viernes, 26 de junio de 2026

La medalla milagrosa, día 27 de noviembre.

Dicen que no hay corazón cristiano que no ostente esta bendita y salvadora enseña, por lo que me ha dado por buscar tal digna medalla, que me sonaba que tenía una, posiblemente perteneció a mi madre o a mi abuela. El asunto es que después de rebuscar entre mis cosas. ¡Eureka! La encontré. Está un poco deteriorada pero es posible su reparación, así que con las herramientas adecuadas lo he arreglado y listo para ser expuesta.


Por decreto del Sumo Pontífice León XIII, fechado el 23 de julio de 1894, se establece en honra de la Medalla Milagrosa una fiesta particular a semejanza de las que existían ya en honor del Santo Rosario y del Escapulario. Si se quedan conmigo y me acompañan les cuento la historia.


Corría el año de 1830. En el noviciado de las Hermanas de San Vicente de Paúl de París, profesaba en él la joven Catalina Labouré. Allí transcurrían los días de la piadosa novicia sin llamar la atención siendo humilde y dócil. Descansaba una noche al igual que sus compañeras en un vasto dormitorio, cuando oyó una suave voz que insistentemente le decía al oído: “Levántate”.

Ante la insistente voz despertó, corrió la cortina por el lado donde oía la voz y vio a un niño de unos cuatro o cinco años con rubios cabellos y todo su cuerpo desprendía rayos luminosos alumbrando la estancia: “Ven, -le dice la voz , ven a la capilla; la Santísima Virgen te espera”, “Pero me van a oír” –pensaba Catalina. Y lo verán…” “Nada temas –repuso el niño contestando al pensamiento de Catalina- son las once y media y todos duermen, yo te acompañaré”. Al oír estas palabras y no pudiendo resistir a la invitación del cariñoso guía, se vistió a toda prisa y acompañada por el niño que irradiaba claridad por sus destellos de luz por donde pasaba fueron a la capilla.

Subió de punto su admiración al ver abrirse la puerta en cuanto la hubo tocado el niño y al ver que toda la capilla estaba iluminada, “lo cual –añade ella- me recordó la Misa del Gallo de Navidad”. Acompañada del niño hasta la barandilla del comulgatorio donde la dejó arrodillada. Tras breves instantes exclamó el niño: “Mira a la Santísima Virgen”; una señora de sin igual belleza se presentaba ante su vista cubierta de blanco con velo azul. Siguiendo los impulsos de su corazón, se arrojó a los pies de María Santísima. Tras breves indicaciones la Virgen le agregó: “Hija mía voy a encargarte una misión; muchas penas tendrás que sufrir en ella, pero gustosa las sobrellevarás pensando que van dirigidas a la mayor gloria de Dios; muchas contradicciones te sobrevendrán, pero la gracia te ayudará; nada temas, refiere todo lo que te suceda con sencillez y confianza a tu director espiritual”. Cuando se le pregunto a Catalina no acertó a decir el tiempo que permaneció con la Virgen. Cuando desapareció la visión se levantó, sor Catalina y vio nuevamente al niño en el sitio en que le había dejado al acercarse ella a la Virgen. Diciéndole ¡Ya se fue! Y la volvió acompañar al dormitorio. Se cree que este niño era el ángel de la guarda que Catalina tenía designado. Oyó dar las dos de la madrugada en la cama pero esa noche ya ni pudo dormir más.


Este relato es una parte de la misión de sor Catalina. Es su director espiritual el señor Aladel quien nos cuenta lo ocurrido el 27 de noviembre de 1830. Esto es lo que en el proceso verbal de información de fecha de 16 de febrero de 1836 fue recogido en acta:

“A las cinco y media de la tarde, hora en que las Hermanas acostumbraban a tener sus rezos en la capilla donde se aparecido la Virgen a la joven como en un marco ovalado; estaba de pie sobre el globo terráqueo del que no se veía más que la mitad; vestía ropaje blanco con manto azul plateado, parecía tener diamantes en las manos de las que caían haces de rayos luminosos a la tierra, y con mayor abundancia caían haces de un punto de la misma. Creyó oír una voz que decía: Estos rayos son el símbolo de la gracia que María obtiene para los hombres y el punto sobre el cual caen más abundantes es Francia. Se podía leer alrededor del cuadro estas palabras escritas con caracteres de oro: ¡Oh María! Sin pecado concebida, rogad por nosotros que acudimos a Vos. Esta oración estampada en semicírculo, comenzaba a la altura de la mano derecha, y pasando por encima de la cabeza de la Virgen venía a terminar a la altura de la mano izquierda. Habiéndose vuelto el cuadro, vio en el reverso del mismo la letra “M” rematada de una cruz con un trazo transversal en medio; y por debajo del monograma de María, los Corazones de Jesús y de María, rodeado el primero de una corona de espinas y atravesado el otro por una espada. Luego le pareció oír estas palabras: Hay que hacer acuñar una medalla según este modelo: Las personas que la lleven indulgenciada y recen con piedad esta oración gozarán de una protección especial de la Madre de Dios, y en este preciso instante acabó la visión.


Catalina Labouré, murió en París, en olor de santidad el 31 de diciembre de 1876 y fue beatificada por el Papa Pío XI en 1933.
El Arzobispo de París declaró varias veces que él mismo había ofrecido esta medalla a muchos enfermos de todos clase y condición y habían sanado. No tardó en proclamarse en una alocución del 15 de diciembre de 1836, con ocasión de la consagración de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Loreto de París, la necesidad de darla a conocer en todo el mundo católico, extendiéndose su devoción rápidamente por España, Suiza, Italia, Bélgica, Inglaterra, América, en Oriente y hasta en China.
Muchos son los milagros y conversiones que hubo a través de la Medalla Milagrosa y se haría muy largo el contar cada uno de ellos lo que si diré que todos ellos fueron estudiados y comprobados y que el 5 de junio de 1842 el eminentísimo cardenal Patrizzi proclamó que quedaba plenamente probado el verdadero e insigne milagro obrado por Dios.

Cuenca, 27 de noviembre de 2018 y el 27 de noviembre de 2026.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

jueves, 25 de junio de 2026

El amor de mi vida

XLIII Aniversario de nuestra boda

Dicen que la vida se vive una sola vez, yo la vivo cada mañana al levantarme y comenzar otro día más contigo.

26 de junio de 1983.
José María Rodríguez González
María de los Ángeles Clemente Sánchez
Así es, eres simple y llanamente, María de los Ángeles. el amor de mi vida, desde que te descubrí en la capilla del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. Cada día que pasa pienso en lo importante que has sido en mi vida. Son ya 43 años los que llevamos juntos, desde ese 26 de junio de 1983 cuando nos casamos a los pies de la Virgen de las Angustias. Me hace tremendamente feliz el saber que quiero pasar el resto de mi vida contigo, a tu lado y disfrutar juntos de la vida.






Eres la persona perfecta, la que necesitaba, la que siempre soñé. No me ha costado escatimar en amor y en situaciones románticas contigo porque todas y cada una de ellas son experiencias geniales que han merecido la pena. Gracias por esos dos maravillosos hijos que tenemos y por la maravillosa familia que hemos formado gracias a ti.

Sabía que habría días que te extrañaría, como mis años en Albacete, pero sabía también que siempre podríamos recuperar el tiempo y que tú harías de cada momento algo inolvidable, por tu forma de ser conmigo, por tu carácter y porque me haces derretirme de amor. Te quiero y eres lo más hermosos que me ha pasado en mi vida.
Mi amor por ti no para de crecer, cada día descubro en ti nuevas cosas que me vuelven a enamorar una y otra vez. Angelines gracias por escuchar mis pensamientos, por comprender mis sueños, por convivir con mis defectos y por quererme durante estos años. Sin duda el casarme contigo es lo mejor que he hecho en mi vida. Le pido a Dios que nos permita disfrutar de nuestro amor muchos años más.

Ese día en que mis ojos se fijaron en ti, me di cuenta que estábamos destinados a unir nuestras vidas y si te digo te quiero no es por costumbre, es porque tu presencia es la mejor que me ha ocurrido en mi vida.

Gracias por quererme como soy, te agradezco todos estos años a mi lado. Feliz aniversario, mi ángel.


José María Rodríguez González

Santos Juan y Pablo. Festividad del 26 de junio.

     Tengo que comenzar diciendo que todos los documentos históricos y arqueológicos estudiados hasta la fecha, nos encaminan a demostrar que tanto Juan como Pablo florecieron a mediados del siglo IV, desde el reinado de Constantino Magno hasta el Juliano el Apóstata, quien les hizo matar y ordenó que les sepultaran en su misma casa del monte Clelio, donde hoy se levanta la iglesia de san Juan y san Pedro, junto al Clivus Scauri, la calle más antigua de Roma.
Su nacimiento se podría fijar en la primera o segunda decena del siglo IV, por el tiempo en que Constantino concede la paz a la Iglesia, en el año 313. 
En la inscripción de san Dámaso se dice que eran hermanos y de familia ilustre. Parece cierto que militaron en las legiones de Constantino, en cuyo tiempo recibieron el bautizo y, por su valeroso comportamiento, fueron nombrados oficiales de la guardia noble de palacio. Aquí trabaron amistad íntima con  Joviniano, capitán de las guardias imperiales y sucesor de Juliano en el imperio.
Todo esto nos hace sospechar que Juan y Pablo pasaron una gran parte de su vida en Oriente y probablemente permanecieron en Constantinopla hasta que muertos los hijos de Constantino, hasta que subió al trono Juliano, el Apóstata. Entonces nuestros santos renunciaron de sus cargos militares y se retiraron a su ciudad natal de Roma, donde poseían una casa sobre el monte Celio. Allí se dedicaron a la práctica intensa de la virtud cristiana, en oración y obras de caridad.
Juliano tuvo empeño en que volvieran a sus cargos y les mandó aviso por Terencio, capitán de cohorte. Nuestros santos se excusaron, y Juliano, irritado por el desprecio, mandó que fuesen decapitados secretamente en su propia casa, aunque se debía correr la voz de que habían sido desterrados como enemigos del Imperio.
La cronología no se puede tomar al pie de la letra pues la historia queda incompleta al no haber acta que certifique el martirio en su propia casa y como la muerte fue secreta la sepultura también, parece que fueron sepultados dentro del mismo recinto urbano, a diferencia de los otros mártires que eran siempre guardados fuera de los muros, todo ello en contra de la costumbre universal lo que hace difícil su veracidad.
San León Magno levantó en su honor una basílica y un monasterio en el Vaticano. La casa donde fueron martirizados se convirtió muy pronto en un santuario por obra del senador Bizante y su hijo san Panmaquio amigo de san Jerónimo.
En los subterráneos de la actual iglesia se descubrieron en 1887 las ruinas de la primitiva casa de los mártires, que costaba, cosa rara entones de dos plantas. En ella se ven hoy día tres grupos de edificios: uno con carácter de palacio y ornamentación pagana de pájaros, pavos reales y geniecillos con coronas de flores; otro cristiano, con los símbolos del pez y de la paloma, el vaso de leche y las ovejas, tan frecuentes en las catacumbas. En un fresco se ven también los santos Juan y Pablo con ángeles y la tienda, símbolo del paraíso. Cerca se hallan Crispo, Crispiniano y Benita con los ojos vendados, en espera de la decapitación. El tercer departamento es un oratorio.
La inscripción de san Dámaso se conserva sólo en parte y dice así: “Pablo y Juan de ilustre prosapia… dieron juntos la vida unidos por el casto vínculo de la fe. Fueron vasallos fieles del Rey de la eterna mansión. Los dos hermanos tuvieron la misma casa y la misma fe; ahora en el cielo ciñen la misma corona inmortal. Sabed que Dámaso tejió el panegírico de los dos hermanos para que el pueblo cristiano aprenda a celebrar los nuevos Patronos”.
La historia centenaria de la Casa Celimontana de los dos hermanos Juan y Pablo nos muestra que la santidad de la Iglesia no es un simple recuerdo histórico de ilustres antepasados, sino agua límpida que constantemente corre y fertiliza el suelo del pueblo cristiano.

Publicado en Cuenca, 26 de junio de 2020 y el 26 de junio de 2026.
Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

La casa de los santos Juan y Pablo en Roma.


miércoles, 24 de junio de 2026

Festividad del 25 de junio.

    La ciudad piamontesa de Vercelli, entre Turín y Milán, debió de ser su cuna, hacia los catorce años inició una vida errante y se sabe que peregrinó hasta Santiago de Compostela descalzo y cargado de cadenas.

Posteriormente se hizo eremita en Monte Virgiliano, hoy Monte Vergine, en Nápoles, y cuando  su alrededor se multiplicaron los discípulos fundó allí una comunidad de monjes que llevaban hábito blanco, se regían por la regla de san Benito y daban especial importancia al trabajo manual.

Dependiendo de Monte Vergine hubo otros monasterios semejantes, pero Guillermo era hombre de soledad y continuó sus andanzas penitentes y piadosas por el sur de Italia hasta su muerte.

La anécdota más conocida que se cuente de él es la tentación carnal que provocaron unos cortesano de Palermo mandándole una dama de escasa virtud que se dijo enamorada del santo y dispuesta a compartir con él su lecho aquella noche.

Según la tradición, san Guillermo hizo encender en el patio una enorme hoguera y se tendió entre las llamas invitando a la mujer a que se acostase a su lado tan como había prometido. Al ver que el fuego no le hacía ningún daño, la pecadora cayó de rodillas, se convirtió y más tarde quiso ser monja.

En el comienzo de los calores del estío, evocar la memoria de este incombustible habitante del fuego invita a ver en él su naturaleza ígnea, como instalado en el corazón de la infinita hoguera del amor de Dios, haciéndose insensible a cualquier otra llama, material o metafórica, que debía de ser como una candela comparada con el sol.

Murió en Goleto. No dejó ninguna constancia escrita, pero el tercer abad general de sus comunidades, Roberto, redactó un código de reglamento y puso a la orden bajo la regla de los benedictinos. El único, de entre los muchos monasterios que fundó san Guillermo, que existe todavía en el Monte Vergine. En la actualidad, pertenece a la comunidad benedictina de Subiaco y, en su iglesia se conserva una pintura de Nuestra Señora de Constantinopla que es muy venerada.

Publicado en Cuenca, 25 de junio de 2020. Actualizado el 25 de junio de 2026.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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FUENTES CONSULTADAS:
-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.
-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.
-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.


martes, 23 de junio de 2026

Con el solsticio de verano celebramos la festividad de San Juan el Bautista (Siglo I). 24 de junio.

  A diferencia de los demás santos, la fiesta de san Juan se celebra no el día de su muerte sino el de su nacimiento, y se acompaña en muchos lugares con un alegre ritual de fogatas que conmemorar también el solsticio de verano.

Este es el santo de fuego, de severa figura, que viste ropas tejidas con pelos de camello y se alimenta de langostas y miel silvestre.
San Juan Bautista

Era hijo de Zacarías, un sacerdote del Templo, y de Isabel, pariente de la Virgen María, y aun antes de nacer, en el episodio de la Visitación, fue el primero en saludar gozosamente al Mesías; Juan siempre va por delante, siempre es el primero tanto en manifestarse como en desaparecer.

Quizá perteneció a la comunidad de Qumran, cuyos documentos se descubrieron no hace muchos años, y luego se hizo predicador itinerante y solitario. Jesús, que se hace bautizar por él, le dedica un inmenso elogio: “No hay entre los nacidos de mujer profeta más grande que Juan”.

Juan va a terminar su vida siendo decapitado como venganza de la verdad que no puede callar “la voz que clama en el desierto”; la literatura ha fantaseado mucho sobre esta escena tan teatral –el rey cobarde, su concubina, la bailarina joven, un verdugo- en la que se anudan tantas pasiones para que él enmudezca. Así queda reflejado en la iconografía marginalista de los arcos góticos de la Catedral de Cuenca.

La Redención estaba en puertas, y Juan, que sólo debía allanar los caminos, voceando la presencia y la excelencia del que estaba a punto de manifestarse, desaparece una vez cumplida su misión.

En los umbrales del cristianismo, es el arquetipo de todos los santos, los que se niegan a sí mismo para parecerse a un inimitable modelo, que son algo en la medida en que representan a Cristo.

Publicado en Cuenca, 24 de junio de 2020 y 24 de junio de 2026.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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FUENTES CONSULTADAS:
-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.
-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.
-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.




San Juan, nadie más grande entre los nacidos de mujer. Festividad del 24 de junio.

San Juan, figura emblemática en Cuenca
    Ayer leyendo en el calendario litúrgico la festividad de "La Visitación de María a su prima Santa Isabel" comprendí algo singular, que hasta este momento no había llegado a entender, ¿Cómo la festividad de los santos son celebradas en su muerte, es decir, el tránsito de este mundo al Cielo y en cambio la festividad de San Juan Bautista se celebra su nacimiento, el 24 de junio? San Agustín lo justifica diciendo que San Juan Bautista fue santificado en el vientre de Santa Isabel. María fue a visitar a su Prima después de la Anunciación y cuando Isabel estaba en su sexto mes de embarazo.

    La festividad de San Juan Bautista, al estar próxima al solsticio de verano asumió los ritos y tradiciones cuyo origen son anterior al cristianismo.

    Haciendo uso del Evangelio de San Lucas vemos que Zacarías había perdido la voz por dudar de su mujer de que estuviese embarazada.  Cuando nació San Juan recuperó el habla según se lo había predicho el arcángel San Gabriel.
Cuenta la tradición religiosa que la noche en que nació San Juan, Zacarías su padre, encendió hogueras para anunciar a parientes y vecinos la noticia de su nacimiento. Cuando le preguntaron cuál sería su nombre, él escribió en una tablilla: “Juan es un nombre” y fue en ese momento cuando recuperó el habla. Al cristianizarse la sociedad, la celebración pagana del solsticio, pasó a celebrarse la noche del 23 al 24 de junio, convirtiéndose en una noche santa y sagrada, asumiendo la magia que despertaba en la gente ese día tan señalado en el calendario pagano.

 Son muchas las referencias que hay sobre San Juan en la Catedral de Cuenca, de su niñez apenas hay datos históricos. Posiblemente quedó huérfano a temprana edad al ser sus padres ya muy mayores cuando lo tuvieron. Se habla que pasó su juventud en el desierto en contacto con la naturaleza, donde se impregnó del espíritu de Dios a través de la penitencia y la oración. Vestía sólo una piel de camello y se alimentaba frutas y miel silvestres, de raíces e insectos, como lagartos.

Sobre los 30 años inicia en la ribera del Jordán a predicar y bautizar a la gente como preparación a la venida del Mesías. Juan no conocía a Jesús, bajo sueños había recibido el aviso de que “aquel sobre quien viera que se posaba el Espíritu Santo en forma de paloma sería el enviado”.

Encontró la muerte por hacer pública la situación amorosa del rey Herodes con su cuñada Herodías, mujer de su hermano. Pasaje que explica la iconografía marginalista de los arcos góticos de la Catedral de Cuenca.

San Juan Bautista fue enterrado junto con Eliseo y Abdía y se veneró sus restos en la ciudad de Samaría hasta el siglo IV. Posteriormente Juliano “El Apóstata”, emperador de los romanos, renegó públicamente de la religión cristina de ahí el apodo, en el año 361. Él fue quien mando diseminar los restos de San Juan Bautista.

La Venerable Hermandad de San Juan Bautista de Cuenca fue constituida en el año 1934, siendo Obispo Don Inocencio Laplana y Laguna y comenzó a desfilar por las calles de Cuenca ese mismo Miércoles Santo de 1934. La talla era del escultor Luis Salvador Carmona, realizada en el siglo XVIII, recibiendo culto en la desaparecida iglesia de San Juan y de esta fue trasladada a la Iglesia de Santo Domingo en el año 1877. Nuevamente tiene que ser trasladada su ubicación y en este caso viene a la Iglesia del Salvador en el año 1912  que no volvería a procesionar hasta el año de 1942, después de la Guerra Civil. En el año de 1954 viene desfilando el Martes Santo. La talla es de Marco Pérez y el 24 de juniode 2016 se celebró el 75 aniversario de la entrega de la imagen a la Hermandad.

Publicado en Cuenca 24 de junio de 2016, 24 de junio de 2026.


Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico. 

lunes, 22 de junio de 2026

José Cafasso (1811-1860). Festividad del día 23 de junio.

Fue conocido por el apodo "Padre de las horcas".
   El santoral de hoy me ofrecía la posibilidad de varios santos y he elegido a José Cafasso porque el Papa Benedicto XVI lo calificó de “Gran maestro y formador de sacerdotes” y apoyó a San Juan Bosco, de quien aprendió sus tácticas pedagógicas para llevar a los muchachos a Cristo.
José Cafasso.

Fue ordenado a los 22 años, enseguida se reveló como un extraordinario profesor de teología moral, dedicándose  a la formación del clero joven; en Turín se le consideraba como una persona de criterio más seguro que había en el norte de Italia, y seglares, clérigos e incluso obispos iban a consultar con él cuestiones dudosas.

Como hizo notar Pío XI con motivo de su beatificación, fue quien se opuso con mayor rigor intelectual al jansenismo y al regalismo, defendiendo la doctrina y la independencia de la Iglesia en años muy turbulentos.

Evangélicamente fructuoso lo fue también en todos los ámbitos en los que intervino; con los seminaristas y sacerdotes, con discípulos como Don Bosco, a quien ayudó en su vida espiritual y en su fundación, con simples fieles de la ciudad, a los que dedicaba largas horas de confesonario.

Se le recuerda sobre todo por una especialidad que debe de ser una de las más ingratas tareas sacerdotales, atender a los condenados a muerte antes de su ajusticiamiento, por lo cual se le conocía por el apodo de “padre de las horcas”.

En sus últimos días dijo en un sermón que le parecía hermoso morir en sábado, día de María, para ser llevado por Ella al cielo. Se cumplió su sueño. Falleció el sábado 23 de junio de 1860.

Fue beatificado por Pio XI el 3 de mayo de 1925, y canonizado por Pío XII el 22 de junio de 1947.

Publicado en Cuenca, 23 de junio de 2020, actualizado el 23 de junio de 2026.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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FUENTES CONSULTADAS:
-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.
-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.
-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.