sábado, 25 de mayo de 2019

San Gregorio VII, hoy celebramos su festividad, 25 de mayo.


“He amado la justicia y aborrecido la iniquidad”

La historia de este Papa tiene parecido con la de San Atanasio. Si San Atanasio fue en el siglo IV el campeón invencible de la divinidad del Verbo, San Gregorio fue en el siglo IX el gran defensor de la moral cristiana y de la autoridad pontificia.

El mundo no le había dado nada, ni dinero, ni nobleza, ni hermosura. Era hijo de un noble cabrero de Savona. Su padre le llamó Hildebrando, que quiere decir espada que relumbra. Un tío suyo le sacó de entre las cabras y le vistió la cogulla benedictina el monasterio de Santa María de Roma.


Hombre de lucha, tuvo que vencer primero su carne, y lo hizo con el estudio y la fatiga. Cuando tenía 25 años fue elegido Papa su maestro Graciano, con el nombre de Gregorio VI. Desde un principio tomó a Hildebrando como su brazo derecho. León IX no quiso tampoco prescindir de la fuerza y rectitud de este hombre.

En 1073 moría Alejandro. Como arcediano  era Hildebrando, tuvo que presidir los funerales del Papa. En medio de la ceremonia, la multitud: el clero y el pueblo prorrumpió en un grito unánime: “Hildebrando Papa”. El pueblo se apoderó de él y lo entronizó casi a la fuerza. Se llamó Gregorio VIII, en memoria de su maestro Gregorio VI, cuya campaña de reforma iba a continuar.

En el Sínodo cuaresmal de 1074 renovó los decretos de Nicolás II “para desarraigar la herejía simoníaca y restablecer la castidad sacerdotal”. Numerosas cartas y mensajes salieron de Roma con este fin. Particularmente en Alemania, se levantó una gran tempestad entre los clérigos interesados.

El Papa no cedió y mandó una Encíclica a los alemanes, exigiendo al pueblo que negara la obediencia a los obispos que no corrigiesen los excesos de sus clérigos.

En el Sínodo cuaresmal de 1075 prohibió las investiduras de los legos y excomulgó a cinco consejeros del emperador que habían intervenido en la colación simoníaca de los beneficios eclesiásticos. Mandó también un aviso al monarca, reprendiéndole sus injusticias y vicios. Enrique IV no se corrigió y el Papa tuvo que apelar a su excomunión y a la deposición. Era la primera vez que un Papa excomulgaba y deponía a un rey.

El efecto fue desastroso para el emperador de Alemania: los grandes le amenazaron con nombrar otro emperador si, en el término de un año, no era absuelto de la excomunión.

Enrique tuvo que humillarse y en el rigor del invierno se dirigió a Italia, con muy pequeña escolta, y fue a Canosa, donde estaba Gregorio VII, para pedirle perdón. El Papa que desconfiaba de su sinceridad, se negó a recibirlo. El emperador entonces hizo penitencia durante tres días, del 25 al 28 de enero de 1077, ante el castillo con los pies desnudos y en hábito de penitente, pidiendo misericordia. El Papa otorgó al fin la absolución. Pero, como se temía, el rey no cumplió sus promesas. Siguieron los abusos. 
Encuentro entre el emperador Enrique IV y Gregorio VII en Canosa en 1077 
(Obra de Carlo Emanuelle)
En el Sínodo cuaresmal de 1080 promulgó una segunda excomunión y la deposición. El emperador reunió un ejército y se dirigió a Italia para imponer por la fuerza su voluntad. Entró en Roma en 1084. El Papa se había refugiado en el castillo de San Angelo. Más tarde tuvo que huir a Nápoles, y el 25 de mayo de 1085mle sorprendió la muerte en Salermo, donde se conserva su cuerpo. Sus últimas palabras fueron célebre: “He amado la justicia y aborrecido la iniquidad. Por eso muero en el destierro”.
Cuenca, 25 de mayo de 2019.
José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


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