lunes, 22 de abril de 2019

San Jorge, su verdadera historia


Sí, cristiano soy y de este nombre me glorío. Así contestó San Jorge al emperador Diocleciano.

Estamos acostumbrados a ver a San Jorge en pinturas y en esculturas montado a caballo armado con una lanza en la mano, en demanda de acometer a un dragón para defender a una doncella, que teme ser despedazada por sus garras. Pero ésto es más un símbolo que historia, para denotar que este ilustre Mártir defendió a su provincia, representada por la doncella, del fiero dragón de la idolatría. Esta historia como tantas otras, vino a degradarse y cambiarse con el tiempo, como tantas otras que se convirtieron en supersticiones ridículas que son el origen de las fábulas que nos venden los viajeros visionarios acerca de San Jorge.
San Jorge, el origen del mito.
¿Quieres saber su verdadera historia? Pues aquí la tienes, tal como fue, sin fabulaciones.

San Jorge fue uno de los más célebres mártires griegos a quien llamaron por excelencia el gran mártir. Nació en Capadocia de familia ilustre y distinguida por su nobleza, pero más señalada por el celo con que profesaba y defendía la verdadera religión.
Su valía y distinción le obligaron a seguir la profesión de las armas; y como era joven de los más dispuestos, más valientes y más cultivados de todo el ejército, le distinguió en poco tiempo, el emperador Diocleciano, dándole a su cargo una compañía y le hizo su maestre de campo. Descubriendo el Emperador cada día, el extraordinario mérito del nuevo oficial, pensó en elevarlo a los primeros cargos colmándole de favores. Esto ocurrió cuando se iban fraguando contra los cristianos las persecuciones, por ir éstos en contra de los dioses del reino.

Jorge viendo lo que se estaba fraguando en contra de los cristianos, con tan solo 20 años, se consideró como víctima destinada al sacrificio. Como tenía el grado de oficial general, eso le hacía miembro del consejo del Emperador y sabiendo que su estatus le obligaría a declarar su fe uno de los primeros, al no disimular sus creencias.
Siendo coherente con sus ideas preparó el camino deshaciéndose de sus bienes. Como había heredado una gran fortuna al morir su madre, la repartió entre los pobres, vendió sus preciosos muebles, sus ricos vestidos y distribuyó lo recaudado entre los fieles más necesitados y corriéndose el rumor de la entrada en vigor del decreto de persecución, dio libertad  a sus esclavos.

Una vez despojado de todo lo mundano entró en la lid y se fue a la sala del Consejo. Cuando el Emperador comunicó a los miembros del Consejo su edicto de exterminación de todos los cristianos, Jorge se levantó de su asiento y con natural elocuencia dio un sabio discurso contrario a lo que todos habían oído del Emperador, reprehendiendo la resolución que se había tomado de perseguir a los cristianos y de exterminarlos de todo el imperio.
Hizo demostración al consejo de la injusticia y de la impiedad de aquella resolución; defendió con una discreta apología a los cristianos y acabó exhortando al Emperador a que revocase el edicto, que sólo oprimiría violentamente a los inocentes.

El Emperador, aún más aturdido que los demás, mandó al cónsul Magnencio que respondiera a Jorge. Bien se conoce, le dijo el cónsul, por el desahogo con que has hablado en presencia del Emperador, que eres uno de los principales Jefes de esta secta; tu confesión confirmará tu insolencia, pero nuestro augusto Príncipe, defensor de los dioses del imperio sabrá vengarlos de tu impiedad.
Emperador Diocleciano.
A esas palabras contestó Jorge: Si la impiedad ha de castigarse, no sé yo que haya otra más abominable que la de atribuir a las criaturas, aun a aquellas que son inanimadas, los soberanos títulos y derechos propios y peculiares de la divinidad. No puede haber más que un solo Dios verdadero y este es aquel a quien yo sirvo y adoro. Sí, cristiano soy y de este nombre me glorío, no aspirando a mayor dicha en esta vida, que a darla derramando toda mi sangre por aquel Señor a quien la recibí. Enfurecido el Emperador al oír este discurso, y temiendo que convenciera a los presentes mandó al punto que lo encadenaran y lo encerrasen en un calabozo.

No contento con eso el Emperador mandó que fuera atormentado atándolo a una rueda con agudas puntas de acero, la cual a cada vuelta que daba le levantaba de la piel pedazos de carne. Sus verdugos quedaron atónitos cuando suponiéndole muerto le hallaron enteramente sano de todas las heridas al día siguiente del macabro suplicio. Sus verdugos se convirtieron al ver el milagro, eso enfureció más a Diocreciano, que mandó que fuera torturado con nuevas artes, pero todo eso sirvió para confundir más a los paganos y glorificar en mayor medida el poder del Dios de San Jorge. Ello hizo que incluso algunos pretores como Prótolo y Anatólio se convirtieran y tanto temió el Emperador que llegara una conversión general de toda la ciudad y más cuando la emperatriz Alejandra se convirtió también.

Todo ésto le hizo a Diocreciano seguir otra conducta contra él y mandó que le condujeran a su presencia, diciéndole con conmovida delicadeza: Jorge, no sin grande dolor mío, me he visto presionado a mandar ejecutar contigo el rigor de los edictos públicos contra los enemigos de mi imperial religión. No puedes ignorar la gran estimación que siempre he hecho de tus méritos; y el puesto que ocupas en mis ejércitos, es buena prueba de mi bondad. El único obstáculo que puede oponerse a tu fortuna, será tu obstinación, eres joven, logras toda la gracia del Emperador, el favor añadido al mérito te  prometen los primeros cargos del imperio. ¿En qué te detienes para volver a tu obligación y para aplacar con tus sacrificios la cólera de los dioses?
Tras esas palabras Jorge le pidió al Emperador que lo condujera al templo para ver aquellos dioses a quienes su Majestad Imperial quería que ofreciera sacrificio. Éste accedió a su petición y gran parte de la gente del pueblo les siguió. Apenas descubrió la estatua de Apolo, San Jorge dirigiéndose a la misma estatua de habló: ¿Dime, eres Dios? No soy Dios, respondió con voz terrible y espantosa la escultura de Apolo, contestando Jorge: Pues venid acá espíritus malignos, ángeles rebeldes, condenados por el verdadero Dios al fuego eterno; ¿Cómo tenéis atrevimiento para estar en mi presencia, que soy siervo de Jesucristo? Al decir estas palabras, acompañadas con la señal de la cruz, se oyeron en el templo gritos horribles, aullidos espantosos y se vieron caer derribadas por mano invisible todas las estatuas, haciéndose pedazos contra el suelo.

Visto el sacrilegio acaecido para los sacerdotes de los ídolos y presionado el Emperador, mandó que al instante le cortaran la cabeza, siendo su ejecución un 23 de abril del año 290 de nuestra era.
Algunas órdenes militares tomaron el nombre de San Jorge, como la que fundó el emperador Federico IV, primer archiduque de Austria, en el año 1470; y otra en la república de Génova, diferente de otra, que con el nombre de los Caballeros de San Jorge de Alfama, se fundó por los años de 1200 en el reino de Aragón.

Ésta es la verdadera historia de San Jorge así se escribió en el libro "AÑO CRISTIANO", por el padre Juan Croisset, en francés y traducido por el padre José Francisco de Isla, en el año de 1851 al español. Así os la cuento, para mayor gloria de Dios, quien dio las fuerzas a San Jorge para atestiguar su fe.
Cuenca, 23 de abril de 2019.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.  

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