jueves, 3 de abril de 2025

El Obispo al que le tocó solventar la mayor catástrofe sufrida en la Catedral conquense.

 Hoy quiero hablaros de un gran Obispo, caritativo y bondadoso. Me refiero al Excmo. Sr. D. Wenceslao Sangüesa y Guía. A él se le debe el nuevo Puente de San Pablo, el de hierro, y la nueva imagen de nuestra Catedral,  después de la caída de la torre del Giraldo (el campanario), que afectó a las capillas de la nave de la Piedad, también llamada del Evangelio, desde el Arco de Jamete, hasta la misma fachada. Sobre este hecho podéis encontrar todo lo acaecido a partir de la página 162 del mi libro: “Legado de embrujo y leyenda”, pues mi abuelo, Sabino, fue testigo del suceso.

Hoy toca hablar de la  persona de Wenceslao Sangüesa, de este hombre de Dios que este año blinca el centenario de su muerte y como buen hijo de Cuenca no podemos dejar de ensalzar y conocer la figura de este bienhechor que luce su escudo de armas en el centro del Puente de San Pablo como hacedor, junto con el Seminario Conciliar de San Julián de Cuenca, de la construcción del puente.

Medallón con el escuo de Armas y el nombre del Obispo Wenceslao. 
Puente de San Pablo Cuenca.

Gracias al medallón que luce en medio del puente con su nombre nos remontamos a la realidad de los hechos. Pero ¿Qué sabemos de él? Si os parece os cuento alguna cosa de su vida comenzando por el momento de su muerte, acaecida un miércoles, 11 de febrero de 1922, haciendo 103 años de su fallecimiento en la actualidad.

Así lo recoge la hemeroteca de la época, concretamente del diario “El Mundo”, de 13 de febrero de 1922: “En la noche del miércoles, 11, y tras penosa enfermedad, falleció en ésa diócesis el Excmo. Sr. D. Wenceslao Sangüesa y Guía. El cuerpo inanimado del difunto, revestido de los ornamentos pontificales, fue expuesto al pueblo durante todo ese día y noche del jueves, siendo visitado y venerado por multitud de personas; al entierro verificado el viernes asistió todo el elemento oficial, así como también una multitud de todas las clases sociales del vecindario; el cadáver fue enterrado en la capilla de la Virgen del Pilar, cumpliéndose así la voluntad del querido Prelado”.

Si indagamos en su biografía encontraremos que nació en el año 1840 en Madrid; cursó estudios en la Universidad Central con lisonjero aprovechamiento las facultades de Sagrada Teología y Derecho Civil y Canónico, recibiendo en la primera con premio extraordinario el grado de Doctor, y en la segunda de Licenciado, sobresaliente.

Fue ordenado Presbítero el 24 de septiembre de 1864 y nombrado Rector de la parroquia del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, cargo que desempeñó con gran celo durante varios años hasta que fue trasladado con ascenso a regir la parroquia de igual modo de Madrid.

En 1882 fue favorecido por el Gobierno de su Majestad con una Carolingia de la S.I. Catedral Primada de Toledo, donde, debido a sus exquisitas dotes, desempeñó cargos muy importantes como los de Comendador eclesiástico, Comisario general de la Santa Cruzada y otros. En 1890 ascendió a la Dignidad de Tesorero y en 1897 fue nombrado Deán de la misma Santa Iglesia Primada.

El 19 de abril de 1900, previa la presentación de la Santa Sede por el Gobierno de su Majestad, que conocía perfectamente los méritos y altas dotes del Sr. Sangüesa, fue preconizado por el Papa León XIII obispo de esta diócesis de Cuenca, de la que tomó posesión el 26 de agosto del mismo año, haciendo días después su solemne entrada en Cuenca, donde se la recibió con gran entusiasmo.

Desde los primeros momentos supo granjearse las simpatías, el respeto, veneración y cariño de sus diocesanos por su bondad extraordinaria que cautivaba a cuantos a él se acercaban, y su liso y trato llano de padre, no exento de distinción. El Ayuntamiento de Cuenca lo declaró Hijo adoptivo de la ciudad el 13 de octubre de 1908; se le concedió la Gran Placa de Honor y Mérito de la Asamblea Suprema de la Cruz Roja Española y el 22 de marzo de 1910 fue nombrado por el Gobernador Caballero de la Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Isabel la Católica.

Uno de los grandes momentos de su Episcopado fue el poner la primera piedra de la nueva fachada de la Catedral el 22 de septiembre de 1910.

Sea nuestro agradecimiento a este hombre que dio tanto por Cuenca. D.E.P., 

Cuenca, 23 de febrero de 2023 y el 6 de abril de 2025.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.   

San Benito el Negro (1526-1589) y San Isidoro, Obispo y doctor. Festividades del 4 de abril.

    Hoy celebramos dos santos. San Benito el Negro y San Isidoro que en honor a un gran amigo, que falleció hace algunos años abriré con su biografía contándoles una historia de su vida, que vendrá muy bien para los momentos que nos han tocado vivir, y luego me centraré en san Benito el Negro que es más fácil que no halláis oído de él.

San Isidoro nació en el seno de una familia hispanorromana, su padre se llamaba Severaino y su madre Teodora, eran de raza germánica y vivían en Cartagena, donde nacieron Leandro, Fulgencio y Florentina. Emigraron a la provincia bética y al morir pronto el padre fue, el mayor de los hermanos, Leandro quien se encargo de la educación de Isidoro, siendo algo duro y severo en la pedagogía con sus hermanos.
San Isidoro Obispo de Sevilla

La leyenda nos muestra al niño que, acobardado por las reprensiones y vencido por el desaliento, ante la imposibilidad de meterse en la cabeza la lección, huye de la escuela y se echa a andar sin rumbo fijo por la campiña del Guadalquivir. Fatigado y sediento, se sienta en el brocal de un pozo y empieza a contemplar los huecos abiertos en la piedra. Pensativo lo encuentra una  mujer que venía con un cántaro para coger agua y le explica el porqué de aquellos huecos y surcos en la roca. La gota de agua al caer un día y otro día en el mismo sitio había acanalado la roca. “Entonces, dice el biógrafo del siglo XII, pensó el niño que si el agua, cayendo lentamente y siendo constante en el tiempo, puede vencer la dureza de la piedra, su espíritu rebelde y duro podría también recibir la huella de la enseñanza”.

Por el año 583, cuando su hermano Leandro se encontraba en Constantinopla, Isidoro ya era valiente paladín del catolicismo por esos tiempos. Hacia el 600 muere Leandro y es elegido Isidoro por unanimidad para sucederle en la silla de Sevilla. En el 619 reúne y preside el Sínodo II hispalense y en el 633 asiste al IV  Concilio de Toledo, el que preside. Murió el 4 de abril de 636. Estos son los hechos escuetos, enteramente ciertos, de su vida.

Hablando de san Benito el Negro diré que era siciliano de nacimiento y negro de piel, hijo de unos esclavos que trabajan en una propiedad cercana a Messina, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe que de niño fue pastor.
San Benito el Negro

Su amo le dio la libertad y a los veintitantos años se unió a un grupo de remitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís. Después de que este grupo se dispersara hacia el 1564, Benito fue aceptado como hermano lego en un convento de Palermo, y como no sabía leer ni escribir se le confiaron las tareas de la cocina.

Un cocinero singular (como por estas mismas fechas le era así mismo en otros conventos de la orden el español san Salvador de Horta) por su admirable piedad, por su humildad y por las curaciones que prodigaba. A todo esto, ¿Qué platos saldrían de sus manos, qué guisos angélicos preparaba ese frailecito del color del carbón?

Su singularidad se puso de manifiesto en 1578 cuando a pesar de ser sólo lego y analfabeto encima se le eligió superior. Costó mucho convencerle de que aceptara, y luego tal vez más de un fraile se arrepintió de haberle convencido, porque impuso la interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.

Más tarde fue maestro de no novicios y , al parecer, otra vez cocinero, que era lo que él prefería, un santo literalmente entre pucheros, asediado por multitudes de enfermos que invadían la cocina conventual pidiéndole que les sanara con su infalible oración y su gesto taumatúrgico entre el vaho de las cacerolas.

Publicado en Cuenca, 4 de abril de 2020. Actualizado el 4 de abril de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


Visita guiada gratuita de los primeros sábados de mes. Leyendas y misterios en la Catedral de Cuenca.

 

Leyendas y misterios en la Catedral de Cuenca.

 Para un mayor control os agradecería que quienes deseen asistir manden su nombre y apellidos al correo chemarogo@gmail.com de esta manera completaremos el grupo entre 30 y 35 personas. Gracias. Sólo se cubrirán las bajas que se ocasiones con relación al grupo,  por ser una serie de visitas de distinto contenido desde octubre de 2024 a junio de 2025.

Las leyendas inundan las catedrales góticas. Cuando comencé mi estudio sobre la catedral de Cuenca, fueron mis guías los investigadores de las catedrales de Notre-Dame de París, de Reims y de Amiens, sus escritos e investigaciones me sirvieron de modelo para escudriñar en los misterios que encerraba la de Cuenca.

Egudiel. Foto José Mª Rodríguez.

Son muchos y variados los misterios por los que navegaremos en la visita, poniendo en realidad cada uno de esos misterios que encierran los muros de nuestra Catedral.

Cuenca, 5 de abril de 2025.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

miércoles, 2 de abril de 2025

Santa María Egipciaca, la penitente. Festividad del 3 de abril.


    Un tres de abril del año 421, imperando Teodosio el menor, sucedió la muerte de Santa María Egipciaca.
    Es impresionante leer la vida y conversión de esta mujer, entre los libros viejos he encontrado esta mañana la vida de esta santa. Hay un poema que cuenta su historia. María era bella y lasciva, que abandona su hogar para dedicarse a la prostitución en Alejandría. Después de muchos años marcha hacia Jerusalén, pero antes de llegar unos ángeles se la llevan. Arrepentida de su mala vida se retira al desierto para hacer vida eremita, donde contará su vida a un monje llamado Zósino que será el encargado de trasmitir su historia.
Santa María Egipciaca. Por José Ribera

Aquí os dejo la conversión de la santa:

    “Oyéndose Zósimo nombrar por su nombre, no dudó que aquella persona, a quien Dios se le había revelado, era un alma de gran santidad. Habiéndose cubierto la santa con su manto, salió del hoyo donde vivía y se fue hacia el santo viejo; éste se puso de rodillas, y le pidió su bendición; pero la Santa, postrándose a sus pies, le dijo: ¿Te has olvidado, Padre, de que eres sacerdote y de que a ti te toca darme tu bendición y rogar a Dios por la mayor y más miserable pecadora que ha habido en el mundo?

    Concluida esta pequeña contienda de humanidad, y levantándose los dos, rogó  Zósimo a la santa le dijese quien era y cuanto tiempo hacía que vivía en el desierto. Después de orar se sentaron y María le relató su vida: Yo soy una pobre mujer natural de Egipto, que habiendo dejado la casa de mis padre a los doce años por vivir a mi libertad, me fui a Alejandría, donde me entregué a todo género de disoluciones por espacio de diez y siete años. No pecaba por interés, pecaba únicamente por pecar; no pretendiendo más precio del pecado que el pecado mismo. Creeré que hasta ahora ninguna mujer ha perdido en el mundo a tantas almas, y que el infierno no ha suscitado en él cortesana más perniciosa que yo. Viendo un día que concurría hacia el mar una gran multitud de gentiles para embarcarse a Jerusalén a donde iban, a celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, me dio gana de seguir a la muchedumbre. Embarcándome y me estremezco de horror cuando me acuerdo de los abominables escándalos de que llené a todo el navío. Viví en Jerusalén como había vivido en Alejandría, con la misma disolución, con la misma desvergüenza.

    Llegado el día de la fiesta, concurrí con los demás a la puerta de la Iglesia para adorar la santa cruz; pero al querer entrar, me detuvo poderosamente una mano invisible. Quedé tan sorprendida, como sobresaltada; hice nuevos esfuerzos, pero todo fueron inútiles; cuanto más forcejeaba, con mayor fuerza era repelida. Abrí los ojos del alma y conocí que mis enormes culpas eran las que me hacían indigna de ver y de adorar el sagrado madero, en que Jesucristo obró nuestra redención. Llena de confusión, y deshaciéndome en lágrimas comencé a mirar con horror mis gravísimos pecados; a la confusión le siguió el dolor. En medio de esta desolación, levanté casualmente los ojos hacia arriba y vi en frente de mí a una imagen de la Santísima Virgen. Acordándome entonces de haber oído decir muchas veces que María era madre de Misericordia y refugio de pecadores, exclamé: Madre de misericordia, apiadaros de esta infeliz y miserable criatura; refugio sois de pecadores; pues siendo yo la mayor de todas cuantas ha habido, parece que tengo algún particular derecho a vuestra especial protección. No merezco, Señora que mi Dios derrame sobre mí aquella abundancia de gracia, hoy sobre tantas almas fieles como se aprovechan de la sangre de Jesucristo, pero a lo menos no me neguéis el consuelo de ver y adorar en este día el sacrosanto madero, en que mi dulce Redentor obró la salvación de mi alma. Yo os prometo, que después de este favor, que espero por vuestra clemencia, me iré prontamente a un desierto a llorar por todos los días de mi vida mis enormes culpas y a vivir tan retirada del mundo que pierda del todo hasta su infeliz memoria".
    Animada entonces de una extraordinaria confianza, me levanté  y partiendo presurosa para la puerta de la iglesia entró sin ninguna resistencia.

Una  aveziella tenié en mano

Assi canta ivierno como verano,

María la tenié a grant honor

Porque cada día canta d`amor.



Publicado en Cuenca, 3 de abril de 2019. Actualizado el 3 de abril de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico

martes, 1 de abril de 2025

San Francisco de Paula, confesor. Festividad del 2 de abril.

   El fundador de los Mínimos nació en Paula, pequeña ciudad de Calabria (Italia), en el año 1416. Fruto de bendiciones y de oraciones, le pusieron sus padres el nombre de Francisco, por devoción al gran Patriarca de asís, a cuya intercesión lo atribuyeron.
San Francisco de Paula.

La valiosa protección de su Patrono se hizo sentir de nuevo en una enfermedad que amenazaba hacerle perder un ojo. Los padres prometieron tenerlo un año en un convento de la Orden si curaba. En cumplimiento del voto, el niño vivió de los trece a los catorce años en el convento de san Marcos que había en Paula.

Luego se retiró a una de las fincas de su padre, para ser un simple labrador, y vivió allí en una cueva, como un solitario de la Tebaida, sin más vestido que un cilicio y una soga.
Pronto se le juntaron otros dos jóvenes imitadores de su santa locura. En 1435 se levantó una capilla donde venía un sacerdote a celebrar y darles la sagrada Comunión. San Francisco, por humildad y a ejemplo de su Santo Patrono, no quiso nunca ser sacerdote.

El número de discípulos fue aumentando y en 1454, D. Pirro, arzobispo de Cosenza, dio permiso para levantar un monasterio e iglesia. En esta construcción pusieron sus manos y dinero aun los más distinguidos señores y nobles damas, no faltando la intervención divina con manifiestos milagros. Sixto IV aprobó la erección del monasterio por bula del 23 de mayo de 1474 y nombró superior a Francisco.

El pueblo los llamaba con el nombre de ermitaños de san Francisco, pero ellos prefirieron el nombre evangélico de Mínimos, es decir, menos aún que frailes menores del pobrecillo de Asís.

Las fundaciones por el sur de Italia fueron creciendo hasta la isla de Sicilia. La fama de la santidad y milagros del Santo pasaron las fronteras italianas y llegó a la corte de Luis IX de Francia, que estaba enfermo en el castillo de Plessis, cerca de Tours. El rey quiso que Francisco viniera a curarle. El Santo se resistió hasta que el Papa le impuso precepto de obediencia.

A su paso por Roma, a principios del año 1483, recibió toda clase de honores. Tres veces fue admitido a la presencia del Papa, el cual se entretuvo con él de la manera más amistosa hasta tres o cuatro horas, haciéndole tomar asiento junto a sí en una hermosa silla. Sixto IV se complació con el Santo en tan alto grado, que concedió todo género de gracias a la nueva Orden de los Mínimos.

Desde Roma se dirigió a la corte de Francia, donde asistió a la muerte de Luis XI. “Señor, dijo al rey, desde el primer momento, yo pediré a Dios por vuestra salud, pero lo que más importa es la salud del alma”. “No hay remedio, decía al enfermo, ya que amáis la vida; lo que importa es asegurar la posesión de la verdadera vida”.

El Santo se quedó en Francia, desde donde dirigió la propagación de su Orden en aquel reino y en España. Allí retocó sus Reglas, que fueron aprobadas por Alejandro VI y confirmadas más tarde por Julio II. Murió el 2 de abril de 1508 y fue canonizado por León X en el año 1519. Es uno de los Santos de quien se citan más milagros por su fe y confianza en Dios.

Publicado en Cuenca, 2 de marzo de 2020. Actualizado el 2 de marzo de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

lunes, 31 de marzo de 2025

San Hugo, obispo de Grenoble. (1053-1152). Festividad del 1 de abril

   Nació en Castel, a las orillas del Isar, diócesis de Valencia en el Delfinado, por el año 1053, en el seno de una familia distinguida pero de singular piedad. Su padre Odilon era un caballero distinguido de gran virtud.

Acabado los estudios Hugo volvió a Valencia donde fue provisto de un canonicato. Su vida ejemplar y retirada le granjeó tanta reputación, que Hugo, entonces obispo de León, legado del Papa Gregorio V, y después arzobispo de León.
San Hugo de Grenoble

Modelo de obispo, uno de los más santos que registra la historia. Se le puso al frente de la diócesis de Grenoble a los 27 años y la rigió durante más de medio siglo, siempre suspirando porque le librasen de aquel honor del que sentía indigno e incapaz.

Dice su historia que la condesa Matilde costeó todos los gastos necesarios para la augusta ceremonia de la consagración, regalándole un báculo, con otros varios ornamentos del pontificado, y con los Comentarios de san Agustín sobre los Salmos.

Cuando regresó de Roma, y fue a tomar posesión de su iglesia, quedó penetrado de dolor al ver el lastimoso estado en que halló toda su diócesis. No solo reinaba la usura, la simonía y toda especie de disolución, sino que la abominación de la desolación se habían apoderado del lugar.

Pasaba los días y las noches en fervorosa oración, llorando los desórdenes de su pueblo; y no perdonaba ayuno, vigilias, exhortaciones, instrucciones y visitas para que el Señor abriese los ojos a aquel ciego rebaño. Ganó los corazones de todos con su paciencia, con su apacibilidad y sus ejemplos, y en poco tiempo cambió de semblante todo el obispado de Grenoble.

Pero fue tanto lo que le afectó todo esa depravación que apenas había sido obispo dos años, cuando tomó la resolución de dejarlo. Partió secretamente a la abadía de la Casa de Dios, diócesis de Clermont, en la provincia de Aubernia; visitó la cogulla de san Benito y en breve tiempo fue modelo cabal de la vida monacal. Pero informado el Papa Gregorio VIII de lo que pasaba, le envió precepto formal y preciso para que cuanto antes se restituyese a su iglesia, viéndose obligado a obedecer.

Casi a los tres años, después de ser restituido a su obispado llegó a su diócesis el famoso san Bruno con sus seis compañeros para iniciar con ellos la Gran Cartuja, en 1084, renovándose sus ansias de vida contemplativa, y muchas veces se iba a vivir por un tiempo con los cartujos como el más humilde de ellos.

Pocos días antes había tenido Hugo un misterioso sueño, en el cual se le representaba siete estrellas, que desprendidas del cielo, iban como a esconderse en un desierto espantoso de su misma diócesis, llamado la Cartuja. Acordándose del sueño recibió a Bruno y a sus compañeros con amor y con respeto. Les edificó a su costa la capilla y las celdas, declarándose desde entonces su protector y su padre, poco tiempo después pasó a ser el menor de sus compañeros.

Mostró singular tesón en el concilio que se celebró en Viene del Delfinado el año 1112, contra los excesos del emperador Enrique IV que había tratado indignamente al Papa Pascasio II, y contra la ambición del antipapa Pedro de León, llamado Anacleto, en defensa del legítimo pontífice Inocencio II. Fue Hugo uno de los obispos que se juntaron en Puy de Velay para excomulgar a Pedro de León y el que más contribuyo a extinguir el cisma en el reino de Francia, sacrificando a la verdad y a la justicia sus propios intereses, y la amistad que siempre le había mostrado el antipapa Anacleto.

Murió en Grenoble a los ochenta años y algunos meses de su edad, el día 1 de abril de 1132. Al ser difundida la noticia de su muerte concurrió innumerable gentío de todas partes y lugares a lograr el consuelo de reverenciar y besar su santo cuerpo. Fue imposible enterrarlo en cinco días por la concurrencia de gente, conservándose durante ese tiempo el cadáver entero y tan fresco y flexible como si estuviera vivo. Fue canonizado en 1134 por el Papa Inocencio II. Su sepulcro se hizo cada día más glorioso por la visible protección que experimentaron los fieles, implorando su poderosa intercesión.

Publicado en Cuenca, 1 de abril de 2020. Actualizado el 1 de abril de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

domingo, 30 de marzo de 2025

Santa Balbina, virgen y mártir (siglo II). Festividad del 31 de marzo

  Santa Balbina, nació en la ciudad de Roma, hija de Quirino que se convirtió y murió martirizado. Balbina enfermo a temprana edad y su curación le llevó a la conversión.

De esta santa con la que concluye el mes de marzo se tiene pocas referencias seguras, pero su nombre va unido a los itinerarios piadosos de Roma, tanto por la necrópolis que hay cerca de la Vía Apia, como por la antiquísima iglesia homónima del Aventino, frente a las termas de Caracalla, que posiblemente datar del siglo IV.
Santa Balbina.

Su conversión es relatada así: “Enfermó Balbina en lo más florido de sus años, de tal gravedad que habiendo probado todo tipo de medicinas y remedios humanos, nada consiguió curarla y habiendo agotado todos los recursos que disponían sus padres, buscaron otros remedios. Habiéndose enterado de los muchos milagros que Dios obraba por medio del santo pontífice Alejandro, preso por su fe en Jesucristo, no repararon en buscar su ayuda. Fue Quirino a la cárcel y postrándose a sus pies, bañado en lágrimas le rogó se dignase curar a Balbina, en grave peligro de muerte. Condolido el Santo Pontífice de aquella doncella, mandó al padre la trajera a su presencia, y consiguió la salud que deseaba con sólo imponerle la bolsa de las reliquias que llevaba al cuello. Admirado Quirino de tan repentino prodigio, no dudaron por lo visto del verdadero Dios era el que adoraba Alejandro, se convirtió con toda su familia. Después instruyó Alejandro a Balbina para que supiese cómo conservar la virginidad perpetua como era su deseo".

Dice la tradición que santa Balbina besaba con mucho amor la argolla que había encadenado al Prelado y que había sido –aceptando simbólicamente el yugo suave de Jesucristo- el medio de curar y de descubrir su fe.

Aureliano, uno de los más fieros perseguidores de los cristianos, martirizo y dio muerte en la cárcel a san Kermes prefecto de la ciudad por mantenerse constante en su fe y negarse a prestar sacrílegas adoraciones a los ídolos y llegando a sus oídos que su hermana Teodora y Balbina dieron sepultura a estos cristianos las mandó prender.

Después de muchos intentos y tormentos y viendo que no se desdecían de sus creencias en Cristo pronunció la siguiente sentencia: "Muera Balbina habladora, no sea que se charlatanismo seduzca al pueblo". Mandándola ejecutar el día 31 de marzo del año 120. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Prestato, en la Vía Apia, llamado después se Santa Balbina. El Papa San Marcelo mandó construir una iglesia en ese lugar en su honor.

Publicado en Cuenca, 31 de marzo de 2020. Actualizado el 31 de marzo de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.