jueves, 16 de abril de 2020

El tiempo como medida y espacio.

La muerte es cierta, sólo la hora es incierta”.

“La muerte es cierta, sólo la hora es incierta”. Esa es la inscripción latina que reza en un reloj de sol del siglo XVI. Aunque los seres humanos siempre han sido conscientes de su mortalidad, este mensaje fue inspirado por la conciencia para hacer presente que el tiempo nos influye a todos sin importar sexo ni condición social.

Durante incontables milenios, la humanidad ha visto el tiempo como un flujo incesante y calmado, y su paso se seguía por los ciclos de la naturaleza. La gente se levantaba y se acostaba con el sol y ajustaban sus años al cambio de estación. 
Detalle de la torre del reloj de Venecia.

Observada la influencia que suponía en los seres humanos, se pretendió entenderlo para ver cómo controlarlo, desarrollando primero el calendario para seguir el rastro de las estaciones y fases lunares, y luego con aparatos, como los relojes de sol y de agua para romper el tiempo en fragmentos más pequeños.

A medida que los aparatos para medir el tiempo se fueron haciendo más sofisticados, precisos y al alcance de todos, alteraron gradual pero profundamente la forma en que los individuos vieron el tiempo cambiando su concepción.

El advenimiento del reloj mecánico, con su marcha incesante de momentos medidos, reforzó la nación del tiempo como algo valioso y manejable, ya no como una marea contra la que teníamos que nadar con grandes esfuerzos, sino como un flujo de cantidad limitada, que debía utilizarse en su totalidad. Habiendo declarado su independencia del sol, la gente se descubrió esclavo de un nuevo maestro. El reloj empezó a regular la mayoría de los aspectos de la vida, aguijoneando a los mortales con sus repiqueteos y su tic-tac incesante.
Reloj de arena.

Las predicciones del tiempo llegaron a su punto culminante en Egipto, hace unos 6.000 años, cuando los sacerdotes astrónomos observaron que una vez al año la brillante estrella Sirius, salía al amanecer en línea directa con la salida del Sol. Esta posición es llamada Heliacal y coincide con la crecida anual del río Nilo, el acontecimiento que depositaba  tierra fértil a lo largo de las orillas del río y, de este modo, señalaba el comienzo de una nueva estación para la siembra.

Los sacerdotes utilizaron este conocimiento para medir de forma más precisa la longitud del año, que convirtieron en un calendario con doce meses de 30 días seguidos de cinco festivos, hasta un total de 365 días.

En el Medievo el poseer un calendario llegó a convertirse en un símbolo de la posición social. Los aristócratas encargaban tomos abundantemente ilustrados a los que se les llamaba “Libro de las horas”. Estos trabajos de devoción, que contenían plegarias que se rezaban en unos momentos determinados, empezaban con páginas del calendario para los doce meses. Además de las ilustraciones de actividades de cada estación, los calendarios estaban ilustrados con el signo del zodiaco más adecuado para cada mes, ya que determinar la ocasión astrológica correcta para variar acciones a seguir era un aspecto importante del cálculo del tiempo en la Europa del Medievo.
Libro de las horas.

El calendario seguido por la mayor parte de los occidentales de la Edad Media fue el que instituyó Julio César en el año 46 a.C., puesto que el año juliano no se corresponde exactamente con la longitud del año solar, éste se fue alterando en relación a las estaciones. En 1582, para corregir el tiempo de las festividades de Pascua, cuya fecha está ligada al ciclo de la luna, el Papa Gregorio XIII impuso un nuevo calendario que restaba diez días del año y reajustaba los años bisiestos.

Gente de toda Europa protestó por la pérdida de diez días de su vida, pero el nuevo calendario prevaleció, al menos en muchos países católicos, Inglaterra y las colonias americanas rehusaron adoptar el calendario gregoriano hasta 1752. Rusia esperó hasta 1918. Mientras tanto, los calendarios continuaban siendo un arma política de clasificación. Por ejemplo, en 1792, el gobierno de la revolución Francia impuso un nuevo calendario que excluía los elementos cristianos; sin embargo, trece años más tarde, bajo el gobierno de Napoleón Bonaparte, este calendario se abandono a favor del modelo gregoriano.

Cuenca, 16 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

miércoles, 15 de abril de 2020

El agua, poder eterno.

   Desde el principio de los tiempos, el agua se ha vinculado a los misterios de la existencia humana. En cuentos y leyendas populares, es un fluido mágico que da la vida, cura las enfermedades y otorga juventud, sabiduría e inmortalidad. Muchas civilizaciones antiguas desarrollaron cultos del agua, en la creencia de que los sonidos y movimientos de los arroyos al fluir señalaban la presencia de un espíritu vivo.

Sociedades posteriores –incluyendo a los griegos, los romanos y los japoneses- valoraron en gran medida las propiedades restauradoras del agua. Los romanos en particular apreciaron como tesoros los aparentemente milagrosos poderes de las fuentes termales naturales y de las aguas ricas en minerales. Los baños diarios, creían, podían literalmente lavar afecciones tales como la lepra, los tumores, la esterilidad y la melancolía. Con el tiempo surgió una elaborada tradición de baños públicos, diseñada para promover la salud, asegurar una larga vida y potenciar la belleza física.

A medida que el Imperio Romano se extendía, también lo hicieron los baños públicos. Hoy, en muchas ciudades de Europa occidental, la tradición continúa en el mismo lugar en el que una vez hubo un baño romano. En la antigüedad, el complejo se enorgullecía de poseer un gran baño para el emperador, una cámara igualmente espléndida para sus soldados, y una tercera piscina para los caballos. Los caballos ya no son bienvenidos, pero más de 600.000 personas acuden a las piscinas públicas de Balen-Baden cada año, para sumergirse en una antigua tradición.

Muchos buscan alivio para un variado abanico de enfermedades –aunque los médicos no están de acuerdo en lo que se refiere a los beneficios terapéuticos de los baños de agua-, mientras que otros simplemente buscan la oportunidad de relajarse y rejuvenecer en las cálidas y transparentes aguas.

Cuenca, 15 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.


martes, 14 de abril de 2020

CUANDO LA INJUSTICIA SE SOBREPASA A SÍ MISMA


   Cuando la gente está luchando por sobrevivir, cuando estamos en casa por el bien de la misma comunidad en que vivimos hay gente que se aprovecha de estas circunstancias para salirse con la suya y eliminar del trabajo a quien no le interesa. Este es el caso de este joven profesional que lleva más de cuatro año trabajando para el programa ANCHA en la Televisión de Castilla La Mancha, que ha sido despedido en estos días de confinamiento.

Uno ya no puede callar, hoy le ha tocado a David Rodríguez pero mañana puedes ser tú mismo.

Difundamos las injusticias para que se atajen y se corten y que se aplique la justicia para evitar tal ruin conducta por parte de esta gente que nada más busca su enriquecimiento personal eliminando a quien no le interesa.

Estas son las palabras y las explicaciones de David ante su despido:

CUANDO LA INJUSTICIA SE SOBREPASA A SÍ MISMA.

Hasta aquí ha llegado mi trabajo en Ancha es Castilla-La Mancha. Todo por una persona, llamada Carmen Izquierdo, productora externa del programa en Cuenca, que el pasado sábado decidió unilateralmente que no continuase: quitarme de en medio. Tener la integridad de luchar continuamente por unas condiciones de trabajo dignas me había convertido para ella en un incordio.

Durante todos estos años de dedicación y sacrificio al servicio de un programa televisivo excepcional, Carmen solucionaba cualquier problema que pudiese presentarse sacando la carta del “autónomo”. Como tantos trabajadores en este país, asalariados camuflados de falsos empresarios individuales, humillados para saciar la avaricia de usureros sin escrúpulos. Un empleado sin derechos con un saco en la cabeza, para que no se le vea, para que no incomode, pero con las ya temidas letras bien escritas, bien legibles: “autónomo”.

Pero la injusticia tiene un límite, que alcanza cuando se sobrepasa a sí misma: la crisis sanitaria de hoy es lluvia sobre mojado y en mi caso ha sido la gota que ha colmado el vaso. Tras confirmarme Toledo el martes día 7 que volvería al trabajo después del período de aislamiento y que se pondrían a mi disposición los preceptivos EPIs para proteger mi salud, la UTE de la que hasta ahora dependía refrendó que contaría con ellos sin problemas.
Con la esperanza de ver la luz al final del túnel.

Cuál no sería mi sorpresa cuando solo tres días después, y a menos de tres de volver al trabajo, Carmen me puso de bruces ante una situación diametralmente opuesta: yo era autónomo, y como autónomo era ahora mi obligación bien dotarme por mi cuenta y riesgo de una serie de materiales protectores poco menos que imposibles de encontrar en el mercado, bien de renunciar al trabajo que, tan sufrida y pacientemente, había prestado hasta hoy.

El resultado ha sido, por tanto, tan inevitable y tan inesperado que se parece mucho a una excusa aleatoria para expulsar sin razón ni vergüenza a un trabajador incómodo, por demasiado digno. La falta de compasión es tanto más grave y la maldad tanto más pura, cuanto que aquí se trata, a la postre, de una elección entre el trabajo o la vida. Hasta ese punto llega la injusticia y la indignidad de una mujer sin alma.

Durante estos años de entrega absoluta a un programa en el que creía (y sigo creyendo) con todo el corazón y que ha sido parte de mí hasta mis entrañas, he llegado a trabajar mañana, tarde y noche, muchas veces durante 12 o 14 horas, llegando a comer a las 5 de la tarde, habiendo recorrido 150.000 kilómetros, grabado y editado más de 1.000 reportajes... Y todo ello sin coche de empresa, sin recibir pago de todo el kilometraje, ni dietas, horas extra o compensación por averías. Sin sala de edición, teniendo que montar la mayoría de los reportajes en casa o en bares. Dejándome la piel diariamente para que el resultado fuera siempre excelente y lograse la mejor calidad, que este programa sin duda merece. Porque, a pesar de todo, esta profesión me apasiona.

En cuatro años y medio no he recibido por parte de Carmen ni una mísera palabra de agradecimiento ni una simple llamada, aunque solo fuera para interesarse por cómo me iba. Pero que nadie se lleve a engaño: si no se preocupó nunca por mí fue porque con seguir cobrando le bastaba, porque sus trabajadores somos meros objetos, nunca personas.

Podría dar infinidad de detalles, pero buena parte de las personas que estaréis leyendo esto ya lo habréis vivido en mayor o menor medida, igual o peor, porque no he sido la única víctima, así es que no merece la pena malgastar más tiempo. Simplemente, para terminar: mil gracias a todos los maravillosos compañeros de trabajo que he tenido estos años y a la gente de los pueblos que he conocido día a día, porque al menos gracias a vosotros todo esto sí que ha merecido la pena. Es por vosotros que algún día olvidaré todos estos sinsabores y toda la miseria sufrida por parte de una persona que, tarde o temprano, responderá por su egoísmo y su mezquindad.

Vosotros ya sabéis dónde me tenéis: ha sido un placer trabajar para hacer visibles a unos, muy grandes, en toda nuestra región y para servir a otros, que diariamente han disfrutado desde los sofás de su casa de una Castilla-La Mancha que, a pesar de algunos (los menos) y gracias a muchos es y será siempre una región merecedora de nuestra admiración y de nuestro respeto.





Cuenca, 14 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

lunes, 13 de abril de 2020

San Hermenegildo, rey y mártir.

La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Muerto Liuva, rey de los Visigodos, en el año 571, su hermano Leovigildo, a quien había asociado a la corona, viéndose ya único dueño de casi toda Espala, y de aquella parte de la provincia Narbonense; que estaba sujeta al dominio de su nación, resolvió hacer hereditaria en su familia la corona. Mandó, pues, reconocer por sucesores suyos a sus dos hijos: Hermenegildo y Recaredo, y él mismo los puso en posesión de una parte de sus estados; a Hermenegildo consignó la Andalucía, y a Recaredo señaló el reino de Aragón con todas las provincias Celtíberas.
San Hermenegildo.

Con el establecimiento del reino visigodo en Espala el arrianismo se convirtió en religión oficial, si bien el catolicismo de los naturales permaneció intacto. No consta cómo se portaron los primeros reyes visigodos con los católicos, pero Teodorico (453-466) abrió una era de persecuciones, y Leovigildo (569-586), para llegar a la unificación total de la Península, emprendió una campaña tenaz y fuerte contra los católicos.

Uno de los que más tuvieron que sufrir fue el obispo de Mérida Massona, de grande influjo en la nación por su santidad y ciencia. Al fin fue sacado de su diócesis y encerrado en un convento. Lo mismo se hizo con otros prelados.

El punto más delicado fue el de su hijo Hermenegildo, que se había hecho católico por influjo de su esposa Ingunda y del obispo de Sevilla, san Leandro. La impresión que en la corte toledana produjo la conversión de san Hermenegildo fue enorme. Leovigildo vio que no solamente se le venían abajo sus planes de unidad, sino que aún peligraba su propia corona. Los católicos acabarían por ponerse de parte de su hijo y lo proclamarían rey de toda la Península.

Los años que llevaba en Sevilla le habían aclamado por rey fuertes ciudades y castillos como Mérida y Cáceres. Le mandó venir a Toledo, pero Hermenegildo se excusó por temor a que se le maltratase. Leovigildo le declaró rebelde y empezó a combatirlo con la fuerza de las armas.

En el otoño del año 582 le quitó Cáceres y Mérida y dirigió sus huestes contra Sevilla, donde Hermenegildo se había retirado. Cerca de dos años resistió la ciudad; al fin, faltó de recursos, hubo de abandonarla y retirarse a Córdoba, donde pretendió en vano rehacerse. Viéndose aquí también perdido, desistió ya de las armas y se refugió en una iglesia, exclamando: “No vendrá mi padre sobre mí. Es un crimen que el padre mate al hijo o el hijo al padre”.

Leovigildo le envió a su hermano Recaredo como emisario de paz: “Acércate, hermano mío, póstrate a los pies de muestro padre y te perdonará”.

Su padre le levantó del suelo, lo besó en el rostro y con palabras cariñosas lo condujo al campamento. Más luego se impuso el cálculo frío sobre el corazón y la piedad. Lo mandó atar, despojarlo de sus regios vestidos, ponerle una vestidura vil de esclavo, quitarle todos los criados menos uno y llevarlo desterrado a Valencia primero, y luego, para más seguridad, a Tarragona.

Encerrado en un calabozo, atado con esposas de pies y manos como traidor, se hicieron esfuerzos inauditos para hacerle apostatar de la religión católica, pero todo fue inútil.

El día de Pascua, 13 de abril de 586, en el silencio y oscuridad de la noche, se presentó un obispo arriano para darle la comunión y reconciliarle con el padre. Hermenegildo lo rechazó indignado, rehusando comulgar con los herejes. Unos días después segaba su cabeza por orden de su padre.

El Sacrificio de san Hermenegildo no fue estéril. Su hermano Recaredo, tan pronto subió al trono, se hizo católico  y toda España siguió su ejemplo. Una vez más se cumplía en la historia la máxima de Tertuliano: la sangre de los mártires es semilla de cristianos. La unidad católica de España se debe a la sangre fecunda de este joven rey que, despreciando el reino y deseando ardientemente el eterno, dio su vida por Cristo y porque España conociera la verdad de su Evangelio.

Por petición de Felipe II, concedió Sixto V en el año 1585 que España pudiera celebrar la fiesta de san Hermenegildo. Algo más tarde la extendió el Papa Urbano VIII a toda la Iglesia.

Cuenca, 12 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-Año Cristiano para todos los días del año. P. Juan Croisset. Logroño. 1851.

-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.


Los testimonios de que Jesús resucitó.

Nuestra esperanza de la existencia de la otra vida.
   Después de la Pascua empieza la tarea de los días pobres e iguales. Dos amigos de Jesús de aquellos que estaban en casa con los discípulos, debían dirigirse aquella mañana, para sus quehaceres a Emaús, pueblo que dista de Jerusalén un par de horas de marcha. Se pusieron en camino apenas habían vuelto Simón y Juan del sepulcro vacío. Todas aquellas noticias asombrosas los habían atontado un poco, pero sin llegar a persuadirlos de la verdad de un hecho tan portentoso e inesperado.

Iban hablando entre ellos cuando la tarde inclinaba y vieron que les seguía un hombre. Se detuvieron, como es costumbre para saludarlo y el viajero se unió a ellos. No les parecía cara desconocida, pero no recordaban quien podría ser. El recién acompañante en vez de responder a sus preguntas mudas, preguntó:

-¿Qué pláticas son esas que tenéis mientras camináis? Cleofás, que debía ser el más viejo, con conmovida sorpresa, contestó: -¿Tú eres el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido allí en estos días? –Lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y como le han entregado los sumos sacerdotes y nuestros magistrados a sentencia de muerte y le han crucificado. Y nosotros estábamos creídos que él era quien iba a redimir a Israel; pero es el caso que ya está pasado el tercer día que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de entre los nuestros nos han espantado, porque habiendo ido esta madrugada al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, han vuelto diciendo que también han visto una visión de ángeles que afirmaban que él está vivo. Y algunos de los nuestros han ido al sepulcro y lo han hallado todo como decían las mujeres. Más a él no le han visto.

Entre tanto habían llegado a las primeras casas de Emaús  y el peregrino hizo ademán de continuar y ellos le invitaron a quedarse. –Quédate con nosotros, porque se hace tarde y va cayendo el día. Y tú también estarás cansado y es hora de comer algún bocado.

Cuando estuvieron sentados a la mesa, el huésped que estaba en el medio, tomó el pan, lo partió y dio un poco a cada uno de los dos amigos. Al ver aquello, lo ojos  de Cleofás y del otro se abrieron, dieron un brinco, pálidos, lívidos y al fin reconocieron a Jesús. No tuvieron tiempo ni para besarlo siquiera, que desapareció de su vista.

Así en ayunas deshicieron el camino hecho y llegaron ya de noche a Jerusalén. Y mientras caminaban se decían: - ¿Por ventura no estaba ardiendo nuestro corazón en nuestro pecho, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba los profetas?

Estaban los apóstoles reunidos, terminando de comer los últimos bocados de la cena improvisada y triste, cuando se presentó ante la mesa Jesús resplandeciente. Los miró uno a uno y les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Ningún discípulo contestó. El asombro podía más que la alegría. El resucitado leyó en sus rostros la duda que dominaba a casi todos, la pregunta que no se atrevían a formular con palabras.

Indudablemente era él, con su rostro, con su voz, con los rasgos irrecusables de su crucifixión; y sin embargo, se advertía algo de cambiado, en el aspectos, que hubieran sido incapaces de describir.

Para disipar las últimas dudas, Jesús preguntó: -¿-Tenéis algo que comer?

Había sobrado en un plato un trozo de pescado asado. Simón lo empujó ante el Maestro, que se aproximó a la mesa y comió el pescado con un trozo de pan, mientras todos lo miraban fijamente, como si fuera la primera vez que lo veían comiendo.

A medida que hablaba las caras de los discípulos se iluminaban con una olvidada esperanza, y los ojos les brillaban como a los ebrios. Era aquella la hora de mayor consuelo después del aniquilamiento de esos días. Su presencia indubitable demostraba que lo increíble era cierto, que Dios no los había abandonado y no los abandonaría más.

No había participado de esa cena Jonás, llamado el Mesías. Pero al día siguiente sus amigos corrieron por él, concitados todavía por las palabras de Jesús.

-Hemos visto al Señor, le decían; era realmente él y nos ha hablado, y ha comido con nosotros como un vivo.
Capilla de santa Barbara. Siglo XVIII.
Catedral de Cuenca.

Tomas les dijo entonces ante aquellas afirmaciones: ¡Si no veo en sus manos la marca de los clavos y meto mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en el costado, no creeré! (Jn.20, 25).

Ocho días después, los discípulos se hallaban en la misma casa de la vez pasada; y Tomás estaba con ellos. Había esperado, todos esos días, que le fuera concedido también a él ver al Resucitado, y alguna vez temblaba, pensando que, acaso, su respuesta era la razón que le tenía alejado. Más he ahí, que de repente, una voz desde la puerta, dice: -¡Paz a vosotros!

Jesús está allí y busca con los ojos a Tomás. Ha venido por él, solamente por él, porque el amor que le profesa es más fuerte que todas las ofensas. Y lo llama por su nombre y se le acerca para que lo vea bien, cara a cara.

-Trae acá tus dedos y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino fiel. Tomas obedeció temblando y gritó: -¡Señor mío y Dios mío!.

-Tomas, porque me has visto has creído, bienaventurados los que no han visto y han creído (Jn.20,29).

Dice una leyenda antigua que su mano quedó roja de sangre hasta la muerte. Leyenda verdadera de toda la verdad de su terrible símbolo, si por ella comprendemos que la incredulidad puede ser una forma de asesinato. El mundo está lleno de estos asesinos que han empezado por asesinar la propia alma.



Cuenca, 13 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943

-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.




domingo, 12 de abril de 2020

No está aquí

  Un rayo de luz y esperanza.

No había nacido aún el sol, que para nosotros es el domingo, cuando las mujeres se encaminaron al huerto. Era una de aquellas albas serenas que invitan a pensar en los inocentes que duermen  y en la belleza de las promesas, y el aire puro y suave parece que hubiera sido agitado poco antes por un vuelo de ángeles.

Las mujeres iban, abstraídas por la tristeza y pensando. ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? (Jn. 20, 1 – Mc.16).

Eran cuatro, porque María de Magdala y a María de Betania se habían unido Juana de Cusa y Salome, pero eran mujeres y debilitadas por la pena.

Cuando llegaron el estupor las detuvo. La Obscura entrada de la gruta se abría en la obscuridad. No creyendo lo que estaban viendo, la piedra estaba aún lado, apoyada en los peñascos. Miraron en su entorno como si esperaran que viniera alguien para preguntarle lo sucedido en esas dos noches en que habían estado ausentes.

María de Magdala pensó inmediatamente que los judíos hubieran hecho robar, en ese intervalo, el cuerpo de Cristo, no satisfechas aún con lo que le habían hecho sufrir, o acaso, despechados al ver esa sepultura demasiado honrosa para un hereje, lo habían hecho arrojar en la huesa infame de los lapidados y de los crucificados. Todo ello era solo un presentimiento. Tal vez Cristo descansaba todavía dentro, envuelto en sus vendas olorosas.

No se atrevían a entrar, y sin embargo, no podían regresar sin saber algo cierto. Apenas el sol alumbró la entrada, cobrando bríos entraron en la gruta. En un primer momento no vieron nada, pero se sintieron agitadas por un nuevo terror. A la derecha, sentado había un joven vestido de blanco que resplandecía como la nieve, parecía que estaba esperándolas.

“No os asustéis, Aquel a quien buscáis no está aquí. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿No recordáis que os habló en Galilea de que sería entregado a los pecadores y que al tercer día resucitará? (Lc.24,7).

Las mujeres escucharon asombradas y medrosas sin poder contestar. Pero el joven prosiguió: “Id donde sus hermanos y decidles que Jesús ha resucitado, y que pronto lo volverán a ver” (Mt.28,7).

Las cuatro temblando de miedo y de alegría, salieron de la gruta para correr inmediatamente hacia donde eran mandadas.

María Magdala se detuvo mientras las otras seguían por el camino. De repente sintiendo algo detrás de ella se volvió. –Mujer, ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? María pensó que era el jardinero de José de Arimatea. –Lloro porque se han llevado a mi Señor e ignoro donde lo han puesto. Si tú lo has llevado de aquí dime en donde lo has puesto y yo le llevaré (Jn.20,15).

El desconocido, enternecido en presencia de aquel candor apasionado, por aquella ingenua puerilidad, no contestó más que una palabra, un solo nombre, el nombre de ella, pero con la voz conmovedora e inolvidable con que tantas veces la había llamado: ¡María! Entonces como despertando de un sueño dijo María: -¡Rabboni! ¡Maestro! Y se arrojó a sus pies, en la yerba mojada por el rocío y le apretó con sus manos aquellos pies desnudos que mostraban todavía la doble rojura de los clavos.

Pero Jesús le dijo: “No me toques, porque aun no he subido a mi Padre. Más ve donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn.20,17). Y diles ¡que voy delante de ellos a Galilea” (Mt.28,10).

María estuvo mirando hasta que hubo desaparecido y luego corrió a alcanzar a las compañeras.

Llegó jadeante por la carrera y la emoción y confirmó lo que las otras habían dicho. Simón y Juan, asombrados por las palabras de las mujeres salieron fuera de la casa y echaron a correr al huerto de José. Juan, que era más joven, se adelantó y llegó primero, introdujo la cabeza, vio en tierra las vendas, pero no entró (Jn.9,2). Simón lo alcanzó, jadeante y se precipitó dentro de la gruta. Las fajas estaban esparcidas por el suelo; pero el sudario que había cubierto la cabeza del cadáver estaba a un lado, plegado y envuelto. Entró también Juan y vio y creyó (Mt.14,22).

Cuenca, 12 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943

-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.


sábado, 11 de abril de 2020

La liberación de los durmientes

    El cuerpo de Cristo descansaba, finalmente, en el lecho de perfumes dentro de la roca del huerto. Pero su espíritu, excarcelado de la pesada envoltura carnal, no descansaba. Había trasmitido a los vivos la Feliz Nueva (Nueva ley del Amor) y le habían pagado con la muerte; ahora debía llevarla a los muertos que, se siglos y miles de años atrás, la esperaban en la profundidad del limbo.

Acerca de esta bajada a los infiernos no tenemos revelaciones seguras. Pero en uno de los apócrifos más antiguos, en el Evangelio de Pedro, leemos que los testigos de la resurrección “oyeron una voz de los cielos que decía: ¿Anunciaste la obediencia a los que dormían? Y se oyó responder, desde la cruz: Sí”. Y en la primera carta de Pedro hallamos la confirmación  de esta predicación a los durmientes: “Fue muerto en cuanto a la carne, pero vivificado por el espíritu. En el cual fue a predicar a aquellos espíritus que estaban en cárcel, los que en otros tiempo habían sido incrédulos, cuando en los días de Noé contaban sobre la paciencia de Dios, mientras que se fabricaba el arca” (1ª Pedro 3,18).
Cristo yacente. Obra de Marco Pérez. Cuenca.

Precisamente por esto el Evangelio ha sido anunciado también a los muertos: a fin de que, después de haber sido juzgado, como son juzgados los hombres en lo que concierne a la carne, pudieran vivir según Dios, en lo que concierne al espíritu”. Y Pablo, que supo de las cosas divinas más de lo que le fuera permitido manifestar, afirma que Cristo “había descendido a los lugares más bajos de a tierra” (Éfeso 4,9).

Las profecías que por tantos siglos, con tanto amor y con tanta esperanza habían anunciado la llegada de un libertador que habría  de suprimir las injusticias y los dolores del mundo como el pampero barre las nubes pesadas de los valles.

Para estos pocos, primicias de santidad antes de los santos, bienhechores de los hombres antes de que viniera el Salvador y que le prepararon los caminos, que fueron, en una palabra, al menos el deseo, esbozos de cristianos antes de Cristo, este hecho es a la vez justicia y amor. Por todo ello era necesaria la bajada de Jesús al reino inmerso de los muertos. Aquel de quien habían sido figura con tanta antelación, sin saber su nombre, y lo habían esperado, sin poderlo ver, cuando gozaban de la luz del sol, se acuerda de ellos, apenas despierta a la verdadera vida en la gruta, y baja a libertarlos, para llevarlos consigo a la gloria.
Cristo Yacente. Obra de Marco Pérez. Cuenca.

Un viejo texto apócrifo narra esta bajada: el abatimiento de las puertas, la victoria sobre Satanás, el júbilo de los justos de la antigua ley y la ascensión de la pequeña falange bienaventurada al Paraíso. Y mientras se encuentran allá arriba con Henoc, Elías, que no habían muerto en la tierra como los otros, sino arrebatados, vivos todavía al cielo, se ve llegar a un hombre desnudo y ensangrentado, con una cruz al hombro. Es el Buen Ladrón a quien se le cumple la promesa que le ha hecho el Crucificado, ese mismo día, en la meseta del Calvario. Estás con invenciones de la fantasía, más bellas que ciertas. Pero la tradición cristiana, sin pretender conocer la historia de la bajada y el nombre de los libertados, ha puesto entre los artículos de fe la evangelización de los muertos y la sombra de Virgilio podía, trece siglos después, recordar a Dante, entre el humo del infierno, la venida del “poderoso, con símbolo de victoria coronado”.

Cuenca, 11 de abril de 2020.

©José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-Los evangelios Apócrifos. Pierre Crépon. Cirulo de Lectores. Editorial EDAF S.A. 1993.
     -Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.