Noche de inquietud y espera.
Mientras tanto caminaba guiado por los vuelos de mi
enloquecida imaginación, con el pensamiento puesto en una sola idea, la de
poder ver sólo su rostro divino me hizo acelerar el paso. Por fin, extenuado
llegué a lo alto y allí, destrozado y falto de fuerzas quedé sumido en un sopor
tal que si alguien hubiera pasado hubiera pensado que estaba muerto, más no era
así, mi corazón latía y seguía abstraído en la misma idea, del mismo
pensamiento y de la misma esperanza.
El toque de tambores y clarines me hizo volver en sí. Por un
instante lo vi; pasó su imagen como la de un fantasma, con los brazos abiertos
como un alma en pena, se alejaba hacia la multitud que enloquecida se burlaba y
reía del Señor que bajo el peso del madero sufría el escarnio de un pueblo que
desconocía el milagro de la Cruz, su espíritu se torno en imagen, la talla del
Jesús Nazareno.
Inicia su paso lento y jovial por las empinadas calles que
llevan al Gólgota conquense, le sigue San Juan y la imagen divina del hada del
Amor, María, cuando los relámpagos
rasgan el firmamento e iluminan el camino, dejando un sendero de lluvia fresca.
Las primeras luces del alba rompen las tinieblas cuando veo
tu efigie de bella misteriosa, queriendo acercarme, pero es vana mi locura, la
muchedumbre me lo impide. Trascurre el ascenso al monte del perdón, se aleja de
mi la comitiva.
Quedo atrás, esperando una respuesta al absurdo martirio que
no alcanza a comprender mente humana alguna.
El día avanza en sus horas tempranas, el sol emerge por el
horizonte llegando a mi ventana un rayo de luz que penetrando en la estancia
roza mi mejilla como si fueran los labios de la Madre que besa a su hijo
dándole los buenos días. Al despertar me pregunto ¿Es cierto o lo he
soñado?
Semana Santa de 2015. Actualizado. Cuenca 7 de abril de 2023
José María Rodríguez González. Profesor e investigador
histórico
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