sábado, 9 de mayo de 2020

Los tontos felices (Inglaterra).


Cuentos populares del mundo.

En un pequeño lugar de la vieja Inglaterra, en el condado de Suffolk, vivían Freddy Perkins y su esposa Molly, un laborioso matrimonio de granjeros que poseían una linda casita rodeada de una pequeña granja.

Molly se dedicaba a las labores de la casa, mientras su esposo trabajaba la tierra o atendía a los animales.

Los dos esposos eran muy apreciados por sus vecinos porque eran tan honrados como serviciales. Pero tenían un defecto, con frecuencia, y por la causa más mínima, los Perkins se dedicaban a criticarse mutuamente, enredándose en largas y agrias discusiones.

-Freddy –decía un día Molly-: deberías dejar de fumar en tu pipa. Aparte de que tendríamos algunos ahorros más, la sala y los pasillos no estarían sucios de ceniza. -¡Ah, sí! –respondía Freddu¡y con ironía-. Ya veo que te gustaría gobernarme como hiciste con tu primer marido, el zapatero Peter.

-Has de saber que Peter era mucho más amable que tú y me confiaba sus ahorros. ¡No como tú, que siempre llevas el dinero en tu bolsillo por miedo a que yo lo pierda!

-¡Ah, querida: es que yo soy más listo que tu inolvidable zapatero! Si no te dejo mis ahorros, es porque he descubierto que eres tonta. Además, te diré que estás cargada de defectos: te pasas la mitad del día fisgando por la ventana parloteando con las vecinas.

-¿Cómo? Y ¿quién limpia la casa y te arregla la ropa y te prepara la comida que tanto te gusta? ¿No irás a decir que tampoco sé cocinar, eh? Lo que ocurre es que, cuando quieres, sólo ves mis defectos: ¡y tú también los tienes… y muy grandes!

El problema parecía no tener solución, como si los Perkins pudiesen disfrutar de paz y de alegría en su hogar; las discusiones eran cada vez más desagradables y más fuertes los gritos de los dos esposos. Hasta que un día ocurrió algo muy singular. Freddy Perkins hubo de viajar a la vecina ciudad por sus negocios y, antes de partir, entregó a su esposa las diez guineas de oro que constituían todos sus ahorros.

Cuando Molly vio que su esposo desaparecía tras una vuelta del camino, envolvió las diez guineas de oro en unos papeles viejos y guardó el envoltorio en un pequeño hueco del interior de la chimenea…

-Aquí nadie podrá encontrarlas –pensó-. Es una pena que tengamos tan pocos ahorros; pero tanto a Freddy como a mí nos gusta comer muy bien. Si no fuésemos tan adicionados a la buena mesa, tendríamos más dinero; pero…

Y reanudó sus faenas retirando del fuego un pastel de magnífico aspecto, poniendo a las brasas una gran roncha de jamón.

El agradable aroma culinario fue captado por un vagabundo que, casualmente pasaba por allí. Era un anciano de miserable aspecto con un ojo tapado con una negra venda y que caminaba apoyado en un bastón. Se llamaba Jack Honnaford y nunca había trabajado en ningún oficio; únicamente en su juventud había sido soldado, pero desde que le licenciaron, había vivido robando y estafando a incautos.

Jack llamó  la puerta y, cuando Mally salió, dijo quitándose el viejo sombrero: -Buenos días, señora. He venido a su casa atraído por el olor de los apetitosos guisos que está preparando. Pero tan sólo le pido un trozo de pan y un poco de agua.

Molly tenía un natural bondadoso y, además, se sintió halagada por la velada lisonja del vagabundo; así que le hizo pasar a la cocina y le sirvió un buen trozo de  jamón ahumado y un gran jarro de cerveza.

Mientras Jack Hannaford saciaba su hambre y se sed escuchaba con fingido interés la charla de su generosa anfitriona.

A Molly le gustaba muchísimo hablar y Jack Hannaford era lo suficientemente astuto como para saber hacerle hablar de las cosas que a él le interesaban. Y la ingenua y poco discreta Molly contó al vagabundo la historia de sus dos maridos, mientras el único ojo del vagabundo brillaba malicioso.

Jamás había encontrado Molly un oyente tan amable como Jack Hannaforf, Y, después de contarle su vida le preguntó: -Y usted. ¿de dónde viene? –Si usted no se asombra demasiado, contestó el vagabundo, le diré que vengo del mismo Paraíso, donde su primer esposo tenía el honorable cargo de zapatero celestial. Sí, señora: Peter era un magnífico zapatero.

-¿Era? –Preguntó Molly un poco desilusionada-. ¿Es que han nombrado otro zapatero?

-Aún no, señora; pero nadie podrá evitarlo si alguien no resuelve el problema del pobre Peter. Resulta que, desde hace algún tiempo, Peter no puede comprar más cuero con que fabricar sandalias y zapatos a los habitantes del Paraíso…

.¿Podrí remediarse mi pobre Peter con diez guineas de oro? No tengo más dinero…

El ojo de Jack brillo de codicia. –No es mucho, no; pero lo intentaremos…

Y la infeliz entregó todos sus ahorros al vagabundo, que marchó sin perder más tiempo en largas despedidas.

No tardó en regresar a casa Freddy Perkins, que cuando supo lo que había ocurrido, se enfadó con su esposa, a la que dijo: -¡Eres tonta: te has dejado engañar por un miserable vagabundo! ¡Pero yo recuperaré nuevamente nuestros ahorros!

Y corrió a la cuadra, montó en su caballo y partió al galope por el único camino que salía de la granja.

No tardó en divisar al vagabundo, el cual lejos de echar a correr, se había detenido al borde del camino y parecía escudriñar el cielo poniéndose la mano de visera como para proteger su único ojo de los rayos del sol; luego, inexplicablemente, se tumbó en el suelo y, al menos aparentemente, continuó examinando el cielo.

¿Qué había sucedido? Sencillamente: el pícaro de Jack Hannford, al oír acercarse el galopar de un caballo, sospechó que el esposo de la infeliz, a la que había estafado, había salido en su persecución. Era insensato pensar que podría escapar de él y, por otra parte, no había sitio alguno donde ocultarse a su vista. De modo que el vagabundo ideó uno de sus innumerables trucos para engañar al irritado marido de su víctima.

Como era lógico, Freddy Perkins iba dispuesto a dar su merecido a aquel granuja; pero cuando llegó junto a él y le vio tumbado en el suelo y mirando al cielo, pudo en él más la curiosidad que su irritación.

-¿Qué hace usted ahí?, le preguntó –Estoy viendo algo increíble –contestó Jack Hannaford, ¡veo un hombre que vuela!

-Eso es falso –manifestó Freddy Perkins mirando también al cielo: yo no veo nada. –Es natural –Explicó el vagabundo: pero verlo necesita estar completamente inmóvil y su caballo está moviéndose son cesar. Si usted quiere, yo sujetaré su caballo mientras usted se acuesta  en el suelo y comprueba el extraordinario fenómeno.

El bueno de Freddy Perkins mordió el anzuelo: se apeó, entregó las bridas al vagabundo y se tumbó en el suelo para presenciar el extraordinario espectáculo.

Más, apenas se acostó el vagabundo montó en su caballo y escapó a galope tendido. Entonces comprendió Freddy que había sido burlado y exclamó: -Soy doblemente necio: primero, confié mis ahorros a mi esposa, que es tonta; pero, además, me he dejado robar por este estafador, sabiendo que lo era. Así, nada puedo reprochar a Molly y lo mejor será que, en adelante, viva en paz con mi esposa.

Algún tiempo después, el pícaro Jack Hannaford volvió por aquellos lugares y preguntó en una posada por los esposos Perkins.

El posadero le informó que vivían en buena armonía desde que un forastero engañó, primero a la esposa y luego al marido.

Jack Hannaford no pudo contener su carcajada, comentando que él mismo había sido aquel forastero.

No contaba el granuja con que los Perkins eran muy queridos en toda la región; y el posadero se apresuró a dar cuenta a los alguaciles de los engaños del bribón, que fue encarcelado inmediatamente.

Por su parte, los Perkins siguieron viviendo felices y, cuando recordaban que debían su paz a un bribón, celebraban lo sucedido con alegres carcajadas.



Cuenca, 9 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.








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