martes, 19 de agosto de 2014

Cuenca en llamas (Segunda parte)


Relato de los incendios más importantes que ha sufrido la ciudad de Cuenca

567 años de la primera ordenanza para la extinción de incendios en Cuenca

Como lo dicho es deuda, el miércoles día 30 de agosto subí de nuevo a ver a mis abuelos, temprano con la fresca, con la intención de que siguiera explicándome las peleas de D. Diego Hurtado de Mendoza con el Obispo Lope de Barrientos.

Cuando llegué al nº 23 de la Calle Alfonso VIII eran las nueve de la mañana. Estaban desayunando y me uní a ellos. ¿Cómo subes tan pronto? Es para que me cuentes las peleas de Don Diego con el Obispo Barrientos. Bien, Josemari por el interés, haremos lo del otro día, nos subiremos al Castillo para ubicar la contienda ¡Eso abuelo!, contesté.

Ya sentados en el murillo de la Plaza del Trabuco, con la garrota me señalaba las líneas imaginarias hasta donde llegaba el castillo, indicándome que el castillo poseía seis puertas y tres portillo. En la parte izquierda de la Plaza del Trabuco y adosado a una pared aparece parte del arco que constituía una puerta de acceso a la mencionada plaza y donde se realizó la contienda. Seguidamente comenzó el relato.

El origen de estas algaradas a que tan aficionados fueron los nobles durante los largos períodos de tiempo en que el trono de Castilla estuvo ocupado por monarcas débiles, no cesaron hasta que los Reyes Católicos lograron la unidad nacional, ejerciendo su hegemonía sobre todos los súbditos, señores y vasallos.

Estas contiendas hay que ubicarlas entre las condiciones pactadas en 1446 para la reconciliación del rey con el príncipe D. Enrique, soliviantado por los nobles, entre ellos D. Juan Pacheco, marqués de Villena y Señor de Belmonte, para impedir el valimiento (1*) de D. Álvaro de Luna y que llegaron a extremo de presentar batalla padre e hijo. Entre otras cosas se estipuló en dichas condiciones, que se diera el maestrazgo de Calatrava a D. Pedro Girón, hermano de Pacheco, con satisfacción en rentas al que había sido elegido para el cargo y el de Santiago siguiera en poder de D. Álvaro de Luna, satisfaciendo también a D. Rodrigo Manrique por el derecho que tenía a él. Es decir abuelo que aquí todo el mundo quería sacar tajá de la sartén, más o menos Josemari.

Pues mira, con todo este reparto parecía que las cosas estaban arregladas, pero Manrique fue llamado por el rey de Aragón, que pretendía ampliar sus estados a costa de los de Castilla y al que además de hacerle un ofrecimiento en metálico, consiguió que el Papa prometiera hacerle Maestre de Santiago, para embestir de nuevo contra D. Álvaro de Luna. Enterado de la trama Lope Barrientos, solicitó al Rey que enviara a Cuenca soldados a su mando, ante el temor de que Diego Hurtado de Mendoza, que era suegro de D. Rodrigo Manrique, se alzase con ella por su yerno o por el príncipe, a la vez que se enviaban tropas a otros lugares ocupados por D. Rodrigo para rescatarlos. Valla lio Abuelo se montó, todos querían la plaza de Cuenca, algo así Josemari.

Pues bien, El Obispo, por orden del Rey, comunicó a Hurtado de Mendoza que abandonara la ciudad, llegando a fijarse como fecha límite el día de Santiago, en cuya víspera el guarda del castillo, D. Juan Hurtado, hizo entrar en él una fuerza de 400 hombres. Por su parte el Obispo se había preparado poniendo barreras y guardas entre el castillo y la población.


El día de Santiago, estando diciendo misa, le llego un emisario comunicándole que los partidarios de D. Rodrigo habían comenzado la escaramuza y habían pegado fuego a la puerta de la ciudad, que entonces se llamaba del Mercado, corriéndose el fuego a las casas  inmediatas. Se abrieron treguas a instancias de D. Lope, a fin de llegar a un acuerdo, las que aprovechó D. Diego para aumentar sus pertrechos y reforzar su guarnición y sin haber expirado el plazo ni atender a la carta en que el Rey le ordenaba salir de Cuenca, comenzó la pelea contra las tropas del Obispo que hubieron de pegar fuego a la casa de D. Diego, trasladándose el fuego a las casas contiguas llegando a quemarse más de cincuenta. Esto  obligó a Hurtado de Mendoza a pedir seguro para su salida de Cuenca, lo que hizo con su familia, marchando a su villa de Cañete, pero dejando en el Castillo una pequeña guarnición que junto con refuerzos luego enviados, mantuvieron más de un año el desasosiego en Cuenca, hasta que el Rey indujo al Obispo a que celebrara un acuerdo por el que abandonó D. Diego el castillo de Cuenca, a cambio de hacerle merced del lugar de Cañada del Hoyo “en que hay fortaleza antigua e ochenta o noventa vasallos: e así entregó el castillo de Cuenca al Rey”, dice la crónica de Juan II.

Así Cuenca se vió libre de las  revueltas, no sin haber pagado un gran precio por los incendios ocasionados. A ver abuelo, estos se marcharon de aquí porque se les dio una plaza mejor como fue Cañada del Hoyo, pues claro Josemarí. Todo esto fue fruto de la codicia que esconde en su interior la deslealtad, la traición deliberada, siempre en el propio beneficio personal. Los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones inspiradas por la avaricia y de ésto los ricos saben mucho, pero no creas que es sólo patrimonio de los ricos, a veces lo que tienen acceso a la riqueza, sin ser propia, son peores que los señores. Así es abuelo. Pues Josemaría, vámonos para casa que va torrando la calva este sol de canícula.

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(1*) El Valido fue una figura política (el valimiento) propia del Antiguo Régimen en la Monarquía Hispánica, que alcanzó su plenitud bajo los llamados Austrias menores en el siglo XVII. No puede considerarse como una institución, ya que en ningún momento se trató de un cargo oficial, puesto que únicamente servía al rey mientras éste tenía confianza en la persona escogida.

 
José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico
19 de agosto de 2014

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