sábado, 23 de marzo de 2024

Domingo de Ramos. Una Semana Santa.

   Procesión de Ramos. Simbolismo y recuerdo
   Es verosímil que Oriente, Palestina y sobre todo Jerusalén, tendrían desde los comienzos del cristianismo, en festejar el aniversario del triunfo de Cristo con la procesión de Ramos. Ya en el siglo IV, san Cirilo, obispo de Jerusalén, asegura que la palmera cuyas hojas sirvieron para honrar al Salvador, existía aún en el valle de Cedrón. Motivo natural –concluye Dom Guerarger- para tener ocasión de instituir una conmemoración anual de este gran acontecimiento, en el mismo en que sucedió.

Más tarde vemos establecida la costumbre, no sólo en los monasterios de Oriente, sino en los desiertos de Egipto y de Siria, poblados por numerosos ermitaños. Retirados en sus grutas solitarias durante la cuaresma para entregarse a la penitencia, tenían costumbre de volver para domingo de Ramos al monasterio común y hacer juntos una solemne procesión. Luego volvían a su desierto del que no salían sino para la fiesta de Pascua, tras una semana de oración y austeras penitencias.

El Occidente introdujo muy pronto la solemnidad de los Ramos. El rito principal tuvo por objeto primordial, representar lo más fielmente posible la procesión de los hebreos escoltando a nuestro Señor con el canto del Hosanna.

La Edad Media sobresalió en la representación de este drama sagrado. La procesión de un calvario erigido para la circunstancias a la entrada de las ciudades o aldeas. Al pie de este calvario, había una mesa, o altar de piedra, sobre la cual se depositaban los ramos para bendecirlos.

La fe de nuestros padres deba a este lugar el nombre de Betfage. Allí recordaba primeramente con la lectura del Evangelio los pasajes a los cuales se refería la ceremonia presente: el sacerdote, bendecía a continuación los ramos, los distribuía, y la multitud se ponía en marcha para la iglesia, como si acompañara a nuestro Señor al Templo de Jerusalén cantando todos el Hosanna. La cruz, a la cabeza del cortejo, representaba para ellos al Salvador, y aunque tuviera lugar en tiempo de Pasión, era llevado desde cubierta, ofreciendo a todos los ojos la imagen del Crucificado.



En algunos lugares todavía se hacía de un modo más sensible el significado de esta marcha triunfal. El libro de los santos Evangelios, rodeado de profundísimas muestras de respeto, recordaba, en esta procesión, la profundidad del Hombre Dios. Los diáconos lo tomaban del altar después de la bendición de las palmas, lo depositaban sobre rico almohadón y lo llevaban en andas como si se tratara de una reliquia. Numerosos cirios ardían en su derredor y entre nubes de olores oloroso incienso, precedido del clero y seguido del pueblo con ramos, banderas y oriflamas y de cuanto podía dar realce y brillo, era llevado en procesión.

Se ha dicho hasta nuestros días que Jesús quiso por cabalgadura un asno como señal de humildad y de mansedumbre, como si quisiera simbólicamente significar que iba hacia su pueblo como el Príncipe de la Paz. Pero si pensamos en el asno antiguo encontramos que este animal se tenía como orgulloso y guerrero; hermoso y gallardo cuando el caballo y digno de ser sacrificado a las divinidades. Homero se entendía de comparaciones y no quiso deprimir a Ayax el forzudo, al orgullosísimo Ayax, cuando se le presentó la oportunidad de compararlo al burro. En cambio, los judíos se valen de los asnos para otras comparaciones. “El hombre es falto de sentido y temerario de corazón –dice Sofar Naamatites a Job- que nace semejante al pollino de asno montés” Textualmente afirma: “El insensato se hará cuerdo cuando un pollino de onagro nazca hombre” (Jb. 11,12). Y Daniel (uno de los deportados de Israel) interpretó el texto escrito por una mano misteriosa en las paredes de los salones del palacio del rey Baltasar, hijo de Nabucodonosor al usar los vasos de plata del Templo de Jerusalén, en expiación de sus tiranías: “fue expulsado de entre los hombres y su corazón se hizo semejante al de las bestias; estuvo conviviendo con los onagros; se alimentó de hierba como los bueyes, y su cuerpo fue bañado del rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y pone en él a quien le place” (Dn. 5,21). “Aquella noche fue asesinado Baltasar el rey de los caldeos. Y recibió el reino Darío el Medo, que contaba sesenta y dos años (Dn. 5,30-31).

Jesús ha pedido expresamente un asno no domado, que nadie ha montado –en una palabra, parecido al montés-. Porque en aquel día la bestia por él no representa en símbolo la humildad del que la cabalga sino al pueblo Judío que será libertado y domado por Cristo; el animal indócil y terco, duro de boca, que ningún profeta y ningún monarca supo domar y que hoy está atado al palo, como Israel está atado por la soga romana bajo la torre Antonia.


      Publicado en Cuenca, 5 de abril de 2020 y el 24 de marzo de 2024.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.

-Festividades del año Litúrgico. Editorial Luis Vives. Zaragoza. Lino, Obispo de Huesca.1945.

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