miércoles, 24 de diciembre de 2025

La cueva del Misterio en Belén

Al llegar a Belén José y María, encontraron el pueblo lleno de gente que de todas partes venían a empadronarse. Todas las posadas estaban ocupadas; por mucho que buscaron no hallaron albergue ni mesón, porque viéndolos tan pobres, todos los despreciaban, sin haber quien los acogiese ni se compadeciese de ellos. Se vieron forzados a retirarse a un establo o cueva de las afueras de Belén, donde solían acogerse, en momentos de necesidad, los pastores.
Lugar donde nació Jesús

Sigamos a José y María, y entremos con ellos en aquel vil y pobre lugar. Es una cueva abierta en la roca y mide unos cuarenta pies (*) de largo por doce de ancho. Allí, junto al pesebre, están la mula y el buey anunciados por el profeta; son testigos mudos del divino misterio que la mansión de los hombres se ha negado a albergar. A este asilo se acogen San José y la Virgen María. Envueltos están en manto de silencio y de tinieblas. La Virgen dispone los pañales que abrigarán los miembros del Divino Niño. Puesta en oración, aguarda el instante en que al fin verán sus ojos al bendito fruto de sus purísimas entrañas, y le será dado besarle y acariciarle con todo el amor de su corazón.

Es la media noche. La Virgen entiende que se acerca la hora suprema. Su maternal corazón se inunda de inefables delicias y se enajena en un éxtasis de amor. De pronto, traspasando con su omnipotencia las puertas del seno materno, como franquear la piedra del sepulcro, el Hijo de Dios, Hijo de María, aparece reclinado en el suelo a vista de su Madre, y levanta hacia ella sus bracitos como para abrazarla, y vuelve sus dulces y alegres ojillos a mirarla. María ha dado a luz a su primogénito, único Hijo, sin sentir los dolores y pesadumbres del parto, así como el sol da su luz y las flores su fragancia. La Virgen Madre adora al Divino Niño que le mira sonriendo, lo estrecha contra su corazón, le envuelve en aquellos pañales que le tenía preparados, lo acuesta en el pesebre, e inclinándose sobre la cuna de su hijo, la feliz Madre –escribe San Efrén- le dice con amoroso arrullo: “¿De dónde a mí el haber dado a luz a quien siendo uno se multiplica por doquier, a quien siendo tan inmenso tango yo tan pequeño en mis brazos, a quien es todo mío y está entero en todas partes? El día en que Gabriel se abajó hasta mi miseria, de sierva que era bien a ser princesa. Tú del Rey, me trocaste de pronto en hija del Rey Eterno. Humilde esclava era yo de tu divinidad, y ahora soy Madre de tu humanidad, ¡Oh Hijo y Señor mío! De entre todos los descendientes de David escogiste a esta pobre doncella y la ensalzaste hasta el cielo empíreo donde reinas por los siglos de los siglos…”
Es precisamente el lugar donde la tradición señala que nació Jesús. La Basílica de la Natividad de Belén, contiene debajo del altar la Gruta de la Natividad. El sitio exacto donde fue el nacimiento del Señor.
San José adora con María. El cielo se entreabre sobre la cueva de Belén y los primeros deseos de Jesús ascienden hasta su eterno Padre; sus primeros quejidos, sus primeros y suaves vagidos los oye la Divina Majestad como ofrenda y preparan ya la salvación del linaje humano.

¡Feliz cueva de Belén, testigo de semejantes maravillas! ¿Quién de nosotros no enviaría gustoso a ella su corazón en este día? Allí cantan el oficio de Navidad los hijos de San Francisco, el amante apasionado de la pobreza de Jesús en su nacimiento, y besan reverentes el suelo, en el lugar de la cueva donde se leen estas palabras grabadas con letras de oro: “Hic de Virgine Maria Jesus Chistus natus est – Aquí nació Jesucristo de Santa María Virgen”.

Publicado en Cuenca, 24 de diciembre de 2018 y el 25 de diciembre de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

(*) Un pie es una unidad de longitud, se basa en el pie de los humanos. Se trata de una medida que fue empleada por numerosas civilizaciones antiguas. Un pie equivale a 0,3048 metros, podemos decir que un metro tiene aproximadamente tres pies.

- Relato tomado del libro “Festividades del año litúrgico. Editorial Luis Vives, S.A. Zaragoza. 1945


Navidad. Festividad del 25 de diciembre.

   La Navidad es la fiesta de los buenos sentimientos, de la exaltación de las fibras más sensibles del alma, de las ternuras hogareñas. La Natividad hace mención al nacimiento del Señor, pero la mesa bien abastecida, el muérdago en algunos lugares adornando puertas y ventanas, el champán, los regalos de Papá Noel y el árbol con luces nos quieren convencer que es Navidad gracias a Dickens y a los grandes almacenes con esas colas interminables que vemos en TV.

La Navidad, en los primeros tiempos de la Iglesia se celebraba en otros días. Hacia el siglo IV se fue fijando en este día, el 25 de diciembre, para recubrir y santificar una celebración pagana, la del Solsticio de Invierno. No se tiene datos fiables de registro, como los tenemos en la actualidad con los Registros Civiles, del nacimiento de Cristo, porque éste es un lugar en la Historia que vive por la fe y que sin ella no es nada, sólo un día más festivo en el calendario civil.

El mundo en que nos ha tocado vivir caricaturiza lo profundo de la celebración con la compra de regalos, aderezado con los buenos sentimientos. La Virgen, san José y el Niño, en sus figurillas de barro o plástico, son el alegre corazón del universo, que a pesar de todo es esperanza. En medio de tanta mascarada, Dios sonríe por encima del tiempo, y su sonrisa es la gran fiesta que celebramos.

Felices Pascuas de Navidad. Que Jesús, en su nueva venida al corazón del hombre, nos libere de todo mal de estos tiempos y volvamos a la tranquilidad de la vida cotidiana en el 2026. 

FELICIDADES.

Publicado en Cuenca, 25 de diciembre de 2021 y 25 de diciembre de 2025.

    Por:  José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

_____________

FUENTES CONSULTADAS:

-Año Cristiano para todos los días del año. P. Croiset. Madrid. 1846.

-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.

-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.

 

Historias y rosquillas por Navidad

Navidades de corazón

Siempre al llegar estas fechas me viene a la mente los primeros días de vacaciones de Navidad.  El domingo anterior a la Navidad era el primero en levantarme en casa, a penas si desayunaba porque sólo pensaba en subir a casa de los abuelos.

El día era frío y según iba ascendiendo por la calle Caballero sentía como se me helaba el aliento, al llegar al 23 de la calle Alfonso VIII las manos las llevaba como los carámbanos  de las fuentes del Vivero de Santa Ana.  Al llegar a la casa, poniendo las manos sobre la estufa de leña y bien arrimado a ella sentía como mi pequeño cuerpo entraba en calor. Mientras tanto mi abuela Florencia, sobre la mesa formaba un círculo con la harina en el que ponía el azúcar, los huevos, el aceite, ralladura de limón, un sobre de gaseosa (hoy sería levadura) y una copita de orujo, al que mi abuelo la llamaba “agua del Carmen”. Las manos maestras de mi abuela amasaban todos estos ingredientes hasta formar una masa compacta. Me hacia bajar a la pila del portal (sólo había un grifo con pila de agua en el portal en todo el edificio) a lavarme las manos para poder participar en tal gozosa hazaña, con las manos enharinadas volteaba gustoso la masa hasta que mi abuela Florencia me insistía que la dejara reposar un rato.
Museo Diocesano de Cuenca

Mientras que la masa reposaba mi abuela animó a Sabino, mi abuelo, a que me contara la historia de Abel el pastor.

Abel era pastor y los primeros que fueron a visitar a Jesús en Belén fueron ellos, los pastores. Abel lo recordaba con frecuencia y el alma se le llenaba de deseos cuando pensaba que de haber nacido en aquella época podría haber sido uno de esos pastorcillos de Judea. Desde los diez años pastoreaba las ovejas al quedarse huérfano, viviendo con un tío suyo también pastor. La mayoría de los días los pasaba en el campo y pasaba grandes temporadas sin bajar al pueblo, sólo sabía del pueblo lo que le contaba su tío que era el dueño del rebaño. La Sierra de Cuenca era su mansión y en sus parideras buscaba el rincón más abrigado donde descansar. En los pocos años que llevaba con el rebaño había aprendido el arte del pastoreo y por las noches le gustaba mirar al cielo descubriendo en las estrellas el día y la hora que era en que vivía. Distinguía la flora de las rocas y las cañadas, adivinaba los cambios de tiempo sin equivocarse, reconocía las ovejas y corderos en la oscuridad por el balido. Sabía desollar una res y cuidar una cría. Era valiente y en alguna ocasión se vio obligado a defender al rebaño de un lobo de cuyo encuentro mostraba una cicatriz en su brazo.

Todos los años subían a la Sierra otros rebaños trashumantes y en las noches oyó contar cien veces, al amor de la lumbre de romeros la distinción que Dios concedió a los pastores al hacerse hombre y siempre soñaba con el deseo de haber sido él uno de esos privilegiados.

¡La masa ya esta lista¡ se oyó decir a mi abuela y haciendo pequeñas bolas con la masa la apretaba en lo alto hasta conseguir hacer un agüero quedando redonda la rosquilla, luego en el aceite caliente la introducía hasta que se doraba depositándola después en una bandeja con papel de estraza para que escurriera el aceite y antes de que se enfriara las pasaba a otro plato para rebozarlas en azúcar con canela.
Mientras degustábamos las rosquillas mi abuelo siguió con el relato:
Era un 24 de diciembre, todo el día había estado nevando hasta media tarde que cesó y un viento fuerte limpió de nubes el cielo. El ganado no había salido de la paridera que estaba formada por una pared tosca de piedra cerrada terminada en una profunda cueva de roca viva. Acuciado por los balidos lastimeros de una cordera madre comprendió que había perdido a su cría y salió en su busca. Una, dos y más horas estuvo buscando al corderito. Había anochecido pero la luz de las estrellas que brillaban como diamantes y la blancura de la nieve ponían luz suficiente en el paisaje para proseguir la búsqueda. El frío aumentaba y el viento barría la nieve y levantaba nubes de cristalitos que se clavaban en el rostro de Abel. Al fin halló el corderito medio helado al pie de una zarza. Echándoselo sobre sus hombros caminó hacia la “tiná” de la que se había alejado bastante.

De vuelta  iba pensando en que era Nochebuena y ya las doce debían de andar cerca y sus pensamientos se centraban en sus deseos de haber sido él uno de esos pastores que tuvieron la suerte de ser los primeros en ver al Hijo de Dios. Tan embelesado iba que apenas si notaba el dolor de costado que se le puso hacía  un buen rato. El camino era largo, el cansancio grande, la noche cruda y sus pensamientos se interiorizaban más hasta creerse pastor de Belén llevando en sus hombros la ofrenda al Niño Jesús.

Con poca luz en los ojos y mucha en el alma, llegó a la paridera y entregó el cordero a la madre de la oveja. Tambaleándose fue hacia el fondo de la cueva buscando el montón de paja para descansar cuando vió que en la cueva había gente, Abel se sobrecogió, pero siguió avanzando, ¡Si, había gente! Vió un hombre de agradable presencia, vestido con túnica, ceñida al cuerpo. A su lado vió a la mujer más bella que hubiera imaginado, envuelta en un manto azul. Entre ambos y sobre unas pajas que servían de lecho en las noches, Abel vió a un niño recién nacido, de quien emanaba toda la luz. ¡Sí eran ellos! Los de sus sueños, eran Jesús y sus padres, tal y como los viejos pastores le habían contado cientos de veces, los de Belén. Los tres  le sonrieron mirándole. El niño Jesús le tendió sus brazos, Abel dobló sus rodillas insensibles por el frío, su boca fue inclinándose hacia las pajas a los pies del Niño Jesús. Su sueño se realizaba, su fe había sido premiada. ¡Los veía, los adoraba, como aquellos pastorcillos en Belén! ¡Qué alegría tendría su tío si viera todo aquello! Igual que en Belén. El se lo contaría. En aquella postura permaneció muchas horas. Cuando a la mañana siguiente llegó a la tiná el tío lo encontró de bruces sobre el montón de paja de su rincón. Las ovejas le rodeaban. Ya no vivía. En sus labios tenía prendida una sonrisa. Los corderillos balando parecían cantar la gloria. La Sierra empezaba a vestirse con el claro Sol, promesa de una alegre Navidad.

Las rosquillas iban desapareciendo del plato cuando se me ocurrió preguntar ¿Eso fue de verdad? Mira Josemari, la verdad nace del corazón de cada persona al igual que la Navidad, que cada año vuelve para ser testigo de la alegría del nacimiento del Rey del Cielo en cada persona que quiere recibirlo.

Cuenca, 13 de diciembre de 2015 y 24 de diciembre de 2025.

José María Rodríguez González. Profesor e  investigador histórico.
__________________ 
Fuente documental:
"Legado de embrujo y leyenda" 2021 - ISBN 978-84-09-35049-0 Autor José María Rodríguez González.

martes, 23 de diciembre de 2025

La Vigilia de Navidad. Festividad del 24 de diciembre.

     La Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, según la carne. Es el anuncio más solemne de todos los fastos del Martirologio. Toda la historia de la humanidad desfila ante la cuna de Jesucristo, como los planetas giran en torno al sol.

El Martirologio Romano anuncia así la fiesta del Nacimiento de Jesús: “De la creación del mundo, cuando en el principio creó Dios el cielo y la tierra, el 5199. Del diluvio, el 2957. Del nacimiento de Abrahán, el 2015. De Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto, el 1510. Desde que fue ungido David por rey, el 1032. En la semana 65 conforme a la profecía de Daniel; en la Olimpíada 194; de la fundación de Roma el año 752; en el 42 del imperio de Octaviano Augusto, estando todo el Orbe en paz, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, eterno Dios e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar el mundo con su piadosísimo advenimiento, concebido por virtud del Espíritu Santo y transcurridos nueve meses desde su concepción, nace de María Virgen en Belén de Judá hecho hombre”.

¿Quién nace esta noche?, pregunta la mamá a su benjamín. Y el pequeño responde con la sonrisa en los labios y la emoción en el corazón palpitante de alegría: “El Niño Dios”. Esta es la verdad, la única explicación del alcance universal que tiene la fiesta de Navidad. Esta noche nace Dios y sólo él puede obrar el milagro que representa la Navidad en la historia del cristianismo.

En la oscuridad de la noche helada, todos los años rompen las campanas el aire frío de diciembre con repiques de gloria y anuncios de Evangelio: un gozo, una buena nueva, un Niño que ha nacido para todo el pueblo. Christum natum, venite adoremus, ·venid a adorar a Cristo que ha nacido”.

La Iglesia en la oración de la Misa de esta noche Buena dice: “Señor, que nos concedes asistir alegres al Nacimiento del Redentor, que nace manso y humilde como niño entre pañales, concédenos también al fin de la vida asistir con conciencia tranquila a su segunda venida como Juez y Remunerador entre esplendores de Majestad”.

Publicado en Cuenca, 24 de diciembre de 2020 y 24 de diciembre de 2025

    Por:  José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

_____________

FUENTES CONSULTADAS:

-Año Cristiano para todos los días del año. P. Croiset. Madrid. 1846.

-La casa de los santos. Carlos Pujol. Madrid. 1989.

-Año Cristiano. Juan Leal, S.J. Madrid. 1961.

 

 

Inundaciones, el mismo día, en varios años en Cuenca. Efemérides conquenses del 24 de diciembre.

Efemérides conquenses 24 de diciembre. 

El día 24 de diciembre de 1820 por del desbordamiento, se inundaron las calles de la parte baja de Cuenca, fue causado por el río Júcar por la gran cantidad de agua acumulada al haber estado nevando y lloviendo durante varios días. Volviéndose a repetir en el año 1860 el mismo día 24 de diciembre.
Crecida del río Júcar del 21 de diciembre de 2019.
   Un día más, el 25 de diciembre de 1803, hubo una gran avenida en Cuenca, esta vez del río Huécar, desbordándose por varias calles. Arrancó las maderas del molino de San Martín, destruyendo los ojos de los puentes de la Puerta de Valencia y del Postigo.

Coincidencia o cosas del destino. El 25 de diciembre de 1860, se volvió a dar el mismo problema; se desbordaba el río Júcar, riada que duró de ocho a diez días. Esto fue así por las copiosas nevadas en la sierra y sobreviniendo unas lluvias a posteriori hizo que se derritiera la nieve originando una gran riada que hizo mucho daño: derribó puentes, arrasó campos, sembrados y abatió el puente de Olivares, que entonces era (según Muñoz y Soliva), el mayor del Júcar.

En 1829 y el mismo 24 de diciembre, se heló el Júcar, con tanta intensidad, que patinaban y boleaban sobre el hielo que había en él. La helada duró cerca de un mes y los lobos llegaron a bajar hasta la Puerta de Valencia y según otros, hasta las perdices, en busca de comida bajaron hasta los huertos de Santiago, según Muñoz y Soliva.

Publicado en Cuenca, 24 de diciembre de 2019 y 24 de diciembre de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

lunes, 22 de diciembre de 2025

El pesebre vacío

En esta Navidad busquemos llenar nuestra cuna de amor a los demás.

    El domingo en las Petras, viendo el Belén, me encontré con el pesebre del portal vacío y ello me dió por pensar y ha dado pie a este pequeño artículo.
    El Niño Dios viene cada año a este mundo a traer el Amor y no estaremos en esa onda mientras nuestro pesebre esté lleno del materialismo que nos acecha y lo aceptamos como parte de nuestra vida.
Portal de Belén del Convento de las Petras en Cuenca
17 de diciembre de 2017

    El amor es el principio y fuente de la creación, porque el hombre fue creado por amor y para el amor. Todas nuestras acciones deben de ser encaminadas hacia él. El amor es lo que identifica a la persona porque la capacidad de amar es exclusiva del ser humano.
Tada persona debe de tener como principio fundamental el amor, un amor interior como fuerza permanente y como la meta para vivir, crecer y relacionarse.

    En la actualidad hemos olvidado este término y lo hemos sustituido por el egoísmo de la posesión, olvidando el gran principio del amor que es darse a los demás en igual término que a nosotros mismos.
El que realmente ama es aquel que se da totalmente a sí mismo. Esto lleva implícito superar nuestros propios instintos y conquistar así la propia plenitud como persona. 
    El hombre es la única criatura que Dios ha amado al enviar a su propio Hijo entre nosotros y el hombre no podrá encontrar su propia plenitud sin entregarse a los demás.
    El egoísta es incapaz de amar. La madurez afectiva amplía la capacidad de amar, de salir de uno mismo para alcanzar la plenitud del Amor.

    Nos han acostumbrado a creer que todo se puede comprar y vender, eso no es cierto. Hay realidades que no pueden ser ni compradas ni vendidas. El amor es una de ellas, basta un segundo para enamorarse, por que el amor es un regalo del Creador, y es que solo el amor da sentido a la vida, sin esperar nada a cambio. De esta forma es descrito por San Pedro: "El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia, no se irrita, no tiene en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Co. 13, 4-7).

    El amar se convierte en el elixir poderoso que provoca respuestas y acciones, creando un estado donde no existe el miedo, ni el temor. Eleva al ser a un nivel de consciencia que le permite experimentar la comprensión, la entrega, sintiendo que se agranda la confianza en sí mismo. El vivir en el Amor llena de buena voluntad a todo aquel que lo abraza, creando en su interior un estado de consciencia elevado para recordar a todo aquel que lo vive, la razón de su Ser.

    En esta Navidad busquemos llenar nuestra cuna de amor a los demás, busquemos, como los Reyes Magos, una estrella brillante y especial que nos guíe y hagamos un viaje a Belén en el espíritu, llenando nuestro corazón de sensibilidad y bondad como un regalo hacia los que nos rodean.

Tengamos una  Navidad llena de gozo y de Amor.

Feliz Navidad a todos.

Publicado en Cuenca, 18 de diciembre de 2017 y el 22 de diciembre de 2025.

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.



Efemérides conquenses. Día 23 de diciembre.

   Un día como hoy, del año 1607, nacía en Villarejo de la Peñuela, el que fuera obispo de Zamora (1639-1652), Don Juan Coello Ribera de Sandoval. Era hijo de Don Pedro Coello de Ribera y de Doña Constanza de Sandoval, condes de La Ventosa, su hijo Juan nació el día 13 de diciembre en Villarejo de la Peñuela (Cuenca). Alfonso XI en 1340 le concedió a Don Alonso Ruiz de Sandoval el señorío de La Ventosa por su participación en la conquista de Tarifa. El padre de quien hoy celebramos, Don Pedro Coello de Ribera y Zapata sería el primer conde de La Ventosa (1617-1635), dicho título fue creado por Felipe III, mediante Real Decreto de 1 de mayo de 1617 y Real Despacho del 20 de mayo de 1618 a favor del mencionado.

Felipe IV le propuso para la mitra de Tortosa, que en su gran humildad no aceptó. Después, por obediencia, aceptó el nombramiento de Obispo de Zamora. 
Catedral de Zamora
Hizo su entrada en Zamora el 27 de febrero de 1640. Fue un excelente predicador, que renunció a su título de conde de La Ventosa y a todos sus derechos. Fue Caballero de la Orden Militar de Santiago y hermano de sor Isabel, fundadora de las Carmelitas de Cuenca.

Publicado en Cuenca, 23 de diciembre de 2019 y el 23 de diciembre de 2023 .

Por: José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.