lunes, 10 de noviembre de 2014

Los pinares del Rey Alfonso VIII (segunda parte)


Del testimonio de la escritura de transacción entre la Real Hacienda y la Ciudad de Cuenca, villas y aldeas de su suelo y tierra, sobre propiedad de su sierra, dehesas, quintos, etc., y de la Real Cédula de Confirmación.

Archivo
No encontraba el día para subir con mi abuelo al Archivo del Excmo. Ayuntamiento para que me explicaran mi abuelo Sabino y el Archivero los pleitos interpuestos entre el Concejo de Cuenca y los 124 pueblos que tenían derecho al disfrute de la Sierra. Pero he aquí que se puso mi hermana pequeña enferma y mi madre tenía que ir a la plaza a comprar dejándome al cuidado de ella. Tuve la picardía de adelantar una hora el reloj y cuando llegó mi madre viendo lo tarde que era, me dijo: ¡no vayas hoy a la escuela que se ha hecho muy tarde y te regañará la maestra! convencí a mi madre para subir a casa de mi abuelo a llevarle flores de confitura que había hecho al acercarse la festividad de Todos los Santos.

Cuando llegue no me falto la bronca del abuelo por haber engañado a mi madre y por no ir esa mañana al Colegio Español, pero el mal estaba hecho así que me llevó al Archivo. Tenía diez años cuando pisé por vez primera un archivo. Un mostrador separaba la entrada del resto de la estancia; seguidamente una mesa de madera y algunas sillas, sólo se veían estanterías de madera llenas con archivadores de cartón y libros viejos con nuevos mezclados. Fue todo una experiencia. El Archivero, un señor algo mayor, calvo y con una gafa redonda. Saludo a mi abuelo y haciendo las presentaciones de rigor el Archivero nos hizo sentarnos alrededor de la mesa camilla que salía cierto calorcillo al disponer de un brasero en su interior.  Y sabiendo de qué iba el tema me dijo: hoy no has ido al colegio pero que te sirva de lección todo lo que vamos hablar hoy. Sí señor, conteste yo.

Sierra de Cuenca - Acueducto de Royo frío
Como te habrá contado Sabino, a pesar de ser tan evidente como la luz del medio día que la Sierra pertenece por igual a Cuenca y a los pueblos, villas, aldeas y lugares, este Ayuntamiento que en aquella época era Concejo, prescindiendo por completo de dicho condominio y por su cuenta propia, sin más derecho que su capricho y faltando por completo a todos los respetos debidos a sus “condominantes”, utilizó él exclusivamente, todos los montes en muchos años, ingresado en sus arcas municipales por este concepto mucho dinero y está mal que lo diga yo que trabajo para él, pero la verdad siempre será la verdad. Pues no contento con ello y jactándose de que era el único dueño y señor de todos los montes, intentó desalojar de los pastos al ganado interponiendo denuncias y decretando la exacción de las multas y provocando ejecuciones y embargos para cobrarlas. Aburrido los pueblos por tal estado de cosas les obligó a defenderse de tanto atropello, buscando apoyo en alguien que pudiera ayudarles, lo cual no les fue difícil y alentados por personas que comprendieron su derecho removieron cierto expediente que existía en la Sección de Fomento de Cuenca y se empezó la batalla que es digna de conocer por las peripecias que contiene y por algo de cómico que encierra, si es tal como me lo contaron.

En el momento que el Ayuntamiento tuvo noticias que se iba a poner en marcha el expediente aludido, acordó reunirse en sesión y tratar en ella los medios que debía poner en ejecución para defender sus derechos y que los pueblos fueran en tiempo oportuno condenados.

En la reunión se dijo que puesto que la Corporación contaba en su seno con una eminencia jurídica, capaz de resolver todas cuantas cuestiones se presentaran en materia de derecho, como lo era su reputado Secretario, a nadie más que a él se podía confiar el estudio de este asunto. Con él estarían seguros de que no les fuera arrebatada la verdadera ganga que venía disfrutando con tantos y tan hermosos duros como hacía entrar en sus arcas para atender a las innumerables exigencias de su Municipio, ya que los pueblos al ser pobres la defensa que presentarían sería siempre débil.

Biblioteca del Escorial
Aceptó el Secretario el desafío y se puso a buscar legajos en este archivo, al no encontrar nada que le fuera favorable pensó en ir a buscar al Archivo del Escorial, organizándose un viaje por todo lo alto para el señor Secretario, costeado por el Consistorio, pensando que allí encontraría lo que no encontró en el suyo. Muy convencido de su éxito expresó a la Corporación: “encontraré lo preciso para que los 124 pueblos que reclaman no se salgan con la suya, ya verán cómo yo les confundo haciéndoles renunciar para siempre de sus inconcebibles pretensiones”.



Llegado al Escorial con sus credenciales, éstos le abrieron las puertas de par en par donde se encuentran históricos legajos y después de leer cientos de epígrafes, consultar índices, buscar y buscar cuanto le fue posible no encontró nada que le sirviera para negar la evidencia. Cabizbajo y pensativo regresó a Cuenca y al dar cuenta a su Corporación del resultado del viaje, acordaron darle un voto de gracia en consideración a que “si no trajo gallinas, no fue de voluntad, sino por no haberlas en el gallinero”.

Estanterías de la Biblioteca del Escorial
Ya que no encontraron argumento que proporcionara a Cuenca el ir en contra de los 124 pueblos, acordaron proseguir el examen del Archivo de la casa, porque pudiera ser que en el legajo que menos se pensara saliera algún papelote de provecho, comenzando de nuevo la tarea del registro. Cansado de mirar papeles dio con uno que al verlo exclamó: “Eureka, aquí está lo que yo buscaba; pero ¡oh decepción! Aquel perdido papel era la condenación más completa que se podía dar contra Cuenca; era nada menos que la escritura de compra de toda la Sierra, llevada a cabo por Cuenca y los 124 pueblos, villas, aldeas y lugares”. Reflexionando el Secretario sobre tan trascendental documento expresó: “Efectivamente, esta escritura da a los 124 pueblos igual derecho que a Cuenca ¿pero qué entienden de esto los pobres pueblos?

Todo esto lo comunicó a la Corporación y convino con ella que aquella escritura sólo era un papelucho que nada significaba aunque estuviera en poder de los defensores de los 124 pueblos. Casi por imperativo de la Corporación, el Sr. Iglesias, que así se llamaba el Secretario, dejó el registro de papeles y se dispuso a la pelea con el coraje y bríos que en él eran peculiares y sólo esperaba ocasión en donde demostrar la potencia de su talento para probar que “Covarrubias” podía haber aprendido mucho de él. Así estaban las cosas, el expediente de los 124 pueblos seguía su curso y como el Ayuntamiento no había aportado nada en su provecho, había una atmósfera favorable a la petición de los pueblos. Eso enfadó al Secretario y diciendo: “ni habrá en lo sucesivo Secretario de este Ayuntamiento capaz de llevar adelante empresas como la presente” y calándose las gafas, arremetió con el expediente y formuló tan descomunal alegato que al unirlo al grueso del expediente duplicó su volumen. Tal era el fárrago que allí había metido, el famoso Secretario, que toda la legislación administrativa fue aplicada allí donde lo creía necesario y hasta se dijo que no dejó letra por leer del Fuero Juzgo y las Partidas. Concluido este famoso trabajo, se reunió la Corporación  para escuchar la lectura, siendo vitoreado y agasajado el Secretario por tal impresionante escrito.

Listo el escrito fue despachado el expediente por el Ayuntamiento, pasándolo a la Diputación Provincial para que éste emitiera su dictamen. La Diputación estudió todos los informes, uno por uno y por más que intentó buscar el mérito tan cacareado por el Ayuntamiento no se lo encontró en ninguno de sus argumentos. Y emitió el siguiente informe con las siguientes conclusiones: “Que era a todas luces  indiscutible el derecho de los 124 pueblos al disfrute gratuito de todos los productos de la dilatada Sierra y que debía reconocerse que éstos estaban en posesión de la misma y que si Cuenca quería hacer valer algún especial derecho que acudiera a los tribunales ordinarios a entablar el correspondiente juicio de propiedad”.

Así despachó el expediente la Diputación Provincial, pasándolo al Gobierno Civil para su resolución definitiva. No se sabe que pasó allí para que D. Mariano Sanz, que desempeñaba interinamente el puesto, cambiara el expediente y resolviendo que: “Cuenca estaba en posesión de la Sierra y que si los pueblos querían hacer valer otros derechos, podían acudir a los Tribunales Ordinarios a entablar el juicio de propiedad”.

Serranía de Cuenca
La Corporación aplaudió la decisión gubernativa, pero uno de los concejales hizo la siguiente reflexión: “Señores, creo que estamos llevando las cosas hasta la exageración, yo creo que la cosa no es para tanto; pienso que este triunfo no es concluyente, porque de la resolución del Gobernador pueden alzarse los pueblos ante el Ministerio de la Gobernación y ¿quién sabe lo que de allí resultará? creo que es racional y prudente esperar los acontecimientos y según estos vengas obraremos después”.

Apenas los pueblos se enteraron de la resolución del Gobernador publicada en el Boletín Oficial, pensaron utilizar el plazo legal que la ley les concedía para presentar un nuevo escrito. Contrataron al abogado D. José Martínez Enríquez, quien aconsejó a los pueblos lo que debían hacer y les hizo gratis el escrito de alzada, el cual realizó de la manera más brillante y más cumplida.

El Ministerio pasó el expediente a informe del Consejo de Estado y este alto Cuerpo dictaminó en pleno que procedía revocar la resolución del Gobernador de Cuenca y declarar que los 124 pueblos, villas, aldeas y lugares estaban en posesión de la Sierra de Cuenca, con arreglo a la escritura de 1744; y el Ministro de la Gobernación, de acuerdo con el Consejo de Estado, publicó una Real Orden en la cual declaraba que se mantuviera a los 124 pueblos en la posesión y disfrute de todos los aprovechamientos  de la Sierra y que si Cuenca quería hacer valer otros derechos que acudiera a los tribunales ordinarios a ejercer la acción que creyera oportuna.

Se pasaron algunos días y desde el Ministerio de la Gobernación se remitió al Gobernador de Cuenca la Real Orden; y como ésta era esencialmente de carácter ejecutivo, se publicó en el Boletín Oficial y al poco tiempo se convocó por el Gobernador a los 124 pueblos a una reunión con objeto de organizar el asocio de éstos, nombrando una Junta Administrativa, como previene la Ley Municipal, así fue en efecto: se reunieron en la capital un delegado de cada uno de los pueblos celebrando su sesión; se nombró una Junta Administrativa; se aprobó su correspondiente reglamento y quedó constituida el asocio o comuna (Mancomunidad de la Sierra de Cuenca).

Cuenca al no estar de acuerdo le quedaba la última vía, entablar el pleito contencioso, pidiendo al Ministerio de la Gobernación que la Real Orden quedara en suspensión de ejecución; y así fue en efecto.

Una vez entablada la demanda por Cuenca contra la Real Orden de Gobernación, confió su defensa al letrado D. Alfonso González y los pueblos la suya al Excmo. Sr. D. Eugenio Montero Ríos. Como es consiguiente, al igual que había sucedido con la Excma. Diputación de Cuenca y en el Ministerio de la Gobernación, sucedió en el Tribunal de lo Contencioso.

Llego la hora de la vista y después de pronunciar D. Alfonso González su discurso de defensa, tocó el turno al Fiscal, que defendió con elocuencia la Real Orden y por último, el Excmo. Sr. D. Eugenio Montero Ríos, con elocuentes argumentos probó la injusticia e improcedencia, alegando la excepción dilataría de falta de personalidad en el actor; es decir, que el Abogado del Ayuntamiento de Cuenca no tenía, poderes de ésta y no pudo defenderla legalmente, con lo cual el Tribunal Contencioso, de acuerdo con la petición del fiscal y la del coadyuvante, D. Eugenio Montero Ríos, dictó sentencia por la cual la Real Orden quedó firme y los pueblos en posesión de todos los aprovechamientos de la Sierra.

Esto dicen que fue el final del famoso asunto entablado entre Cuenca y los 124 pueblos que figuraban como compradores en unión de la misma de todo el suelo de la dilatada Sierra.

Valla lio que se entablo para llegar el principio de las cosas, así es contesto el Archivero, pero debes de saber que este Ayuntamiento después de haber pasado todo lo referido, Cuenca sigue ejerciendo de reina y señora de toda la Sierra, haciendo caso omiso de esta sentencia, que si bien no fue publicada en el Boletín Oficial de la provincia está inserta en la Gaceta de 21 de agosto de 1891.

Que te sirva de ejemplo, siempre el más grande se come al chico, por mucha defensa que se haga y por mucho tribunal que haya. Que sea ésta tu lección de hoy y no vuelvas a faltar a clase. Gracias señor, así lo hare; y de la mano de mi abuelo regresamos a su casa y yo a la mía, con la lección aprendida de que no siempre gana el que tiene la verdad y la razón en esta vida.

Cuenca 10 de noviembre de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico

Fuentes documentales:

- “El Justiciero”. Madrid. De los años: 1892 y 1893. Periódico Político y de la Administración general y local.

- “La Gaceta”. Madrid. 21 de agosto  de 1891.

 

 

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