sábado, 28 de mayo de 2016

CORPUS CHISTI


Origen e institución de la festividad


Año tras año las ciudades y pueblos se asocian en un magnífico arranque de fervor y tributan a Jesús Sacramentado el homenaje anual  de tan tradicional abolengo.

Siempre pensé que fui un niño privilegiado al poder disfrutar de todos los acontecimientos que se realizaban en la parte antigua de la ciudad, como era el poder ver desde el balcón, de la casa de mis abuelos, los desfiles procesionales que discurrían por la calle de Alfonso VIII. 
Una de las procesiones que más me impresionaron de niño fue la del Corpus Chisti con ese sin fin de seminaristas y feligreses que acompañaban a la procesión de la Custodia con la Hostia consagrada en el centro.
Mucha debe ser la Fe que uno profese para la creencia de que Jesús se halle en ese círculo. Ese comentario inocente que puede darse en cualquier niño o adulto, fue lo que hizo que mi Abuelo Sabino me sacara de la duda y hoy vísperas de este acontecimiento festivo quiero trasmitiros.

Esperando el discurrir del cortejo procesional por la calle de Alfonso VIII y viendo mi abuela que estaba jugueteando con los faldones de la mesa camilla que había en la habitación, llamó a Sabino para que me entretuviera y así hacer tiempo hasta su llegada.

¿Qué pasa Josemari que me dice tu abuela que estás dando guerra? ¿Sabes que procesión vas a ver? Sí, contesté muy ligeramente, pero no entiendo porque llevan la hostia consagrada en una casita de plata con campanillas. Sin dejar de mirarme y poniéndome su mano en mi hombro me dijo:

La festividad del Corpus Christi es tan antigua como la Iglesia, a decir verdad fue el mismo Jesucristo quien instituyó la fiesta del Santísimo Sacramento, la tarde de la última Cena, vísperas de su muerte. Eso ya lo sabía. Pero ¿no sabes alguna historia sobre esta procesión?

Bien Josemari, te contaré la historia de la monja Juliana. – Abuelo, ¿te has inventado ese nombre para que coincida con el nombre de mi padre? No, es que se llamaba realmente así; prosiguiendo su explicación:

En los albores del siglo XIII, en el monasterio de Monte Cornillón, cerca de Lieja (Francia) estaba de priora la monja Juliana que era una monja humilde, piadosa, inocente y llena de virtudes, se caracterizaba por su amor al Santísimo Sacramento. Cuando comulgaba quedaba como arrobada en éxtasis, la comunión era para ella un manantial de gracias y consuelos. Desde los dieciséis años tenía una visión  que se le repetía continuamente, creía ver una luna llena que brillaba esplendorosamente, pero tenía un ligero entrante en su circunferencia, como si le hubieran dado un “bocao”. Dos años estuvo intentado quitársela de su cabeza, pero el esfuerzo era en balde. Cierto día que estaba Juliana rezando en la capilla del convento oyó una voz interior que le dijo: “Juliana, la luna que ves representa a la Iglesia y el entrante señalado en el círculo significa que falta una solemnidad en el ciclo litúrgico, la del Santísimo Sacramento” pidiéndole que se encargara ella de hacer que se instituyera la festividad del Cuerpo y Sangre de Jesús.

Ella no sabía cómo llevar a cabo tal petición, pasaron más de veinte años  silenciándola  hasta que habló con Juan de Lausana, canónigo de San Martín y este comunicó a varios teólogos las visiones de Juliana, entre ellos al arcediano de Lieja, Santiago Pantaleón y más tarde al mismo Papa  Urbano IV y todos decidieron celebrar la festividad del Santísimo Sacramento con mayor lustre y pompa.

En el año 1246, Roberto de Torote, Obispo de Lieja, mandó que en su diócesis se celebrara una fiesta del Santísimo Sacramento el jueves siguiente a la octava de Pentecostés, pero murió ese mismo año sin llevar lo acabo. Al año siguiente en 1247, los canónigos de Lieja determinaron  celebrar por primera vez esta solemnidad el jueves señalado por el difunto prelado. Por más de medio siglo se celebró la fiesta del Santísimo Sacramento únicamente en la diócesis de Lieja.

La monja Juliana murió sin terminar la misión encomendada, pasando el testigo a su compañera de convento llamada Eva, que también conocía a Urbano IV, cuando fue arcediano de Lieja.

Realmente fue el milagro de Bolsena, localidad de Italia, quien hizo entrar al Pontífice de lleno en la idea de la institución de la festividad.
El milagro Eucarístico de Bolsena (Italia) 

Estaba un sacerdote celebrando misa en la iglesia de Santa Cristina de Bolsena, cuando de pronto le asaltaron dudas sobre la presencia real de Jesús en la sagrada Hostia. Al romperla antes de la comunión, quedó maravillado viendo que se mudaba en sus manos en carne viva de la que goteaba abundante sangre. El corporal quedó pronto empapado en ella; varios purificadores con los cuales quiso el sacerdote secar y contener aquel misterioso derramamiento, se llenaron también de manchas de sangre.

Desvaneciéndose con esto las dudas del celebrante, el cual quedó tan sobrecogido de espanto, que no pudo terminar el santo sacrificio. Envolvió en el corporal la Hostia transformada en carne, bajó del altar y se fue a la sacristía. En el camino y a la vista de los fieles cayeron al suelo grandes gotas de sangre que todavía salía de los corporales.

Hallábase a la sazón el Sumo Pontífice Urbano IV en Orvieto a seis millas de Bolsena. El sacerdote corrió a echarse a sus pies y le declaró sus dudas y el insigne milagro que las había desvanecido. El Papa envió inmediatamente a Bolsena para cerciorarse del suceso a dos grandes de la Iglesia como eran Tomás de Aquino y  Buenaventura que llegarían a ser santos.

Confirmada ya la veracidad del milagro, mandó el Pontífice al Obispo de Orvieto que fuese a buscar solemnemente a la iglesia de Santa Cristina la Hostia adorable, las corporales y demás ropas empapadas en la preciosa Sangre. El mismo Urbano IV con su corte de cardenales, prelados y una inmensa muchedumbre de fieles salieron a recibir al Santísimo Sacramento hasta una distancia como de un cuarto de milla de la ciudad. Los niños y jóvenes llevaban palmas y ramos de olivo; todos cantaban himnos y cánticos; el Papa recibió de rodillas aquel tesoro y lo llevó triunfantemente hasta la catedral de Santa María de Orvieto. Esa fue la primera procesión solemne del Santísimo Sacramento.

Al año de publicar la Bula  murió Urbano IV. Transcurrieron cuatro años y Clemente V, elegido Papa en el año 1305, infundió nueva vida a la Bula de Urbano IV y confirmó la institución de la festividad de Corpus. Su sucesor Juan XXII, puso todo el empeño en hacer cumplir los decretos de Clemente V: Martín V y Eugenio IV completaron la obra, enriqueciendo con indulgencias la nueva festividad.

Se oían las trompetas y los tambores que anunciaban la proximidad del cortejo procesional cuando nos asomamos al balcón para verlos pasar. Ese año comprendí por vez primera la gran suerte que tenemos los cristianos de tener entre nosotros al mismo Cristo en la celebración de la Santa Misa.

Cuenca, 20 de mayo de 2016

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


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