían con tanto recogimiento y santidad, que convidaban a todo el pueblo a procurar cumplir sus deseos que eran ser monjas. Escribióme también un doctor; cura que es de este lugar, llamado Agustín de Ervias, hombre docto y de mucha virtud (este sincero admirador de Santa Teresa y su Reforma, había sido canónigo de Cuenca, y por su afición a la cura de almas permutó la canonjía con el
Monjas Carmelitas portando las reliquias de su fundadora
párroco de esta villa, D. juan de Rozas), ésta le hacía ayudar cuando podía a esta santa obra”.

Aquella alma gigantesca dejó este mundo, pequeño para ella, en Alba de Tormes, a los 67 años de edad, el 4 de octubre de 1582.

Poetisa fue la Santa y trascribo su sentir, hizo de su amor su vida y de su vida amor a Dios:




Ya toda me entregué y di,

y de tal modo he trocado

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce cazador

me tiró y dejó rendida

en los brazos del amor,

mi alma quedó caída,

y cobrando nueva vida

de tal manera he trocado.

Que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.

Tiróme con una flecha

enarbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Creador.

Ya yo no quiero otro amor,

pues a mi Dios me ha entregado,

y mi Dios es para mí

y yo soy para mi Amado.

                                               (Autora: Santa Teresa de Jesús)

Cuenca, 15 octubre de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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