domingo, 17 de mayo de 2020

San Pascual Bailón (1540-1592) 17 de mayo.

   Pascual nació en Pascua florida (de ahí su nombre), en el seno de una familia pobre. El padre se llamaba Martín Bailón y la madre Isabel Jubena. Vivía como colonos de las tierras pertenecientes al monasterio cisterciense de Puerto Regio, en Torrehermosa de Zaragoza, de la diócesis de Sigüenza.
San Pascual Bailón.

Desde la edad de los siete años Pascual cuidaba de las ovejas y cabras para poder sobrevivir en su casa, ayudando con su trabajo, a la economía familiar. Hasta los veinte años cuando pastoreaba, siempre llevaba en el zurrón una breve biblioteca de libros piadosos y bajo la cruz del cayado una imagen de la Virgen tallada en madera.

En 1561 entra como hermano lego en un convento valenciano de la Orden de los Franciscano, y allí de portero, cocinero, hortelano y limosnero; pero es tan humilde, tan bondadoso, obediente y servicial que se lo disputaban muchas comunidades, y en el curso de los años pasa por conventos de Valencia, Elche, Játiva, Villena y Jerez.

Alguna rareza tenía que escandaliza; a veces, después de ordenar la cocina, una vez concluido el trabajos, se ponía en oración y de pronto se levanta como movido por un resorte invisible, balbucea loco de alegría, se agita y baila ante una imagen de la Virgen (por eso muchos creen erróneamente que Bailón es apodo y no apellido).

Su rasgo más característico es la devoción a la Eucaristía (es patrono de las asociaciones eucarísticas), y de él se cuenta que pasaba todo el tiempo posible ante el sagrario, y que andando por los caminos o pelando berzas para la cena de los frailes no dejaba de emitir jaculatorias de adoración al Santísimo Sacramento.

Murió en el convento del Rosario de Villarreal de los Infantes, en tierras de Castellón, donde hoy se levanta en su honor un templo votivo eucarístico.

Cuenca, 17 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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FUENTES CONSULTADAS:
-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.
-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.
-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.




sábado, 16 de mayo de 2020

Un regalo luminoso (Alaska)

    Erase un cuervo inquiero y viajero que había visitado numerosos países del mundo; y, en uno de sus viajes, llegó un día hasta los helados confines de Alaska, a un lugar en que jamás había visto la luz del sol.

El poblado permanecía invariablemente oscuro y triste, pues una noche sin fin envolvía el lugar y sus alrededores. Las viviendas de los esquimales estaban pobremente iluminadas por unas lamparitas en que ardía débilmente el aceite de foca; pero fuera de los iglús, reinaba la más absoluta oscuridad.

Los pescadores y cazadores esquimales tenían que alumbrarse con antorchas, pues, sin ellas, apenas podían distinguir a un hombre o a un animal a pocos metros de distancia.

El cuervo contó a los esquimales que en otros lugares no había únicamente noche, sino que también había días llenos de luz.

-Y ¿cómo es el día? -le preguntaron. -¡Oh, es algo maravilloso! –Dijo el cuervo-. Si tuvierais la luz del día, os podríais ver unos a otros desde muy lejos; y encontraríais los caminos sobre la nieve y el hielo con toda facilidad.

Además, no tendríais que alumbraros con el aceite de foca, que hule tan mal.

Los esquimales conferenciaron entre sí y luego dijeron al cuervo:

-Verdaderamente, aquí necesitamos la luz del día; y tú, que tanto has viajado, podrías traerla a nuestro poblado. –Veré lo que puedo hacer –dijo el cuervo-. Pero comprended es muy poca la luz del día que yo puedo traeros.

-De todos modos –dijeron los esquimales-, será mejor tener un poco de luz del día que vivir siempre en las tinieblas.

El cuervo se alejó volando hacia el Sur. Le esperaba un largo viaje, pero sabía dónde podía encontrar un poco de luz del día.

Después de volar varias horas, se posó en la rama de un árbol, a corta distancia de un campamento indio: ¡había visto que, a través de la puerta de la tienda del jefe de la tribu, se proyectaba en la oscuridad exterior un luminoso haz de luz diurna!

Poco después, una mujer india salió con un odre de piel de foca, para llenarlo de agua en un pozo cercano a la tienda.

-¡Esta es la ocasión! –pensó el cuervo. Y convirtiéndose en una minúscula motita de polvo se posó en el vestido de la mujer; y cuando ésta hubo llenado de agua su odre penetró con ella en la tienda.

Dentro, vio que un niño jugaba en el suelo mientras su padre, el jefe de la tribu, le contemplaba sonriente cariñosamente.

La motita de polvo que era el cuervo, se separó del vestido de la india y fue a posarse sobre la oreja del niño, haciéndole llorar y hablándole al oído. -¿Qué quieres, hijo? –preguntó el padre. -¡Quiero jugar con la luz del día! –pidió llorando el chiquitín.

-Bien –dijo el hombre-. Esposa mía: dale una bolita de luz del día para que juegue.

La india abrió una cajita de cristal y, cogiendo en sus manos un poco de luz, formó con ella una brillante bolita y se la dio al niño.

El cuerpo pensó que aquella bola era justamente cuanto él podía transportar: ahora sólo faltaba apoderarse de ella.

-¡Pide un trozo de cuerda y ata la bolita con él! –susurró al oído del niño. Poco después, el niño empezó a arrastrar por el suelo la bolita de luz del día amarrada a una cuerda. Le gustaba mucho aquel juego, pero pronto se cansó de él y siguió pasando el rato con otros juegos.

Cuando todos se acostaron en la tienda, el cuervo recuperó su aspecto normal y, cogiendo en su pico el cordel atado a la bolita de luz, salió de la tienda y voló a Alaska.

Al llegar al poblado esquimal, agarró la bolita con sus patas y fue desgranándola lentamente. Entonces ocurrió algo maravilloso: en el cielo fueron apareciendo miles de corpúsculos luminosos, como copos de luz: todos los esquimales salieron de sus iglús y comenzaron a bailar y a dar vivas al cuervo, que pudo darles a conocer lo bello que es vivir a la luz del día.

Y, según se afirma, desde aquel día los esquimales jamás han matado ningún cuervo, porque no han podido olvidar que fue un cuervo quien les dio a conocer la mayor belleza del mundo: ¡la luz!

Cuenca, 16 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.




sábado, 9 de mayo de 2020

Los tontos felices (Inglaterra).


Cuentos populares del mundo.

En un pequeño lugar de la vieja Inglaterra, en el condado de Suffolk, vivían Freddy Perkins y su esposa Molly, un laborioso matrimonio de granjeros que poseían una linda casita rodeada de una pequeña granja.

Molly se dedicaba a las labores de la casa, mientras su esposo trabajaba la tierra o atendía a los animales.

Los dos esposos eran muy apreciados por sus vecinos porque eran tan honrados como serviciales. Pero tenían un defecto, con frecuencia, y por la causa más mínima, los Perkins se dedicaban a criticarse mutuamente, enredándose en largas y agrias discusiones.

-Freddy –decía un día Molly-: deberías dejar de fumar en tu pipa. Aparte de que tendríamos algunos ahorros más, la sala y los pasillos no estarían sucios de ceniza. -¡Ah, sí! –respondía Freddu¡y con ironía-. Ya veo que te gustaría gobernarme como hiciste con tu primer marido, el zapatero Peter.

-Has de saber que Peter era mucho más amable que tú y me confiaba sus ahorros. ¡No como tú, que siempre llevas el dinero en tu bolsillo por miedo a que yo lo pierda!

-¡Ah, querida: es que yo soy más listo que tu inolvidable zapatero! Si no te dejo mis ahorros, es porque he descubierto que eres tonta. Además, te diré que estás cargada de defectos: te pasas la mitad del día fisgando por la ventana parloteando con las vecinas.

-¿Cómo? Y ¿quién limpia la casa y te arregla la ropa y te prepara la comida que tanto te gusta? ¿No irás a decir que tampoco sé cocinar, eh? Lo que ocurre es que, cuando quieres, sólo ves mis defectos: ¡y tú también los tienes… y muy grandes!

El problema parecía no tener solución, como si los Perkins pudiesen disfrutar de paz y de alegría en su hogar; las discusiones eran cada vez más desagradables y más fuertes los gritos de los dos esposos. Hasta que un día ocurrió algo muy singular. Freddy Perkins hubo de viajar a la vecina ciudad por sus negocios y, antes de partir, entregó a su esposa las diez guineas de oro que constituían todos sus ahorros.

Cuando Molly vio que su esposo desaparecía tras una vuelta del camino, envolvió las diez guineas de oro en unos papeles viejos y guardó el envoltorio en un pequeño hueco del interior de la chimenea…

-Aquí nadie podrá encontrarlas –pensó-. Es una pena que tengamos tan pocos ahorros; pero tanto a Freddy como a mí nos gusta comer muy bien. Si no fuésemos tan adicionados a la buena mesa, tendríamos más dinero; pero…

Y reanudó sus faenas retirando del fuego un pastel de magnífico aspecto, poniendo a las brasas una gran roncha de jamón.

El agradable aroma culinario fue captado por un vagabundo que, casualmente pasaba por allí. Era un anciano de miserable aspecto con un ojo tapado con una negra venda y que caminaba apoyado en un bastón. Se llamaba Jack Honnaford y nunca había trabajado en ningún oficio; únicamente en su juventud había sido soldado, pero desde que le licenciaron, había vivido robando y estafando a incautos.

Jack llamó  la puerta y, cuando Mally salió, dijo quitándose el viejo sombrero: -Buenos días, señora. He venido a su casa atraído por el olor de los apetitosos guisos que está preparando. Pero tan sólo le pido un trozo de pan y un poco de agua.

Molly tenía un natural bondadoso y, además, se sintió halagada por la velada lisonja del vagabundo; así que le hizo pasar a la cocina y le sirvió un buen trozo de  jamón ahumado y un gran jarro de cerveza.

Mientras Jack Hannaford saciaba su hambre y se sed escuchaba con fingido interés la charla de su generosa anfitriona.

A Molly le gustaba muchísimo hablar y Jack Hannaford era lo suficientemente astuto como para saber hacerle hablar de las cosas que a él le interesaban. Y la ingenua y poco discreta Molly contó al vagabundo la historia de sus dos maridos, mientras el único ojo del vagabundo brillaba malicioso.

Jamás había encontrado Molly un oyente tan amable como Jack Hannaforf, Y, después de contarle su vida le preguntó: -Y usted. ¿de dónde viene? –Si usted no se asombra demasiado, contestó el vagabundo, le diré que vengo del mismo Paraíso, donde su primer esposo tenía el honorable cargo de zapatero celestial. Sí, señora: Peter era un magnífico zapatero.

-¿Era? –Preguntó Molly un poco desilusionada-. ¿Es que han nombrado otro zapatero?

-Aún no, señora; pero nadie podrá evitarlo si alguien no resuelve el problema del pobre Peter. Resulta que, desde hace algún tiempo, Peter no puede comprar más cuero con que fabricar sandalias y zapatos a los habitantes del Paraíso…

.¿Podrí remediarse mi pobre Peter con diez guineas de oro? No tengo más dinero…

El ojo de Jack brillo de codicia. –No es mucho, no; pero lo intentaremos…

Y la infeliz entregó todos sus ahorros al vagabundo, que marchó sin perder más tiempo en largas despedidas.

No tardó en regresar a casa Freddy Perkins, que cuando supo lo que había ocurrido, se enfadó con su esposa, a la que dijo: -¡Eres tonta: te has dejado engañar por un miserable vagabundo! ¡Pero yo recuperaré nuevamente nuestros ahorros!

Y corrió a la cuadra, montó en su caballo y partió al galope por el único camino que salía de la granja.

No tardó en divisar al vagabundo, el cual lejos de echar a correr, se había detenido al borde del camino y parecía escudriñar el cielo poniéndose la mano de visera como para proteger su único ojo de los rayos del sol; luego, inexplicablemente, se tumbó en el suelo y, al menos aparentemente, continuó examinando el cielo.

¿Qué había sucedido? Sencillamente: el pícaro de Jack Hannford, al oír acercarse el galopar de un caballo, sospechó que el esposo de la infeliz, a la que había estafado, había salido en su persecución. Era insensato pensar que podría escapar de él y, por otra parte, no había sitio alguno donde ocultarse a su vista. De modo que el vagabundo ideó uno de sus innumerables trucos para engañar al irritado marido de su víctima.

Como era lógico, Freddy Perkins iba dispuesto a dar su merecido a aquel granuja; pero cuando llegó junto a él y le vio tumbado en el suelo y mirando al cielo, pudo en él más la curiosidad que su irritación.

-¿Qué hace usted ahí?, le preguntó –Estoy viendo algo increíble –contestó Jack Hannaford, ¡veo un hombre que vuela!

-Eso es falso –manifestó Freddy Perkins mirando también al cielo: yo no veo nada. –Es natural –Explicó el vagabundo: pero verlo necesita estar completamente inmóvil y su caballo está moviéndose son cesar. Si usted quiere, yo sujetaré su caballo mientras usted se acuesta  en el suelo y comprueba el extraordinario fenómeno.

El bueno de Freddy Perkins mordió el anzuelo: se apeó, entregó las bridas al vagabundo y se tumbó en el suelo para presenciar el extraordinario espectáculo.

Más, apenas se acostó el vagabundo montó en su caballo y escapó a galope tendido. Entonces comprendió Freddy que había sido burlado y exclamó: -Soy doblemente necio: primero, confié mis ahorros a mi esposa, que es tonta; pero, además, me he dejado robar por este estafador, sabiendo que lo era. Así, nada puedo reprochar a Molly y lo mejor será que, en adelante, viva en paz con mi esposa.

Algún tiempo después, el pícaro Jack Hannaford volvió por aquellos lugares y preguntó en una posada por los esposos Perkins.

El posadero le informó que vivían en buena armonía desde que un forastero engañó, primero a la esposa y luego al marido.

Jack Hannaford no pudo contener su carcajada, comentando que él mismo había sido aquel forastero.

No contaba el granuja con que los Perkins eran muy queridos en toda la región; y el posadero se apresuró a dar cuenta a los alguaciles de los engaños del bribón, que fue encarcelado inmediatamente.

Por su parte, los Perkins siguieron viviendo felices y, cuando recordaban que debían su paz a un bribón, celebraban lo sucedido con alegres carcajadas.



Cuenca, 9 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.








jueves, 7 de mayo de 2020

Luna llena Florida. Plenilunio del mes de mayo.

   Este mes hemos podido ver la Luna llena el jueves siete de mayo y mañana ocho, es en este mes cuando la veremos con más brillo de lo que es habitual en ella.

Otra súper Luna nos brinda el mes de mayo. Esto es debido porque coincide con el momento de máximo acercamiento a la TIERRA, lo que se viene a llamar “perigeo”. Este hecho ocurre porque la órbita lunar es elíptica y no circular. Al estar en el momento más cercano a la Tierra la vemos como más grade y más brillante.

Con esta Luna de mayo retornamos a la diosa romana Maia que era una divinidad relacionada con la fertilidad y la naturaleza. De ahí el nombre del mes de mayo.

En la cultura celta la Luna Florida del mes de mayo, la festejaban con un ritual de regeneración donde le otorgaban a las hojas de laurel las propiedades de protección y purificación, para ello eran quemadas mientras se recitaba: “Esta noche voy a regenerar mi energía, me limpio de todo lo que me ensucia para brillar con mi propia luz interna. Dejo todo lo negativo atrás y abro de nuevo mi mente a la profunda claridad. Pido a la divinidad de la Luna Florida que haga posible mi reactivación interior y doy las gracias al Universo amado. Hoy me abro  a un nuevo principio”.

Tras ello se piensa en lo fuerte que es tu luz interior y en la influencia de la Luna. Después se coge una hoja de laurel por cada deseo que quieras pedir. Escribe esos deseos o peticiones con el rotulador en las hojas. Pero cosas que de verdad quieras de corazón. Y es que es muy importante que des a todo el proceso credibilidad, fuerza y energía.

Feliz Plenilunio de la Luna llena Florida del mes de mayo.

Cuenca, 7 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Cuento de los dos amigos (Francia).

Cuentos populares del mundo.

Hace ya muchísimos años, vivían dos jóvenes nobles a quienes unía una profunda amistad.

Uno de ellos se llamaba Emile de Alverne, hijo del conde de Alverne; y el Rey le apreciaba tanto que, a pesar de ser muy joven, le nombró Regidor de la Corte. El otro, Albert de Bericain, era hijo del barón de Bericain y, como su amigo, también había conquistado la estimación del Rey, que le confió la Tesorería Real.

Los dos eran de la misma edad y su parecido era tan grande que muchos los confundían y creían que eran hermanos gemelos.

Sin embargo, no les unía ningún parentesco; ni siquiera se conocían sus respectivas familias. Precisamente, sus padres empezaron a relacionarse de un podo casual cuando Emile y Albert eran aún muy niños.

Sucedió así. Emile y Albert habían nacido el mismo mes del mismo año, pero en dos lugares muy alejados, pues el castillo de Alverne distaba varias jornadas del de Bericain. Pero cuando los dos niños cumplieron dos años, sus padres decidieron llevarlos a Roma para que el Papa los bautizara, distinción a la que aspiraban muchos nobles cristianos de aquellos tiempos.

Así, pues, las dos familias salieron de sus respectivos castillos y se pusieron en camino, coincidiendo en una pequeña ciudad en la que descansaron una jornada antes de proseguir su viaje. Allí se hablaron por vez primera el conde de Alverne y el barón de Bericain, simpatizaron en seguida y acordaron continuar juntos el viaje, ya que se dirigían a Roma con idéntico fin.

Llegaron a Roma, el Papa bautizó a los dos niños en una ceremonia solemne y emotiva, regalando a Emile y a Albert sendas copas idénticas, talladas en madera y adornadas con artísticas incrustaciones de oro.

Los dos jóvenes pasaban juntos largas temporadas en el castillo del uno o del otro y juntos fueron a la Corte para estudiar y recibir una educación adecuada.

Cuando sus padres murieron, Emile y Albert  fueron armados Caballeros y entraron al servicio del Rey, donde pasado algún tiempo, fueron distinguidos con la confianza de su soberano, que nombró a Emile regidor de la Corte y a Albert su tesorero.

Los dos vivían felices y sin preocupaciones hasta que ambos jóvenes se enamoraron. Albert entabló relaciones con una joven bellísima llamada Ludovina, que fingía sentir un gran amor por el tesorero real. Cuando en verdad era una mujer ambiciosa y egoísta, como demostraría más adelante.

Pero Albert estaba tan enamorado que no podía ver más que buenas cualidades en Ludoivina y concertó su matrimonio con la joven después del cual pensaban trasladarse al castillo de Bericain, pues el Rey le había confirmado en el título de Barón y en las posesiones de su padre.

Por su parte, Emile se encontraba en una situación muy comprometida; se había enamorado de la princesa Belisa y ésta le correspondía con idénticos sentimientos.

Pero los dos enamorados tenían que conformarse con fugaces y brevísimos entrevistas secretas, porque el Rey deseaba casar a su hija Belisa con algún poderoso príncipe extranjero.

Emile mantenía en secreto sus amores y únicamente se había confiado a su amigo.

-Querido Emile –le dijo Albert-: sabes que deseo para ti la mayor felicidad. Pero piensa que, si el Rey llega a saber que amas a su hija, te castigaría severamente. Por favor, Emile: cuida mucho de que nadie descubra tu noviazgo con la princesa.

Emile agradeció el prudente consejo de su amigo y siguió ocultando su noviazgo. Poco después, se casaron  Albert y Ludovina, asistiendo a la boda Emile como invitado de honor. A continuación los nuevos esposos marcharon a vivir en el castillo de Bericain, quedando Emile en la Corte.

Emile siguió entrevistándose con Belisa, pero sus relaciones fueron descubiertas y un dñia Emile fue llamado a presencia del Rey, acusado de haber atentado contra el honor del Monarca enamorándose de la princesa.

-Nada malo he hecho, Majestad –se defendió Emile-; y nada tengo que reprocharme.

Entonces, el Rey hizo llamar a un noble llamado Arderi, que era quien había denunciado las relaciones de Emile con la princesa.

Lo que ignoraba el Rey era que Arderi estaba secretamente enamorado de la princesa y siempre había envidiado las distinciones y cargos que el soberano había concedido a Emile y a su amigo Albert.

-Yo re desafío a que pruebes tu inocencia luchando conmigo –dijo Arderi-: el que resulte vencedor, será quien haya dicho la verdad. El duelo tendrá lugar dentro de una semana ante el Rey y su Corte y, antes del combate, te exigiré juramento de que jamás te has entrevistado con la princesa.

Aceptó Emile el desafío, pues no tenía otra alternativa; pero vivía preocupado pensando que Dios no podría darle la victoria si juraba en falso.

Por fortuna, la noticia del desafío llegó al castillo de Bericain y Albert corrió a la Corte en busca de su amigo, informándose con todo detalle de lo sucedido.

-Marcha inmediatamente a mi castillo –dijo Albert-. Ciertamente, tú no puedes jurar en falso;¡pero yo sí puedo jurar que no he mantenido relaciones con la princesa! Yo ocuparé tu lugar en el desafío y nadie lo notará, pues somos casi iguales.

Y así lo hicieron. Albert sustituyó a su amigo en el duelo con Arderi, a quien venció después de durísima lucha.

El Rey se sintió muy satisfecho con el resultado de la contienda y, creyendo que hablaba con Emile, dijo a Albert: -Enhorabuena, conde de Alverne: habéis luchado valientemente por mi honor y por el de mi hija. En recompensa, te ofrezco la mano de la princesa Belisa, si ello os place a los dos.

Naturalmente, Albert aceptó encantado en nombre de su amigo y un mes más tarde Emile pudo casarse con la princesa, viviendo después muy felices en el castillo de Alverne, donde el cielo bendijo su matrimonio con dos hijos preciosos, de rubios cabellos y ojos azules.

Pero la vida de Albert no fue tan afortunada. Varios años después de su matrimonio, contrajo una cruel enfermedad contagiosa que ningún médico acertó a curar.

El pobre Albert sufría más por el alejamiento de su esposa que por sus grandes dolores.

En efecto; Ludovina no atendía a su marido y ni siquiera le visitaba.

Llevadme en una litera muy lejos de aquí: estoy seguro de que los desconocidos tendrán más piedad de mí que mi propia esposa –dijo Albert a sus criados.

Y los servidores llevaron a su señor por todo el reino, tocando la campanilla para advertir que viajaban con un enfermo contagioso y pidiendo una limosna para socorrerle.

Y es que Albert de Bericain había dejado en su castillo todas sus riquezas; únicamente llevaba consigo la copa que el Papa le había regalado al bautizarle, sin separarse jamás de ella.

Después de mucho viajar, llegaron al castillo de Alverne. El criado que salió a atenderles volvió junto a Emile diciéndole: -Señor conde>>>>>>: fuera hay un mendigo que pide limosna: me pareció muy extraño que tuviera en sus mano una copa idéntica a la vuestra y pensé que os la habrían robado; pero vuestra copa continúa en su sitio.

Emile palideció al oír aquellas palabras y, presintiendo que su amigo Albert se encontraba en un gran apuro, salió corriendo hacia la puerta del castillo.

Encontró a Albert acostado en su litera y sosteniendo a duras penas la copa entre sus manos; pero presentaba un aspecto tan demacrado que apenas le reconoció.-¡Oh, mi querido Albert! –Exclamó Emile con gran dolor, arrodillándose junto a su amigo-. ¿Tendré que sufrir viéndote morir sin poder hacer nada por impedirlo?

Y, a una orden suya, los criados instalaron al enfermo en la lujosa cama de Emile, que llamó a los mejores médicos para que le visitaran.

¡Qué tristes quedaron todos cuando los médicos dijeron que la enfermedad de Albert no tenía curación!

Pero, al fin, uno de los doctores afirmó que había alguna posibilidad de salvarle.

-Sin embargo –añadió, será necesario que una persona no se separe de él ni de noche ni de día; y existe un gravísimo peligro de que quien le cuida se contagie de su gravísima enfermedad.

-Muchas gracias. Doctor –exclamó Emile-; pero necesito intentar por todos los medios salvar a mi amigo. Yo mismo seré quien cuidará al enfermo.

Emile se despidió cariñosamente de su esposa y de su dos hijos y se encerró en la habitación para cuidar al enfermo.

Fueron pasando lentamente las horas y los días. Emile cada día se sentía más débil porque apenas si dormía ni comía: además, no apreciaba ninguna mejoría en el enfermo.

Por fin, Albert comenzó a mejorar rápidamente hasta que un día pudo levantarse completamente curado; pero, ¡ay!, al mismo tiempo, Emile quedaba postrado en el lecho víctima de la misma enfermedad que su amigo.

Emile permaneció varios días adormecido, atravesando una crisis tan peligrosa que hizo temer un fatal desenlace. Pero súbitamente, Emile se reanimó y pronto recobró la salud: ¡Dios había realizado el milagro, recompensando la generosidad de aquellos dos grandes amigos!

Cuenca, 6 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.


lunes, 4 de mayo de 2020

Sean el Listo y el duendecillo.

Cuentos y leyendas del mundo.   

Como empiezan todos los cuentos así comienzo. Erase un pobre granjero que solamente poseía unos cuantos acres de tierra pedregosa en un lugar de Irlanda.

El buen  hombre vivía contento con su suerte y trabajaba con alegría de sol a sol en aquella tierra miserable, de la que tenía que retirar continuamente enormes pedruscos para poder sembrar.

Le ayudaba en sus tareas su hijo Sean, un joven que poseía muy buenas cualidades, pero que trabajaba sin ninguna ilusión, porque, según decía, jamás saldrían de la pobreza por mucho que trabajaran en el campo.
Sean y el Duendecillo.

Sean era muy inteligente y en el pueblo le llamaban Sean el Listo; pero, al mismo tiempo, era excesivamente soñador.

 Se sabía de memoria todas las leyendas irlandesas y le gustaba mucho contarlas a sus amiguitos. Sobre todo, solía recordar la de un Duendecillo que tenía escondidos muchos saquitos llenos de oro en un lugar secreto.

-Yo sé que algún día encontraré al Duendecillo –decía Sean a sus compañeros-; y, cuando esto suceda, no apartaré ni un instante mi mirada de él, porque así no tendrá más remedio que enseñarme el sitio donde guarda su tesoro. ¡Y entonces seré rico, muy rico!

Con tales sueños, iba transcurriendo el tiempo hasta que llegó un día en que le ocurrió a Sean algo extraordinario.

Sean se había alejado un buen trecho de su lugar de trabajo, tumbándose tranquilamente a la sombra de unos arbustos. Y he aquí que comenzó a escuchar un leve ruido cercano, rítmico y persistente, que provenía de los matorrales.

Lleno de curiosidad, se asomó sin hacer ruido y abrió los ojos templando de emoción: ¡al otro lado de los arbustos, un Duendecillo estaba claveteando unas puntitas minúsculas en la suela de unos zapatitos inverosímilmente chiquitos!

-¡Al fin! –Pensó el muchacho-. Ahora tengo la gran oportunidad de hacerme rico.

Y, de un salto, se plantó delante del diminuto Duendecillo, diciéndole: .Deja tu trabajo, pequeño zapatero: que tenemos que hablar de asuntos importantes.

-Espera, joven –contestó el Duendecillo con su voz aguda y cascada-.Mientras no se oculte el sol tras las montañas, yo he de seguir mi labor. Sé quién eres, Sean; y te digo que sería mejor para ti que volvieras a trabajar en lugar de perder tu tiempo.

-Seguramente me has tomado por un tonto –replicó Sean-; pero todos me llaman Sean el Listo y no me dejaré engañar por ninguno de tus trucos.

De mala gana, el Duendecillo recogió sus cosas y las dejó escondidas bajo los matorrales, de forma que un momento después, ni el propio Sean sabía con certeza el lugar exacto en que las había ocultado.

Luego, el Duendecillo empezó a caminar delante de Sean y éste le seguía a corta distancia para no perderle de vista.

Sean vigilaba al Duendecillo con tanta atención que no se daba cuenta de los lugares por donde caminaban. Por fin, llegaron a un callado rocoso, frente al cual se detuvo el Duendecillo.

-Te felicito, Sean –dijo de mal humor-: eres el primero que ha logrado ganarme. Hemos llegado al lugar en que encontrarás tu tesoro; pero no podrás hallarlo mientras haya una sola piedra en todo ese terreno.

Sean tendió la vista a su alrededor y contempló ilusionado las tierras que le rodeaban. Entonces se dio cuenta de que aquel terreno inculto y salvaje estaba contiguo a las tierras de su padre; y eran unos extensos campos tan llenos de piedras que nadie en el pueblo los había querido trabajar.

Quiso hacer algunas consultas al Duendecillo, pero ya no pudo verlo más: el Duendecillo había desaparecido.

Durante muchos días Sean trabajó en aquel como jamás lo había hecho en las tierras de su padre y  éste veía muy gustoso el afán  y la aplicación del muchacho.

En pocas semanas, en todo aquel campo no quedaba una sola piedra y, además, toda la tierra estaba removida; lo que aprovechó el padre de Sean para sembrar cuando el muchacho se retiraba a descansar.

Fue transcurriendo el tiempo y, cuando terminó de limpiar sus campos, Sean retiró todas las piedras de las propiedades de su padre, pero no halló ninguno de los saquitos de oro que esperaba encontrar.

Sean se sentía desilusionado, pensando que el astuto Duendecillo se había burlado de él.

Pero llegó el tiempo de la recolección y entonces se sintió Sean el más feliz de los hombres: ¡nadie en todo el pueblo pudo cosechar tantos frutos no tan buenos como los que habían obtenido Sean y su padre!

Entonces comprendió Sean que no hay mayor tesoro que el conseguido con un trabajo laborioso y constante agradecido al astuto Duendecillo, que tan hábilmente supo enseñarle aquella provechosa lección.



Cuenca, 4 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.


viernes, 1 de mayo de 2020

La montaña de cristal

Cuentos populares del mundo.

  Haciendo mención a los días que hemos estado en casa, encerrados, viene a cuento, este que os relataré. Mi intención es relatar algunos cuentos populares de distintos países. Hoy comenzamos por un cuento de Polonia que se llama “La montaña de cristal”.

Hace muchos años reinaba en un pequeño reino de Polonia una linda princesita llamada Carlota, que había heredado la corona a la muerte de sus padres.

La princesa Carlota era muy bella, bondadosa, generosa y sobresalía en otras virtudes, por lo que era muy amada de sus súbditos.

Muchos príncipes extranjeros pidieron su mano, pero la prudente princesita no se decidió por ninguno de sus pretendientes, porque ninguno reunía las cualidades precisas para ser un buen Rey.

El tiempo transcurría plácidamente en el pequeño reino. Cada mañana, la princesa se asomaba a los balcones de su palacio y contemplaba los magníficos jardines que lo rodeaban y a los labradores que trabajaban la tierra en los campos próximos.

Delante de la entrada del palacio, al pie de la escalinata principal, había un hermoso manzano que había sido plantado por su padre, el antiguo Rey.

El manzano tenía sus ramas cargadas de hermosos y perfumados frutos y la princesa gustaba de aspirar su aroma, porque aquel manzano le recordaba su infancia feliz. Pero, al  mismo tiempo, pensaba que su padre lo había plantado para que nunca olvidara sus deberes de gobernante y primera dama de la corte.

-Hija mía –le había dicho el Rey antes de morir: has de ser como el manzano, que perfuma el ambiente y da abundantes frutos para alimento y deleite de los demás. Así, tu mayor preocupación  ha de ser siempre el procurar el mayor bien para tus vasallos.

La princesita nunca olvidó los consejos de su padre y trabajaba con el mayor interés en los delicados asuntos del gobierno.

Dedicaba también cada día varias horas a recibir en audiencia a los humildes del pueblo, que acudían a visitar a su princesita para exponerle sus problemas y necesidades.

La princesa siempre encontraba el modo de ayudarlos; un consejo prudente, unas palabras cariñosas o unas monedas dadas con generosidad, consolaban muchas penas.

Todos vivían tranquilos y felices en el pequeño reino. Pero cerca del palacio real habitaban dos personas que iban a turbar aquel apacible ambiente; eran la bruja Tritonia y su hijo Bartolo; el cual, además de ser feísimo y desagradable, era cruel, vicioso y egoísta.

La bruja Tritona era perversa y ambiciosa y su mayor deseo era hacer rey a su hijo casándolo con la princesa Carlota.

Y un día fue al palacio real a pedir la mano de la princesa para Bartolo. Pero la princesa contestó muy discretamente, diciendo que no podía acceder a su petición porque era muy joven y aún no había pensado en casarse.

Aquella negativa enfureció a la bruja, que le dijo: -Si no te casas con mi hijo, yo me vengaré. ¿Y tú tampoco reinarás!

La princesa no hizo caso de tales amenazas y continuó su vida habitual. Pero una noche, cuando todos descansaban en el palacio, entró en él la bruja, pronunció unas palabras mágicas y todo el palacio quedó encantado.

A la mañana siguiente, la princesita quedó asustada al ver cuánto le rodeaba: todos sus sirvientes estaban dormidos sin que fuera posible despertarlos.

Se asomó luego al balcón y vio que el palacio había sido levantado sobre una enorme montaña de cristal, cuyas laderas brillantes y pulidas, sin un solo sendero o escalón, no permitían que nadie pudiese subir al palacio o bajar de él.

También su querido manzano ofrecía un aspecto desconocido; en lugar de sus habituales manzanas, rosas y fragantes, tenían otras de oro, pero secas y sin aroma.

Vió, además, algo que la llenó de terror: un dragón descomunal se arrastraba torpemente en torno al palacio, arrojando por su boca lenguas de fuego.

Luego, vio ante sí a la bruja Trotona, que dijo riéndose: -No quisiste casarte con mi hijo Bartolo y, como ya te dije, no reinarás más. –Nada conseguirás, le contestó la princesita, ninguna mala acción puede triunfar y, además, me protege el Genio Auriselo.

-Te equivocas,  sonrió triunfante la bruja. El Genio Auriselo te protege, es cierto; y gracias a ello no he podido quitarte la vida. Pero nada podrá contra mis hechizos. Sólo existe una posibilidad para ti: que alguien escale la montaña de cristal, llegue al palacio y logre darte la mano. Pero yo cuidaré de que nadie lo consiga; me transformarme en una poderosa águila y estaré día y noche volando alrededor de la montaña de cristal, haciendo que caigan cuantos intenten escalarla. Y aunque alguien lo consiguiera, mi hijo Bartolo, transformado en dragón, sabrá guardar el palacio. ¡ja, ja, ja! ¡A nadir se le ocurrirá pensar que el encanto cesará golpeando la cabeza del dragón con una manzana de oro! Y antes de un año, tú morirás si nadie deshace el hechizo; entonces, yo despertaré a todos los sirvientes del palacio, que servirán a mi hijo como a su único rey. ¡ja, ja, ja!.

Un momento después, la bruja se convirtió en una enorme águila que comenzó a volar sobre el palacio.

Pero el Genio Auriselo dio a conocer la noticia y pronto vio la princesa cómo llegaban al pie de la montaña de cristal muchos caballeros que intentaban subir hasta la cumbre. La gente animaba con sus gritos a los valientes caballeros; más cuando los caballos comenzaban la difícil ascensión, el águila atacaba con terribles picotazos al caballo  hasta que caballo y caballero caían por la resbaladiza pendiente quedando convertidos en estatuas de hielo.

Fueron pasando los días, las semanas y los meses. Ya faltaba poco tiempo para que se cumpliera el plazo fatal fijado por la bruja y la princesita Carlota pensaba que nadie podría librarla del maleficio.

Sin embargo, el Genio Auriselo no la había abandonado. Ocurría que ninguno de aquellos caballeros era lo suficientemente virtuoso para ser digno esposo de la Princesa.

Hasta que un día llegó al pie del palacio el joven príncipe Vladislao. Se apeó del caballo, se descalzó y sujetó a sus manos y a sus pies las garras de un lince que había cazado la noche anterior.

En príncipe comenzó la escalada y soportó valientemente los ataques del águila. Su marcha era muy lenta por la resbaladiza pendiente, pero las garras de lince le servían para afianzarse y no caer.

El águila volvió a sus ataques con más furia cada vez; pero el príncipe Vladislao se asió firmemente a sus garras y cuando el águila sobrevolaba el palacio, él se dejó caer; corrió al manzano y, tomando una manzana de oro, la arrojó a la cabeza del dragón, que se acercaba bramando furioso.

La princesita Carlota salió del palacio para felicitar al príncipe Vladislao y le estrechó la mano. En aquel mismo momento, quedó roto el encantamiento y todo volvió a la normalidad, despertaron los servidores de palacio, las estatuas de los caballeros recuperaron su figura primitiva y el palacio encantado fue descendiendo suavemente a su nivel antiguo, desapareciendo para siempre la montaña de cristal.

Y poco después, se celebró la boda de la princesita Carlota con el apuesto príncipe Vladislao, con gran contento de todos sus súbditos, que vivieron muchos años felices sirviendo a sus soberanos.



Cuenca, 1 de mayo de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



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FUENTES CONSULTADAS:

-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.