Erase un cuervo inquiero y viajero que había
visitado numerosos países del mundo; y, en uno de sus viajes, llegó un día
hasta los helados confines de Alaska, a un lugar en que jamás había visto la
luz del sol.
El poblado permanecía invariablemente oscuro y
triste, pues una noche sin fin envolvía el lugar y sus alrededores. Las
viviendas de los esquimales estaban pobremente iluminadas por unas lamparitas
en que ardía débilmente el aceite de foca; pero fuera de los iglús, reinaba la
más absoluta oscuridad.
Los pescadores y cazadores esquimales tenían que
alumbrarse con antorchas, pues, sin ellas, apenas podían distinguir a un hombre
o a un animal a pocos metros de distancia.
El cuervo contó a los esquimales que en otros lugares
no había únicamente noche, sino que también había días llenos de luz.
-Y ¿cómo es el día? -le preguntaron. -¡Oh, es algo
maravilloso! –Dijo el cuervo-. Si tuvierais la luz del día, os podríais ver
unos a otros desde muy lejos; y encontraríais los caminos sobre la nieve y el
hielo con toda facilidad.
Además, no tendríais que alumbraros con el aceite
de foca, que hule tan mal.
Los esquimales conferenciaron entre sí y luego
dijeron al cuervo:
-Verdaderamente, aquí necesitamos la luz del día; y
tú, que tanto has viajado, podrías traerla a nuestro poblado. –Veré lo que
puedo hacer –dijo el cuervo-. Pero comprended es muy poca la luz del día que yo
puedo traeros.
-De todos modos –dijeron los esquimales-, será
mejor tener un poco de luz del día que vivir siempre en las tinieblas.
El cuervo se alejó volando hacia el Sur. Le
esperaba un largo viaje, pero sabía dónde podía encontrar un poco de luz del
día.
Después de volar varias horas, se posó en la rama
de un árbol, a corta distancia de un campamento indio: ¡había visto que, a
través de la puerta de la tienda del jefe de la tribu, se proyectaba en la
oscuridad exterior un luminoso haz de luz diurna!
Poco después, una mujer india salió con un odre de
piel de foca, para llenarlo de agua en un pozo cercano a la tienda.
-¡Esta es la ocasión! –pensó el cuervo. Y
convirtiéndose en una minúscula motita de polvo se posó en el vestido de la
mujer; y cuando ésta hubo llenado de agua su odre penetró con ella en la
tienda.
Dentro, vio que un niño jugaba en el suelo mientras
su padre, el jefe de la tribu, le contemplaba sonriente cariñosamente.
La motita de polvo que era el cuervo, se separó del
vestido de la india y fue a posarse sobre la oreja del niño, haciéndole llorar
y hablándole al oído. -¿Qué quieres, hijo? –preguntó el padre. -¡Quiero jugar
con la luz del día! –pidió llorando el chiquitín.
-Bien –dijo el hombre-. Esposa mía: dale una bolita
de luz del día para que juegue.
La india abrió una cajita de cristal y, cogiendo en
sus manos un poco de luz, formó con ella una brillante bolita y se la dio al
niño.
El cuerpo pensó que aquella bola era justamente
cuanto él podía transportar: ahora sólo faltaba apoderarse de ella.
-¡Pide un trozo de cuerda y ata la bolita con él!
–susurró al oído del niño. Poco después, el niño empezó a arrastrar por el
suelo la bolita de luz del día amarrada a una cuerda. Le gustaba mucho aquel
juego, pero pronto se cansó de él y siguió pasando el rato con otros juegos.
Cuando todos se acostaron en la tienda, el cuervo
recuperó su aspecto normal y, cogiendo en su pico el cordel atado a la bolita
de luz, salió de la tienda y voló a Alaska.
Al llegar al poblado esquimal, agarró la bolita con
sus patas y fue desgranándola lentamente. Entonces ocurrió algo maravilloso: en
el cielo fueron apareciendo miles de corpúsculos luminosos, como copos de luz:
todos los esquimales salieron de sus iglús y comenzaron a bailar y a dar vivas
al cuervo, que pudo darles a conocer lo bello que es vivir a la luz del día.
Y, según se afirma, desde aquel día los esquimales
jamás han matado ningún cuervo, porque no han podido olvidar que fue un cuervo
quien les dio a conocer la mayor belleza del mundo: ¡la luz!
Cuenca, 16 de mayo de 2020.
José María Rodríguez González. Profesor e
investigador histórico.
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FUENTES CONSULTADAS:
-Nuestros cuentos. Publicaciones FHER. Bilbao.1987.
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