El día de Todos los
Santos y el Día de Difuntos.
El día uno y el dos de noviembre,
los cementerios se llenan de gente que acude a honrar a sus seres queridos que
un día disfrutaron de su presencia. El día 1 de noviembre se celebra la
festividad de Todos los Santos y el día 2 el de los Fieles Difuntos.
Esta fiesta se instituyó tras la
persecución que sufrieron los cristianos en tiempos de Diocleciano, en el siglo
IV, fueron tantos los mártires que la Iglesia señaló un día común para la
celebración de todos los santos conocidos y desconocidos.
Esta fecha en los primeros siglos
del cristianismo tuvo variaciones, hasta que el Papa Gregorio III la fijó para
el 1 de noviembre en el siglo VIII, tal vez para suplantar la celebración
pagana que el pueblo celebrara, las fiestas de Samhain o el Nuevo Año Celta que
se celebraba el día 31 de octubre. Posteriormente, en el siglo IX el Papa
Gregorio IV extendió la festividad el resto del mundo cristiano.
El día 31 de octubre se celebra
Halloween, También conocida como noche de brujas o noche de muertos. Sus raíces
están ligadas a la fiesta celta de Samhain, mencionada anteriormente. Esta
fiesta fue llevada al continente americano por los inmigrantes irlandeses,
desde América hace unos años, nos ha llegado a nosotros y con gran fuerza. Es
esta festividad importada la que está haciendo perder los valores religiosos,
espirituales y morales que tenía hace años nuestras fiestas de primeros de
noviembre.
Es el Cementerio del “Santísimo
Cristo del Perdón” donde los conquenses seguimos yendo estos días a reunirnos
con nuestro pasado, a recordar a nuestros seres queridos que un día
compartieron nuestras penas y alegrías y que allí duermen el sueño de los
justos por la eternidad. Este cementerio fue inaugurado el 29 de mayo de 1899,
siendo consagrado ese mismo día por el Obispo de Cuenca, D. Pelayo González
Conde, es curioso recordar la hora de su inauguración ya que fue a las ocho de
la mañana, un tanto temprana.
Al llegar nos encontramos con un extraordinario pórtico, que
posee un arco ornamentado y una verja en forja, en su parte superior se lee el
nombre del cementerio.
Este cementerio fue proyectado
ante la necesidad de tener un lugar donde efectuar los enterramientos fuera de
la población por las epidemias que acarreaban. En el año 1787 el rey Carlos III
dictaba una Real Cédula por la que prohibía las inhumaciones en las iglesias,
salvo para los prelados, patronos y religiosos que estipulaba el Ritual Romano
y la Novísima Recopilación. Pero hay que esperar hasta bien entrado el siglo
XIX para que tenga efecto en la gente y se cambie la costumbre de los
enterramientos.
Hasta 1820 se venían enterrando
los cadáveres en las iglesias, no solo en la ciudad de Cuenca, sino en casi
todos los pueblos de esta diócesis. Únicamente había cementerios en San
Clemente, Utiel, Requena, Salvacañete, Cardenete, Iniesta, Villarejo de
Fuentes, Torrubia, Villamayor, Buenache de Alarcón, Leganiel, Horcajo y otros
siete.
Desde el año 1820, al 1823 se
establecieron en Cuenca cementerios, uno en el jardín de la ermita de las
Angustias y otro en la de Nuestra Señora de la Cabeza, sobre la lagunilla de
los Yesares y después el del camino de Madrid.
Entre los años de 1820 al 1850 se
construyeron campos santos en: Minglanilla, los Rubielos, Villagarcía,
Pedernoso, Landete, Santa María del Campo, Santa María de los Llanos, y otros
hasta diez y seis. Unos cuantos pueblos habilitaron al efecto algunas ermitas
en los extramuros de las poblaciones y en casi todos los pueblos, las
frecuentes repeticiones de las órdenes del Gobierno, terminaron con los
enterramientos en las iglesias. En Cuenca la única ermita que aún mantiene
activo su cementerio es la de San Isidro.
No convirtamos estas fiestas en
otro carnaval y devolvamos el verdadero valor religioso que posee. Detengámonos
a pensar en todo el bien que Dios ha dado a la humanidad por medio de tantos
hombres y mujeres que fieles a la voluntad de Dios y a su amor fueron testigos
del Reino de Dios. Pensemos en la cantidad de santos, santas y mártires que
dejaron una huella tan profunda a su paso por la tierra que ni el tiempo ni los
cambios en la sociedad han podido borrar, continuemos con las tradiciones que
nos hacen mejores y sintamos la fuerza del espíritu de nuestros antepasados que
nos empujan a sobreponer el bien sobre el mal y dejemos la chirigota y las
máscaras para los carnavales, todo tiene su lugar y su tiempo.
Feliz día de Todos los Santos.
Cuenca, 27 de octubre de 2018
José María Rodríguez González.
Profesor e investigador histórico.
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