domingo, 12 de abril de 2020

No está aquí

  Un rayo de luz y esperanza.

No había nacido aún el sol, que para nosotros es el domingo, cuando las mujeres se encaminaron al huerto. Era una de aquellas albas serenas que invitan a pensar en los inocentes que duermen  y en la belleza de las promesas, y el aire puro y suave parece que hubiera sido agitado poco antes por un vuelo de ángeles.

Las mujeres iban, abstraídas por la tristeza y pensando. ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? (Jn. 20, 1 – Mc.16).

Eran cuatro, porque María de Magdala y a María de Betania se habían unido Juana de Cusa y Salome, pero eran mujeres y debilitadas por la pena.

Cuando llegaron el estupor las detuvo. La Obscura entrada de la gruta se abría en la obscuridad. No creyendo lo que estaban viendo, la piedra estaba aún lado, apoyada en los peñascos. Miraron en su entorno como si esperaran que viniera alguien para preguntarle lo sucedido en esas dos noches en que habían estado ausentes.

María de Magdala pensó inmediatamente que los judíos hubieran hecho robar, en ese intervalo, el cuerpo de Cristo, no satisfechas aún con lo que le habían hecho sufrir, o acaso, despechados al ver esa sepultura demasiado honrosa para un hereje, lo habían hecho arrojar en la huesa infame de los lapidados y de los crucificados. Todo ello era solo un presentimiento. Tal vez Cristo descansaba todavía dentro, envuelto en sus vendas olorosas.

No se atrevían a entrar, y sin embargo, no podían regresar sin saber algo cierto. Apenas el sol alumbró la entrada, cobrando bríos entraron en la gruta. En un primer momento no vieron nada, pero se sintieron agitadas por un nuevo terror. A la derecha, sentado había un joven vestido de blanco que resplandecía como la nieve, parecía que estaba esperándolas.

“No os asustéis, Aquel a quien buscáis no está aquí. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿No recordáis que os habló en Galilea de que sería entregado a los pecadores y que al tercer día resucitará? (Lc.24,7).

Las mujeres escucharon asombradas y medrosas sin poder contestar. Pero el joven prosiguió: “Id donde sus hermanos y decidles que Jesús ha resucitado, y que pronto lo volverán a ver” (Mt.28,7).

Las cuatro temblando de miedo y de alegría, salieron de la gruta para correr inmediatamente hacia donde eran mandadas.

María Magdala se detuvo mientras las otras seguían por el camino. De repente sintiendo algo detrás de ella se volvió. –Mujer, ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? María pensó que era el jardinero de José de Arimatea. –Lloro porque se han llevado a mi Señor e ignoro donde lo han puesto. Si tú lo has llevado de aquí dime en donde lo has puesto y yo le llevaré (Jn.20,15).

El desconocido, enternecido en presencia de aquel candor apasionado, por aquella ingenua puerilidad, no contestó más que una palabra, un solo nombre, el nombre de ella, pero con la voz conmovedora e inolvidable con que tantas veces la había llamado: ¡María! Entonces como despertando de un sueño dijo María: -¡Rabboni! ¡Maestro! Y se arrojó a sus pies, en la yerba mojada por el rocío y le apretó con sus manos aquellos pies desnudos que mostraban todavía la doble rojura de los clavos.

Pero Jesús le dijo: “No me toques, porque aun no he subido a mi Padre. Más ve donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn.20,17). Y diles ¡que voy delante de ellos a Galilea” (Mt.28,10).

María estuvo mirando hasta que hubo desaparecido y luego corrió a alcanzar a las compañeras.

Llegó jadeante por la carrera y la emoción y confirmó lo que las otras habían dicho. Simón y Juan, asombrados por las palabras de las mujeres salieron fuera de la casa y echaron a correr al huerto de José. Juan, que era más joven, se adelantó y llegó primero, introdujo la cabeza, vio en tierra las vendas, pero no entró (Jn.9,2). Simón lo alcanzó, jadeante y se precipitó dentro de la gruta. Las fajas estaban esparcidas por el suelo; pero el sudario que había cubierto la cabeza del cadáver estaba a un lado, plegado y envuelto. Entró también Juan y vio y creyó (Mt.14,22).

Cuenca, 12 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943

-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.


sábado, 11 de abril de 2020

La liberación de los durmientes

    El cuerpo de Cristo descansaba, finalmente, en el lecho de perfumes dentro de la roca del huerto. Pero su espíritu, excarcelado de la pesada envoltura carnal, no descansaba. Había trasmitido a los vivos la Feliz Nueva (Nueva ley del Amor) y le habían pagado con la muerte; ahora debía llevarla a los muertos que, se siglos y miles de años atrás, la esperaban en la profundidad del limbo.

Acerca de esta bajada a los infiernos no tenemos revelaciones seguras. Pero en uno de los apócrifos más antiguos, en el Evangelio de Pedro, leemos que los testigos de la resurrección “oyeron una voz de los cielos que decía: ¿Anunciaste la obediencia a los que dormían? Y se oyó responder, desde la cruz: Sí”. Y en la primera carta de Pedro hallamos la confirmación  de esta predicación a los durmientes: “Fue muerto en cuanto a la carne, pero vivificado por el espíritu. En el cual fue a predicar a aquellos espíritus que estaban en cárcel, los que en otros tiempo habían sido incrédulos, cuando en los días de Noé contaban sobre la paciencia de Dios, mientras que se fabricaba el arca” (1ª Pedro 3,18).
Cristo yacente. Obra de Marco Pérez. Cuenca.

Precisamente por esto el Evangelio ha sido anunciado también a los muertos: a fin de que, después de haber sido juzgado, como son juzgados los hombres en lo que concierne a la carne, pudieran vivir según Dios, en lo que concierne al espíritu”. Y Pablo, que supo de las cosas divinas más de lo que le fuera permitido manifestar, afirma que Cristo “había descendido a los lugares más bajos de a tierra” (Éfeso 4,9).

Las profecías que por tantos siglos, con tanto amor y con tanta esperanza habían anunciado la llegada de un libertador que habría  de suprimir las injusticias y los dolores del mundo como el pampero barre las nubes pesadas de los valles.

Para estos pocos, primicias de santidad antes de los santos, bienhechores de los hombres antes de que viniera el Salvador y que le prepararon los caminos, que fueron, en una palabra, al menos el deseo, esbozos de cristianos antes de Cristo, este hecho es a la vez justicia y amor. Por todo ello era necesaria la bajada de Jesús al reino inmerso de los muertos. Aquel de quien habían sido figura con tanta antelación, sin saber su nombre, y lo habían esperado, sin poderlo ver, cuando gozaban de la luz del sol, se acuerda de ellos, apenas despierta a la verdadera vida en la gruta, y baja a libertarlos, para llevarlos consigo a la gloria.
Cristo Yacente. Obra de Marco Pérez. Cuenca.

Un viejo texto apócrifo narra esta bajada: el abatimiento de las puertas, la victoria sobre Satanás, el júbilo de los justos de la antigua ley y la ascensión de la pequeña falange bienaventurada al Paraíso. Y mientras se encuentran allá arriba con Henoc, Elías, que no habían muerto en la tierra como los otros, sino arrebatados, vivos todavía al cielo, se ve llegar a un hombre desnudo y ensangrentado, con una cruz al hombro. Es el Buen Ladrón a quien se le cumple la promesa que le ha hecho el Crucificado, ese mismo día, en la meseta del Calvario. Estás con invenciones de la fantasía, más bellas que ciertas. Pero la tradición cristiana, sin pretender conocer la historia de la bajada y el nombre de los libertados, ha puesto entre los artículos de fe la evangelización de los muertos y la sombra de Virgilio podía, trece siglos después, recordar a Dante, entre el humo del infierno, la venida del “poderoso, con símbolo de victoria coronado”.

Cuenca, 11 de abril de 2020.

©José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-Los evangelios Apócrifos. Pierre Crépon. Cirulo de Lectores. Editorial EDAF S.A. 1993.
     -Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.




jueves, 9 de abril de 2020

El misterio de Judas.

Reflexiones para una Semana Santa distinta.

Sólo dos seres en el mundo han sabido el secreto de Judas: Cristo y el Traidor.

Muchísimas generaciones de cristianos se han devanado los sesos acerca de este misterio, pero el nombre de Iscarioth, a pesar de haber hecho nubes de conjeturas, pensamientos y búsquedas de explicaciones, queda siempre indescifrado. Es el único misterio humano que se encuentra en el Evangelio sin una terminación lógica y cerrada.
Comprendemos sin mayor esfuerzo lo demoniaco de los Herodes, el rencor envidioso de los Fariseos, la cólera vengativa de Anás y de Caifás, la cobarde condescendencia de Pilatos. Pero no comprendemos con igual evidencia la abominación de Judas. Los cuatro historiadores nos dicen demasiado poco de él y de las razones que lo indujeron a vender a su Maestro.
Judas. Fachada de la Catedral de Cuenca. Vicente Lampérez.
Catedral de Cuenca. Siglo XX

Dicen “Satanás entró en él”, pero estas palabras no son más que la definición de un delito. El mal se apoderó de su corazón: luego, improvisadamente, antes de este día, tal vez antes de la cena de Betania, Judas no estaba en manos del adversario. Pero ¿por qué de repente se puso de contra? ¿Por qué Satanás entró tan él y no en ninguno de los otros?

Los treinta Dineros son una suma bien pequeña para un hombre a quien tentaba la riqueza. Se ha dicho que ese dinero era el precio de un esclavo. Pero el texto del Éxodo dice, en cambio que treinta siclos de plata era la compensación que debía pagar el dueño de un buey que hubiera atropellado a un esclavo. El caso era demasiado diverso para que los doctores del Sanedrín pudieran pensar en aquel momento en la observancia escrupulosa de un antecedente.

El indicio más tremendo a favor de la traición es el oficio de Judas se había reservado entre los doce. Había entre ellos un recaudador de impuestos, Mateo, el cual, casi de derecho, habría pertenecido el ser depositario de las pequeñas monedas necesarias para las expensas de la comunidad. En lugar de Mateo, vemos como depositario de las ofrendas, al hombre de Iscarioth. El simple manejo de las monedas, aunque ajenas, apesta. No debe maravillarnos que Juan dé por ladrón a Judas: “como tenia la bolsa, sacaba lo que ponía en ella” (Jn. 13, 29).
El prendimiento de Jesús. Talla de Luis Marco Pérez. 1942

Se ha dicho y pensado que debe buscarse la verdadera razón en la pérdida de la fe. Judas había creído firmemente en Jesús y ahora no podía creer más en él. Las conversaciones acerca del próximo fin, la hostilidad amenazadora de la metrópoli, el retardo de la manifestación victoriosa habían terminado por hacerle seguidor. No veía aproximarse el Reino y, en cambio, venía venir la muerte. Tal vez husmeando entre el pueblo había oído susurrar algo de los propósitos de la camarilla y temía que el Sanedrín no se contentar con una víctima sola y condenara a todos aquellos que, de mucho tiempo atrás andaban con Jesús. Vencido el miedo –que sería la forma tomada por Satanás para entrar en él. Creyó oportuno adelantarse y la cobardía habrían sido los motivos ignominiosos de su ignominia.

Otros, en cambio, vuelven a discurrir acerca de la venganza. No se traiciona sin odiar. ¿Por qué Judas odiaba a Jesús? Recuerdan la cena en casa de Simón y el nardo de la llorante (María magdalena con el frasco de perfume derramado sobre Jesús). La reprensión de Jesús debe de haber exasperado al discípulo, que tal vez, había sido observado otras veces, por su sordidez y fingimiento. Al rencor por la reprehensión se agregó la envidia, que podía vengarse sin peligro, fue al palacio de Caifás.

Más, ¿pensaba de veras que su denuncia habría llevado a Jesús a la muerte o suponía, más bien que se habrían contentado  con azotarlo y con prohibirle hablar al pueblo? La continuación de su historia da lugar a imaginar que la condena de Jesús lo perturbó como una consecuencia terrible y no esperada de su beso. Mateo cuenta su desesperación de manera que deja suponer que Judas sintió verdaderamente todo el horror de lo que había sucedido por culpa suya. Las monedas que ha embolsado lo queman; y cuando los sacerdotes las rechazan, las arroja al Templo. Tampoco después de la restitución tiene paz y corre a ahorcarse, para morir el mismo día que su víctima.

El misterio de Judas está atado con doble nudo al misterio de la Redención y quedará para nosotros mismos, siempre un misterio.
El prendimiento de Jesús. Talla de Luis Marco Pérez. 1942

Por último unas reflexiones diciendo: que cada uno de nosotros ha puesto su cuota, una cuota infinitesimal, para comprar a Judas esta víctima imposible de consumir. Todos hemos contribuido a reunir la suma visible que costó la sangre del Libertador: Caifás no fue más que nuestro mandatario. El campo de hacendada que fue pagado con aquella moneda, el campo que fue comprado con el precio de la sangre es nuestra herencia, es cosa nuestra. Y ese campo se ha ensanchado misteriosamente, se ha dilatado hasta ocupar la superficie de la tierra, ciudades enteras, ciudades populares, pavimentadas, iluminadas, barridas, ciudades de almacenes, y de burdeles, brillan de norte a sur, del este al oeste. Y para que el misterio sea también mayor, también los dineros de Judas, multiplicados al infinito por las traiciones de tantos siglos, por todos los negocios concluidos y, por añadidura aumentados por los intereses, se han hecho innumerables. Ahora –pueden certificarlo los contadores, verdaderos arúspices de esta edad- todos los recintos del Templo no serían capaces de contener las monedas engendradas hasta hoy por aquellas treinta que arrojo en él Judas, en el delirio del remordimiento, el hombre que vendió a su Dios.

Cuenca, 9 de abril de 2020.

©José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943
    -Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.




miércoles, 8 de abril de 2020

Tomad y comed.

Reflexiones para una Semana Santa en Casa.

Aquellos trece hombres, pues contamos con Jesús entre los doce, parecen reunidos para observar el viejo rito convival que rememora la liberación de su pueblo de la miseria de Egipto. Al verlos, parecen trece campesinos de observantes que esperan, ante la blanca mesa que huele a cordero asado y a vino, la señal para comenzar una cena íntima y festiva.

Pero sólo  aparentemente. En cambio es una víspera de despedidas y de separaciones. Dos de esos trece –el que tiene dentro de sí a Dios y el que tiene a Satanás- morirán antes que sea noche otra vez, de muerte espantosa. Los otros se dispersarán, mañana, como los segadores a la primera caída de granizo.

Pero aquella cena, que es el viático de un fin, es también un maravilloso principio. La celebración de la pascua judaica está por transfigurarse, en medio de aquellos trece judíos, en algo incomparablemente más alto y universal, en algo imposible de igualar, en algo inefable: en el gran Misterio Cristiano.

La Pascua, para los hebreos, no es más que una fiesta conmemorativa de la fuga de Egipto. Aquella evasión victoriosa de la abyección, de la dependencia, acompañada de tantos prodigios, guiada por el patrocinio de Dios, no fue jamás olvidada por aquel pueblo el cual, no obstante, debía sentir sobre su cuello el yugo de otras cautividades y someterse a la vergüenza de otras deportaciones. Para perenne recuerdo del precipitado Éxodo, fue prescrita una festividad anual que tomó el nombre de Paso: Pesach, Pascua. Era una especie de banquete que debía evocar el recuerdo de la comida improvisada y precipitada de los fugitivos. Un corderito o un cabrito asado al fuego, es decir de la manera más sencilla y rápida; el pan será sin levadura, porque no había tiempo para  que la pasta leudara. Y comerán ceñida la cintura calzadas las sandalias, bastón en mano y de prisa, como gente que está por emprender viaje. Las yerbas amargas, son las pobres verduras salvajes, arrancadas por los fugitivos, a medida que se marcha, para engañar el hambre de la interminable peregrinación. La salsa roja en la que se moja el pan recuera los ladrillos que los esclavos judíos debían cocer para el Faraón. El vino es una golosina: la alegría de la salvación la promesa de las vides esperadas, la embriaguez del agradecimiento al Eterno.
Santa Cena. Capilla de Santa Elena. Obra de Jamete. Siglo XVI
Catedral de Cuenca. Foto: Chema Rodríguez.

Jesús no altera el orden del ágape tantas veces secular. Después de la oración, hace pasar de mano en mano la copa de vino, invocando el nombre de Dios. Luego da a cada uno las yerbas amargas y escancia otra copa, que da la vuelta a la mesa, bebiendo cada uno un sorbo. ¿Qué sabor tendrá aquel vino en boca del traidor cuando Jesús, en el pasado silencio, pronuncia las palabras de nostalgia y de esperanza que no son para Judas sino para aquellos solo que podrán subir al eterno banquete del Paraíso?

-“Tomad y bebed, porque yo os digo que de hoy más no beberé de este jugo de la vid hasta el día que lo beba nuevo con vosotros en el reino de Dios” (Mt.26,29).

Entonces Jesús, que ve la insuficiencia de su conocimiento, toma de sobre el mantel los panes, los bendice, los rompe y, en el acto de dar un bocado a cada uno, pone ante los ojos de ellos la verdad: -“Tomad, comed: éste es mi cuerpo que es, dado por vosotros, haced esto en memoria de mí”(Mt.26,26).

Y apenas hubieron comido el cordero con el pan y con las yerbas amargas, Jesús llenó por tercera vez el cáliz y lo alcanzó al más próximo: -“Bebed de éste todos, porque ésta es mi sangre, la sangre del Nuevo Testamento, que es derramada por muchos” (Mt.26,28).

También Judas ha mordido ese pan y ha tragado ese vino –ha gustado de ese cuerpo de que ha hecho comercio, ha bebido esa sangre que él ayudará a derramar, pero no se ha sentido con fuerza para confesar su infamia, para arrojarse con el rostro a tierra, llorante, a los pies del que había llorado con él . Entonces el único amigo que le queda a Judas le advierte: -“En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me va a entregar” (Mt.26,21).

Los once, que tendrán valor para abandonarlo solo en medio de los esbirros de Caifás, pero que nunca hubieran pensado en venderlo por dinero, se estremecen y cada uno mira a los otros en la cara con nueva aprehensión, casi con el terror de ver en el compañero la lividez que causa. Y todos, uno después del otro preguntan: -¿Soy yo? ¿Acaso soy yo? También Judas consigue, escondiendo bajo las apariencias del estupor ofendido la creciente confusión, emite la voz: -¿Acaso soy yo, Maestro?...

La víctima está pronta y los habitantes de Jerusalén verían el día después, un nuevo altar de pino y hierro. Más los discípulos confundidos y soñolientos tal vez no entendieron las alusiones funestas y las triunfantes de los viejos cánticos.

Terminado el himno, salieron inmediatamente de la habitación y de la casa. Judas puesto apenas el pie fuera, desapareció en la obscuridad de la noche. Los once restantes siguieron, sin decir palabra, a Jesús, que se encaminaba, como las otras noches, hacia el Monte de los Olivos.

Cuenca, 9 de abril de 2020.

©José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943
    -Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.


martes, 7 de abril de 2020

Luna llena Rosada. Plenilunio del mes de abril.


   Esta Luna llena Rosada del mes de abril del año 2020 se puede denominar también Superluna porque se encuentra en su punto más cercano a la tierra (perigeo) durante el recorrido se su órbita elíptica, es la luna más grande de este año. En estos momentos se encuentra totalmente iluminada, alcanzando su máximo brillo durante esta noche, no piensen que esto es extraordinario hoy pues esto ocurre unas doce o trece veces al año, según el calendario lunar.

Siempre me he preguntado por el nombre que reciben las Lunas llenas y esta de rosado proviene del nombre de una de las primeras plantas que floreces en primavera como es la planta silvestre phlox. También este mes recibe la Luna los nombres de Luna de césped, Luna de huevo y entre las tribus costeras la Luna llena de peces, porque en esta época del año el sábalo nadaba río arriba para desovar.

Dicen que las
noches de Luna llena favorecen el insomnio y el duermevela. Esto es así porque en más intensa y es detectada por las células que se encuentran en la retina y son más sensibles a la luz blanca, esto hace que se inhiba la secreción de melatonina, responsable del descanso nocturno. También hay teorías que apuntan que afecta aunque no veamos la Luna directamente, por herencia de un pasado en el que este satélite podría haber sincronizado los comportamientos humanos con fines reproductivos o de otro tipo y esa huella ha quedado marcada en nuestra genética.

También es verdad que no hay motivos físicos para relacionar la fase de Luna llena con cambios en estos comportamientos, sin embargo podemos intuir que si no puedes conciliar el sueño, procura dormir acompañado y la Luna llena te parecerá algo romántico, la noche puede dar pie a otros placeres que no sean mirar el techo de la habitación.

Cuenca, 8 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

Seguimiento de la puesta de la Luna llena del mes de abril del 2020. Desde las 7.02h hasta las 8.05 horas del día 8 de abril de 2020.


Tomad y comed.


Reflexiones para una Semana Santa en Casa.

Aquellos trece hombre, pues contamos con Jesús entre los doce, parecen reunidos para observar el viajo rito convival que rememora la liberación de su pueblo de la miseria de Egipto. Al verlos, parecen trece campesinos de observantes que esperan, ante la blanca mesa que huele a cordero asado y a vino, la señal para comenzar una cena íntima y festiva.

Pero sólo   aparentemente. En cambio es una víspera de despedidas y de separaciones. Dos de esos trece –el que tiene dentro de sí a Dios y el que tiene a Satanás- morirán antes que sea noche otra vez, de muerte espantosa. Los otros se dispersarán, mañana, como los segadores a la primera caída de granizo.

Pero aquella cena, que es el viático de un fin, es también un maravilloso principio. La celebración de la pascua judaica está por transfigurarse, en medio de aquellos trece judíos, en algo incomparablemente más alto y universal, en algo imposible de igualar, en algo inefable: en el gran Misterio Cristiano.
Capilla de Santa Elena. La Santa Cena. Obra de Jamete. Siglo XVI 
Catedral de Cuenca.

La Pascua, para los hebreos, no es más que una fiesta conmemorativa de la fuga de Egipto. Aquella evasión victoriosa de la abyección, de la dependencia, acompañada de tantos prodigios, guiada por el patrocinio de Dios, no fue jamás olvidada por aquel pueblo el cual, no obstante, debía sentir sobre su cuello el yugo de otras cautividades y someterse a la vergüenza de otras deportaciones. Para perenne recuerdo del precipitado Éxodo, fue prescrita una festividad anual que tomó el nombre de Paso: Pesach, Pascua. Era una especie de banquete que debía evocar el recuerdo de la comida improvisada y precipitada de los fugitivos. Un corderito o un cabrito asado al fuego, es decir de la manera más sencilla y rápida; el pan será sin levadura, porque no había tiempo para  que la pasta leudara. Y comerán ceñida la cintura calzadas las sandalias, bastón en mano y de prisa, como gente que está por emprender viaje. Las yerbas amargas, son las pobres verduras salvajes, arrancadas por los fugitivos, a medida que se marcha, para engañar el hambre de la interminable peregrinación. La salsa roja en la que se moja el pan recuera los ladrillos que los esclavos judíos debían cocer para el Faraón. EL vino es una golosina: la alegría de la salvación la promesa de ls vides esperadas, la embriaguez del agradecimiento al Eterno.

Jesús no altera el orden del ágape tantas veces secular. Después de la oración, hace pasar de mano en mano la copa de vino, invocando el nombre de Dios. Luego da a cada uno las yerbas amargas y escancia otra copa, que da la vuelta a la mesa, bebiendo cada uno un sorbo. ¿Qué sabor tendrá aquel vino en boca del traidor cuando Jesús, en el pasado silencio, pronuncia las palabras de nostalgia y de esperanza que no son para Judas sino para aquellos solo que podrán subir al eterno banquete del Paraíso?

-“Tomad y bebed, porque yo os digo que de hoy más no beberé de este jugo de la vid hasta el día que le beba nuevo con vosotros en el reino de Dios” (Mt.26,29).

Entonces Jesús, que ve la insuficiencia de su conocimiento, toma de sobre el mantel los panes, los bendice, los rompe y, en el acto de dar un bocado a cada uno, pone ante los ojos de ellos la verdad: -“Tomad, comed: éste es mi cuerpo que es, dado por vosotros, haced esto en memoria de mí”(Mt.26,26).

Y apenas hubieron comido el cordero con el pan y con las yerbas amargas, Jesús lleno por tercera vez el cáliz y lo alcanzó al más próximo: -“Bebed de éste todos, porque ésta es mi sangre, la sangre del Nuevo Testamento, que es derramada por muchos” (Mt.26,28).

También Judas ha mordido ese pan y ha tragado ese vino –ha gustado de ese cuerpo de que ha hecho comercio, ha bebido esa sangre que él ayudará a derramar, pero no se ha sentido con fuerza para confesar su infamia, para arrojarse con el rostro a tierra, llorante, a los pies del que había llorado con él . Entonces el único amigo que le queda a Judas le advierte: -“En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me va a entregar” (Mt.26,21).

Los once, que tendrán valor para abandonarlo solo en medio de los esbirros de Caifás, pero que nunca hubieran pensado en venderlo por dinero, se estremecen y cada uno mira a los otros en la cara con nueva aprehensión, casi con el terror de ver en el compañero la lividez que causa. Y todos, uno después del otro preguntan: -¿Soy yo? ¿Acaso soy yo? También Judas consigue, escondiendo bajo las apariencias del estupor ofendido la creciente confusión, emite la voz: -¿Acaso soy yo, Maestro?...

La víctima está pronta y los habitantes de Jerusalén verían el día después, un nuevo altar de pino y hierro. Más los discípulos confundidos y soñolientos tal vez no entendieron las alusiones funestas y las triunfantes de los viejos cánticos.

Terminado el himno, salieron inmediatamente de la habitación y de la casa. Judas puesto apenas el pie fuera, desapareció en la obscuridad de la noche. Los once restantes siguieron, sin decir palabra, a Jesús, que se encaminaba, como las otras noches, hacia el Monte de los Olivos.

Cuenca, 8 de abril de 2020.

©José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943

-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.

Ovejas y cabrones.

Reflexiones para una Semana Santa en Casa.

Jesús conoce la debilidad de los Discípulos. Debilidad de espíritu y, tal vez, también de la carne. Inmediatamente los pone en guardia contra los dos peligros que amenazan: el engaño y el martirio.

“Procurar que nadie os seduzca. Porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: Yo soy Cristo: y seducirán a muchos…” (Mt.24,5). “Entonces, si alguno os dijera: Mirad, el Cristo esta aquí, no lo creáis; porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas y harán grandes señales y prodigios para engañar, de ser posible, hasta a los escogidos” (Mt.24,24).

Pero si escapan a las asechanzas de los mesías postizos no podrán salvase de las persecuciones de los enemigos del verdadero Cristo. “Y entonces seréis entregados a la tribulación y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre” (Mt.24,1). “Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá, En premio de vuestra paciencia tendréis la vida”. “El que perseverare hasta el fin, se salvará” (Mt.24,13).

“Entonces empezarán las señales del castigo inminente. Y cuando oyereis guerras y sediciones, no os espantéis: porque es necesario que esto acontezca primero, más no será luego el fin”. “Se levantarán nación contra nación y reino contra reino y habrá grandes terremotos en diversos lugares y pestilencias y hambre y habrá fenómenos espantosos y grandes señales del cielo” (Mt.24,7).

La segunda venida de Cristo desde el cielo, la Parausia, será el fin de este mundo y el principio del verdadero mundo del reino eterno. El fin de Judea fue anunciado por señales particularmente humanas y terrestres; este otro fin será precedido por señales particularmente divinas y celestiales.

“El sol se obscurecerá y la luna no enviará su luz y las estrellas caerán del cielo. Y en la tierra habrá angustia en las gentes por confusión del estrépito del mar y de las olas. Y secarán se los hombres por el temor y expectación de lo que amenaza a la tierra entera, porque los elementos del cielo se conmoverán. Y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre y entonces se lamentarán todas las naciones de la tierra y entonces verán al Hijo del Hombre venir en las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Ap.1,7).

El código de la elección tiene un título solo: piedad. Él ha seguido viviendo todo el tiempo que media entre la primera y la segunda venida, bajo las apariencias de los pobres y de los peregrinos, de los enfermos y de los martirizados, de los vagabundos y de los esclavos. Y ahora paga sus deudas. Las misericordias hechas a los “mínimos”, fueron hechas a Él mismo y otorgará las recompensas en nombre de todos. Sólo aquellos que no lo recibieron cuando apareció en los innumerables cuerpos de los miserables, serán condenados a la pena eterna, porque repeliendo al desgraciado repelieron a Dios, negando el pan, el agua, el vestido al pobre, condenaron al Hijo de Dios al frío, a la sed, al hambre. El Padre no necesita de vuestro socorro, que todo es suyo y os ama hasta en el instante mismo en que lo maldecís. Pero se debe amar al Padre también en la persona de sus hijos. Y los que no mitigaron la sed del sediento, sufrirán de sed toda la eternidad; los que no confortaron al prisionero, serán eternamente prisioneros de la Gehena; los que no hospedaron al forastero nunca jamás serán acogidos en el cielo, y los dientes de aquel que no asistió al calenturiento crujirán por los estremecimientos de una fiebre eterna.

El gran pobre, en el día de su gloria retribuirá a cada uno con sus infinitas riquezas, conforme a justicia. Quien ha dado un poco de vida a los pequeños tendrá la vida para siempre; quien ha dejado a los pequeños en las penas, tendrá pena para siempre. Y entonces el cielo desierto se poblará con otros soles más poderosos, las estrellas resplandecerán más intensamente en el cielo y habrá un nuevo cielo y una nueva tierra y los resucitados no vivirán como hoy aquí abajo, a manera de bestias, pero si a semejanza de los ángeles.

. Cuenca, 7 de abril de 2020.

José María Rodríguez González. Profesor e investigador histórico.

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-El Evangelio de la madre. E. Enciso. Madrid. 1943

-Historia de Cristo. Versión española. Mñor. Agustín Piaggio. Editorial Lux. Santiago de Chile.1923.