viernes, 25 de julio de 2025

El santo de los abuelos. Festividad de Santa Ana y San Joaquín. El día 26 de julio se celebra en España el día de los abuelos.

De los padres de la Virgen no nos ha dejado nada los escritores del Nuevo Testamento. Lo poco que conocemos sobre ellos lo debemos a varios libros apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago, el Seudomateo y el Evangelio de María, que dan siempre un número de verdad e historia, aunque en muchas cosas sean legendarios.

Santa Ana, a quien los Santos Padres apellidan  el consuelo de los hijos de Dios que suspiraban por la venida del Mesías, nació en Belén de la tribu de Judá, a dos leguas de Jerusalén, llamada comúnmente  en el evangelio, Ciudad de David, por haber nacido en ella este monarca. Tuvo por padre a Mathan, sacerdote de Belén, de la tribu de Leví y de la familia de Aaron, que entre los judíos era la familia sacerdotal. Su madre se llamó María, de la tribu de Judá, ambos muy recomendables por su nacimiento, por su notoria bondad y por su ejemplar virtud. Tuvo tres hijas. La primera llamada María como su madre, casó con Cleofás. La segunda hija fue Sobé, madre de Isabel. y la tercera hija fue Ana, la que hoy celebramos, que casó con Joaquín, que vivía en la ciudad de Nazaret y era de la casa real de David, con cuyo enlace se unió la familia sacerdotal con la real, circunstancia indispensable para que la madre del Mesías pudiese nacer de este matrimonio.  
Santa Ana. Obra de Ventura Rodríguez.
Altar Mayor. Catedral de Cuenca.
El culto de Santa Ana y de San Joaquín es muy antiguo entre los orientales sobre todo, como nos lo revelan San Gregorio y San Epifanio, los himnos griegos y las homilías de los Santos Padres, que alaban extraordinariamente a la bienaventurada madre de la Virgen.

Justiniano hizo construir en Constantinopla una iglesia en honra de Santa Ana en año 550. El 636, fecha de la toma de Jerusalén por los musulmanes, existía ya una basílica en honra de la madre de María, hoy espléndidamente restaurada, junto a la probática piscina, y donde la tradición localiza el lugar del nacimiento de María.
Consta de tres naves espléndidas que terminan en ábside. En el altar mayor hay una estatua preciosa de Santa Ana enseñando la Sagrada Escritura a la Virgen, recuerdo que ha inspirado a tantos artistas como a nuestro inmortal Murillo.

Los sirios veneran a Santa Ana con el nombre de Dina, el 25 de julio. Pero generalmente los orientales tienden a poner la fiesta de los padres de María cerca de la Natividad o de su Asunción a los cielos.
San Joaquín. Obra de Ventura Rodríguez.
Altar Mayor. Catedral de Cuenca.
En Occidente su culto no llega más allá del siglo VIII. En un nicho de la basílica de Santa María de la Antigua, en el foro romano, hay una pintura del siglo VIII que representa tres madres con sus hijos: Santa Ana con la Virgen, Santa Isabel con San Juan y María con el Niño Jesús. La fiesta litúrgica de Santa Ana empieza a aparecer bien avanzada la Edad Media. Entra definitivamente en el Misal Romano en el año 1584, bajo el papado de Gregorio XIII.

El nombre de Ana en hebreo es Hannah o Juana y significa gracia. Joaquín significa: “vale tanto como Yahvé”, prepara o fortalece. Ambos nombres denotan, por tanto, su misión divina: preparación de las promesas mesiánicas, siendo los inmediatos progenitores de la Madre del Salvador.

Poco conocemos de la vida exterior de estos dos esposos. Nos basta con saber que fueron los padres de “la llena de gracia, la bendita sobre todas las mujeres, la Madre de Jesús”. Sabemos que en el seno de Ana germinó la plenitud de la gracia; que en sus entrañas se realizó el misterio de la Inmaculada Concepción.
El anciano matrimonio había suplicado, por mucho tiempo al Señor, una bendición y al fin se les concedió. Todos los anhelos, todos los suspiros apasionados de los antiguos patriarcas se habían condensado en ellos, y en ellos se condensó también la realización de todas las promesas de Dios al hacerlos padres de María. Ellos fueron el tallo de donde brotó la flor que había de cuajar en el fruto bendito, que es Jesús, el Salvador. Esto es lo que sabemos de Santa Ana y San Joaquín. Basta y sobra para nuestra devoción y gratitud. Grandes tuvieron que ser aquellos corazones y muy santos, cuando Dios los escogió para padres de la Virgen Inmaculada, Madre de Dios.

Publicado en Cuenca, 26 de julio de 2019. Actualizado el 26 de julio de 2025.
Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

miércoles, 16 de julio de 2025

San Alejo (Siglo IV)

Hay santos con cuya vida la tradición teje estupendos relatos para envidia de los escritores, y éste es el caso de san Alejo, cuya historia es como una novela bizantina, con sorpresas, viajes, naufragios, sucesos extremados, estatuas parlantes y una anagnórisis, el reconocimiento final, que no puede ser más novelesco. Y así desde la Edad Media la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje.
San Alejo nació en Roma hacia el año 350 y fue hijo del senador Eufeniano y de la matrona Aglais, una de las familias más ricas de la capital. Desde su juventud se inclinaba a la vida de soledad y penitencia, más por condescendencia con sus padres se casó con una joven de la aristocracia romana. La tradición nos dice que la misma noche de bodas huyó sigilosamente de la casa paterna y se marchó hacia Oriente.
Al fin se estableció en Edesa de Mesopotamia. Allí vivía mendigando de puerta en puerta. Hasta se refiere que en una de sus salidas de mendigo topó con los criados de su padre, que, buscándole, le socorrieron sin conocerlo, porque la vida de penitente y mendiguez le había desfigurado.
La fama de su santidad corrió pronto por toda la comarca y, temerosa de ser conocido, huyó a Edesa, dejó el Oriente y se vino a Roma. Enteramente disfrazado se presentó en casa de su padre y le pidió albergue y comida. “Tened piedad de este pobre de Jesucristo y permitidme que me albergue en un rincón de vuestro palacio”.
Y la leyenda nos pinta al Santo debajo de una escalera, recogido en oración, maltratado por los propios criados y durmiendo en el suelo.
Todas son coincidencias estudiadas en la vida de este Santo. Su muerte ocurre precisamente cuando su padre Eufeniano está oyendo la Misa del papa Inocencio I. Una voz le dijo: “Acaba de expirar el siervo de Dios, es grande su poder, murió en casa de Eufeniano”. Alejo había muerto, efectivamente; los padres lo reconocieron por un pergamino que tenía en la mano. Era su hijo.
El cardenal Schuster dice que el culto de san Alejo vino a Roma desde Oriente, donde se llama “el hombre de Dios”. La estancia de san Alejo en Roma es una adaptación local de la leyenda siria, traída a Roma por el metropolitano Sergio de Damasco.
“El hombre de Dios”, según la primitiva narración siriaca, que no dista más de medio siglo de los sucesos, vivió en Edesa en tiempo del obispo Rabula (412-435). Su santidad se conoció después de su muerte y muy pronto se propagó el culto por todo el mundo griego, que le dio el nombre de Alexis, no sabemos por qué. Su gloria fue cantada en el siglo IX por José el Hinnógrafo, y en Roma encontró un gran panegirista en el obispo de Praga, san Adalberto. La historia siria sobre “el hombre de Dios” es la base de la leyenda occidental de san Alejo.
El milagro de su vida oculta, penitente y peregrina, abrazada espontáneamente por amor a Dios, no es un caso raro en la Iglesia. En el siglo XIX tenemos la vida de san Benito José Labre, que reprodujo en Roma la misma vida heroica que describe la leyenda de san Juan Calibita y san Alejo.

Cuenca, 17 de julio de 2020 y el 17 de julio de 2025.
José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.
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FUENTES CONSULTADAS:
-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.
-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.
-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.