martes, 24 de marzo de 2015

Tambores y clarines en la noche de Viernes Santo




Noche de inquietud y espera.

A la caída de la tarde del Jueves Santo, la difusa luz del sol poniente ilumina la hoz conquense, hasta convertirla poco a poco en silenciosa y oscura antesala de la muerte. Allá lejos, por lo alto del Huécar aparecen densos y majestuosos nubarrones que se van propagando por el cielo infinito. El aire, se torna fresco en la noche. Una soledad aterradora se cierne en torno mío; ni una sola alma cruzaba en aquellos instantes el puente de la agonía, sin embargo, mi corazón, en aquellos momentos violentamente agitado por una fuerza sobrenatural, no se enteraba de lo que sucedía. La cerrazón tormentosa había cubierto el claro cielo del plenilunio lunar, cuando un clarín rompe la calma, seguido de un ronco tambor que rasga, el silencio profundo de una Cuenca de pasión nazarena.

Mientras tanto caminaba guiado por los vuelos de mi enloquecida imaginación, con el pensamiento puesto en una sola idea, la de poder ver sólo su rostro divino me hizo acelerar el paso. Por fin, extenuado llegué a lo alto y allí, destrozado y falto de fuerzas quedé sumido en un sopor tal que si alguien hubiera pasado hubiera pensado que estaba muerto, más no era así, mi corazón latía y seguía abstraído en la misma idea, del mismo pensamiento y de la misma esperanza.

El toque de tambores y clarines me hizo volver en sí. Por un instante lo vi; pasó su imagen como la de un fantasma, con los brazos abiertos como un alma en pena, se alejaba hacia la multitud que enloquecida se burlaba y reía del Señor que bajo el peso del madero sufría el escarnio de un pueblo que desconocía el milagro de la Cruz, su espíritu se torno en imagen, la talla del Jesús Nazareno.

Inicia su paso lento y jovial por las empinadas calles que llevan al Gólgota conquense, le sigue San Juan y la imagen divina del hada del Amor, María, cuando los  relámpagos rasgan el firmamento e iluminan el camino, dejando un sendero de lluvia fresca.

Las primeras luces del alba rompen las tinieblas cuando veo tu efigie de bella misteriosa, queriendo acercarme, pero es vana mi locura, la muchedumbre me lo impide. Trascurre el ascenso al monte del perdón, se aleja de mi la comitiva.

Quedo atrás, esperando una respuesta al absurdo martirio que no alcanza a comprender mente humana alguna.

El día avanza en sus horas tempranas, el sol emerge por el horizonte llegando a mi ventana un rayo de luz que penetrando en la estancia roza mi mejilla como si fueran los labios de la Madre que besa a su hijo dándole los buenos días. Al despertar me pregunto ¿Es cierto o lo he soñado?    

Semana Santa de 2015

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico





 

 
 

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