lunes, 29 de septiembre de 2014

LAS TORRES MUDAS DE UNA CIUDAD DESENCANTADA


El valor de una ciudad se lo dan sus habitantes

El otoño ha comenzado, las hojas de los chopos se tornan de oro dejando a cada minuto una alfombra de color amarillo y ocre, el día se acorta y la melancolía se adueña de los corazones. Ha trascurrido más de un siglo desde el hundimiento de la torre del Giraldo y desde ese fatídico 13 de abril de 1902 la Catedral ha enmudecido, ya no se escucha el ronco sonido de la “Santa María” y “San Julián”, ni el más leve de esquilones y cimbalillos; ya no suena la “Santa Bárbara” ni la del reloj, que iba lentamente desgranando sus horas. Callaron sus ecos, mucho tiempo ha, y hoy arrinconadas boca abajo en cualquier rincón, rememoran aquellos tiempos en que, suspendidas en las alturas, llamaban a los fieles con sus voces bronceadas a los actos litúrgicos de la comunidad cristiana. Contaban quienes las oyeron que en la hora prima las campanas de la Catedral con su voz ronca, honda, grave y majestuosa, desparramaba sobre la ciudad sus notas como pedriscos del sonido que llegaban al corazón de cada casa conquense para implorar a Dios que no cesara nunca sus sones de paz y cristiandad y les concediera la gloria eterna.
Torre de San Gil



Torre de la Iglesia de San Miguel
Es el lenguaje de las torres el sonido de sus campanas; si éstas faltan, aquéllas perdieron algo de lo que es su vida, la expresión del por qué y para qué de su existencia. Las torres de las antiguas iglesias de San Miguel, San Andrés, Sto. Domingo y San Gil. San Gil: ”Jardín de los Poetas” convertido en nido de ruinas inhábiles por la dejadez de nuestro ayuntamiento, ni siquiera la voz de nuestros poetas pueden resonar en su recinto, años de parsimonia y falsas promesas que viene acallando la voz poética de un barrio que añora sus tiempos de esplendor como esas noches de poetas, bajo la torre de San Gil, en los albores de mi alumbramiento. El domingo 9 de septiembre de 1956, se homenajeaba a D. Luis Astrana Marín. Noche en la que intervinieron con sus poemas: Eduardo de la Rica, Andrés Vaca Page, D. Miguel Valdevieso, el Padre Carlos de la Rica, Mauricio Monsuares y Federico Muelas; viniendo a coronar la noche la poetisa, Acacia Uceta, con un excelente poema. El Sr. Alcalde cerró la velada. Afirma el cronista que ese día se dejó muchas ideas claras sobre Cuenca y flotaba en el aire sosegado de la noche la emoción y la renovación de los votos de que éste lugar fuera para siempre recinto de poesía y amor por Cuenca, promesas truncadas en nuestro tiempo. 
Torre de la Iglesia de San Andrés

Pues bien, estos gigantes, actualmente son torres mudas que muestran sus desnudos ventanales al viento, cual cuencas vacías en ojos ciegos. Perdieron sus campanas, su medio de expresión, su culto y poco a poco van perdiendo su vida. Hoy todavía las vemos enhiestas. Si el silencio de la Catedral se rompiera y pudiéramos escuchar el sonido de una tan sola de sus campanas os aseguro que nos acordaríamos más de ella y se estremecerían nuestros corazones al conjuro de su vieja voz.


Nostalgia otoñal, sí me hubiera gustado escuchar cómo cantaban las campanas de nuestra Catedral. El otoño aviva la melancolía en nuestro interior, tal vez sea por eso que piense que quizás mis ojos se cierren antes de que pueda oírlas; no sé cómo eran, ni si aún existen; las únicas referencias que de ellas tengo son las que pude leer en Muñoz y Soliva.
Torre de San Juan

¿Cuántas campanas había en la torre y cómo las llamaban? Abramos los legajos de los archivos y exploremos su nacimiento: Allá por el año 1674, se fundieron seis campanas para nuestra Catedral. Fueron sus artífices Agustín de Arena y su hijo Juan, vecinos de Teruel, y Antonio de la Puente Montecillo. Las dos campanas mayores llevaban por nombre “Santa María” y “San Julián”, de cuarenta y seis y medio quintales (4.605Kg.), y treinta y cuatro quintales (3.400kg.) de peso; seguían el esquilón, llamado “San Salvador” de cuarenta y cuatro arrobas (506kg.) y “San Pedro y San Pablo” con cuarenta arrobas (460kg.); después los cimbalillos: “San Mateo” de diez arrobas (115kg.) y “Santa María” de ocho arrobas (92kg.). Posteriormente, se fundieron la “Santa Bárbara” y la campana del reloj.

Por su feliz colocación y terminación de la torre, se festejó con la suelta de toros enmaromados; diversión ésta a la que somos muy aficionados los conquenses. Para terminar esta reseña histórica desear que se den los pasos precisos para activar la reconstrucción de nuestra torre del Giraldo y que podamos oír el sonido de su voz como lo hicieran nuestros abuelos y antepasados.
Torre de Santo Domingo

Cuenca, 29 de septiembre de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico

viernes, 12 de septiembre de 2014

Ferias y mercados desde la época de Alfonso VIII en Cuenca


EN EL 8 CENTENARIO DE LA MUERTE DEL REY ALFONSO VIII

 Esta tarde he subido al casco antiguo de la ciudad y me he encontrado con un mercado medieval  fascinante. No puede dejar pasar la ocasión para hablaros de los mercados en la ciudad de Cuenca empezando por los de la época de Alfonso VIII. Mi enhorabuena a los organizadores de estas recreaciones medievales que dan un aire distinto a esta ciudad encantada.

Los primeros antecedentes que sobre mercados tenemos en Cuenca, se remontan a la Ley 25 del Fuero, en que Alfonso VIII concede a la ciudad la celebración de una feria, que no es sino un mercado más espaciado en el tiempo y con mayor concurrencia que las corrientes y generalmente al amparo de alguna festividad que ya de por sí atrae forasteros y da lugar, por tanto, a mayor afluencia de público.

La Feria concedida por el Fuero, tenía quince días de duración, empezando una semana antes de Pascua de Pentecostés y terminando una después y el que venía a ella estaba “garantido” de bienes y personas, al extremo de que, quien causare algún perjuicio al feriante, era castigado con pena de mil maravedíes, que, en caso de insolvencia se convertían en despeñamiento, si no había habido lesión, pues de existir alguna se le cortaba la mano, y si hubiera resultado homicidio perdía la vida y era enterrado debajo del muerto.


A las primitivas concesiones de celebración de ferias y mercados, se unió después la supresión del pago de alcabalas en algunos de ellos, como privilegio a la ciudad a que se concedían, pues se aumentaban la afluencia de feriantes y, por tanto, el volumen de las transacciones, al verse libre de pago que, ya con carácter general y como renta de la Corona venía cobrándose, aunque con carácter temporal y transitorio, desde las Cortes de Burgos de 1342, bajo el reinado de Alfonso XI y que se llamaba alcabala del viento cuando se cobraba por ventas hechas en los mercados, conociéndose además la fija correspondientes a transacciones hechas en los puntos de residencia de comprador a vendedor y la de alta mar para las importaciones del extranjero.

Estos mercados o ferias en que se suprimía el pago a las alcabalas, en todo o en parte, y que recibían el nombre de Francos, necesitaban privilegios especiales de la Corona, por la renuncia que ésta hacía a la percepción del impuesto, lo que disfrutaba la concesión de nuevos privilegios y aun se llegaba a desvirtuar los antiguos, pues por Enrique IV otorgó en 1465 el privilegio de Franco con plazo limitado; confirmado después varias veces, no lo fue sin embargo, ni que a cada término del privilegio no tuviera necesidad de Concejo, no ya de pedir su renovación, sino de reiterar su petición varias veces, que siempre costaba trabajo concederlo, acaso porque a pesar de la disposición de Enrique IV sobre pago de los impuestos en el punto de procedencia de las mercancías, se tuviera en la Corte en convencimiento de que estaba bien llamada del viento esta alcabala, por lo fácil de que se perdiera su cobro, no faltando tampoco en Cuenca el caso de que visto que tardaba mucho la concesión, se llegara a la implantación de la franqueza por algún Corregidor falto de paciencia; pero esto merece ser tratado en otra ocasión.

El aumento y memora de los medios de comunicación quitaron importancia a ferias y mercados y las nuevas modalidades gubernativas hicieron desaparecer la necesidad del real permiso para establecimientos; bastando, después del Real Decreto de 1853, que el acuerdo del Ayuntamiento se trasladara al Gobernador de la provincia y desde la Ley municipal de 1877 es de la exclusiva competencia de las Corporaciones locales cuando se refiere a ferias y mercados, sin más limitación que su no establecimiento en domingo en virtud de disposiciones posteriores.

Cuenca, 12 de septiembre de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico

 

martes, 2 de septiembre de 2014

Las vaquillas de San Mateo


Las fiestas de San Mateo en Cuenca

La lidia de vaquillas se ha desarrollado a lo largo de los siglos como una forma de demostración de valentía. En Roma se representaban espectáculos con “uros” donde se mostraba las dotes de cazadores de sus participantes. También se utilizaban estos animales para enfrentarlos con gladiadores o en las ejecuciones pública de los cristianos, en la época de las persecuciones.
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En la edad media la práctica taurina del laceo de toros se inicia con Carlomagno, Alfonso X el Sabio y los califas almohades. Este tipo de fiesta se consolida en España en el siglo XII. Estos espectáculos se practicaban en las plazas públicas y lugares abiertos como parte de celebraciones o victorias bélicas. En Cuenca, la tradición cuenta que el rey Alfonso VIII para divertimiento de su tropa, después de haber tomado la ciudad se soltaron unas vaquillas.

Estos espectáculos han despertado polémica desde sus comienzos entre partidarios y detractores. Vivimos en una época en que se ve a los animales de un modo especial, como si fueran personas, tal vez humanizando a éstos como en las fábulas de Esopo, sin darnos cuenta que prácticamente todos los pueblos españoles tienen alguna tradición unida a los toros. Por otra parte no cabe en el círculo de la civilización de nuestra época, pero procuramos conservarla a costa de mucho esfuerzo porque son parte de la identificación de nuestra historia y de nuestra cultura, todos deseamos su celebración, puesto que nos recuerda  vivencias de nuestra niñez y adolescencia.


En España tenemos ejemplos de gran arraigo taurino como el de Pamplona que acostumbra, desde tiempos inmemorables, a recorrer por las calles los toros bravos que después serán lidiados en las corridas de San Fermín y Teruel con su Vaquilla del Ángel. Le tengo cierto cariño a esta ciudad, os contaré que el escudo de la ciudad parte de una leyenda en el que el Rey Alfonso II y sus adalides (guías), en 1171 andando en busca de un lugar apropiado para construir una villa llegaron al cerro donde hoy existe Teruel y hallaron un toro grande en su cima, y siendo de noche se apreció sobre su lomo una estrella brillante, siendo presagio de buena suerte, tomaron como blasón de armas el toro y la estrella, formando el topónimo de Teruel. Desde entonces el toro y Teruel han estado ligados a sus fiestas y festejos. Pero a lo que vamos. Las fiestas de la “Vaquilla del Ángel” en Teruel, están dedicadas al Santo Ángel Patrón de la ciudad, rememoran la legendaria fundación de Teruel tras la toma de la fortaleza musulmana a la que le condujo un toro bravo.
Cuenca no podía quedar al margen de estas fiestas, fiestas de valor torero. Nosotros tenemos “Las Vaquillas de San Mateo”. Vaquillas que lo mismo alegran el corazón de los niños que el de los mayores y que todavía constituye el más preciado joyel que las autoridades pueden regalar al pueblo de Cuenca, tan amante de sus tradiciones y costumbres.

La vaquilla de San Mateo tiene su origen en el año 1581. El Concejo de entonces, de acuerdo con el Cabildo Catedralicio determinó fijar como fiesta el día 21 de septiembre, día de San Mateo, en conmemoración de la conquista de Cuenca por Alfonso VIII, mandando que la víspera de dicho día se hicieran hogueras e iluminaciones por todas las calles y plazas de la ciudad y que el día del Santo se corriesen toros en la Plaza Mayor y se hiciesen mascaradas.

Este acuerdo fue pregonado, en el citado año de 1581 con los atabales (tambores) y trompetas por la ciudad.

Existe además otro documento, es una solicitud escrita por el vecino Alfonso Muñoz Cejaudo, en el año 1529, dirigida al Licenciado Luis de Bracamonte, Juez de Residencia, en esta ciudad por sus Majestades. En ella se pide que las vaquillas se celebren en el coso de Huécar-explanada donde está el molino de cemento de San Martín, allí tendrían más vistosidad las corridas de toros; sitio éste que por su anchura, podría ser el festejo visto por todos, sin que hubiera bullicio ni escándalo; pues la Plaza Mayor, donde se levantaban andamios y al subirse mucha gente en ellos se cargaba mucho peso por  lo que solían hundirse, rompiéndose la gente brazos y piernas. Además indica que estando los señores Canónigos en el Coro, entraban los toros en las naves de la Catedral y tenían que cesar los rezos produciendo gran pánico entre los que llevaban los ciriales y el incensario. Dice también el vecino Muñoz, que por la mucha aglomeración de público en la plaza, los toros herían a muchos.

Hay otro precedente y fue en 1642, cuando vino a Cuenca el Rey Felipe IV, entre las fiestas que se organizaron en su honor figura una corrida de toros celebrada de un modo original, pues se montó un amplio tablado sobre las aguas del río Júcar que sirvió de plaza a las variadas suertes de tauromaquia a la que los conquenses eran aficionados.

La Vaquilla de San Mateo ha constituido la festividad preferida por el público conquense por todos los actos que constituía el programa de las fiestas de San Mateo. No había ni un solo conquense de raigambre que quedase, estos días, sin presenciar el festejo o tomar parte activa en él. Ha sido siempre una verdadera locura lo que Cuenca ha tenido por esta divertida fiesta.

Cuenca, 2 de septiembre de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico

viernes, 22 de agosto de 2014

Ferias y Fiestas de San Julián en Cuenca


San Julián de enero, de agosto o de septiembre

Institución de las festividades de San Julián

Siempre me he preguntado ¿Por qué se celebra San Julián en agosto si su festividad es en enero? Y siempre los mayores me han respondido: ¡Porque hace más calor en verano! Pero ¿qué hay de verdad en todo ésto? Escudriñemos en la historia.

Tomando de referencia las noticias del culto tributado a San Julián por D. Rogelio Sanchiz Catalán, Archivero-Bibliotecario y Académico correspondiente de la Real de la Historia en su obra de 1909 nos dice:

“En el loable deseo de honrar a su Santo Patrón San Julián y de testimoniarle cumplido homenaje de cariño, respeto y admiración, quisieron los conquenses tener dos días en el año para tributarle públicamente solemne culto y, al efecto, además del 28 de enero en que sucedió el glorioso Tránsito, día que la Santa Iglesia ordena celebrar como fiesta de guardar, fue elegido por los conquenses el 5 de septiembre para establecer una fiesta conmemorativa de San Julián”.

Las razones que hubo para determinar la elección de dicho día fueron por una parte, la crudeza del tiempo en el 28 de enero (para dar idea de la inclemencia del tiempo por aquellos años recuérdese el adagio o refrán: “Para San Julián de enero, se hiela el agua en el puchero”). Estas inclemencias del tiempo, grandes fríos y constantes nevadas, hacían que de los pueblos próximos y aún del mismo Cuenca, se abstuvieran los fieles de asistir a los Oficios divinos en honor al Santo en la Santa Iglesia Catedral. Por otro lado, el día 5 de septiembre era el señalado de antiguo por la Ciudad para celebrar sus fiestas y mercados anuales, lo que unido a la bonanza y clemencia del tiempo en esas fechas y siendo una fechas de descanso en las labores del campo, al haberse terminado la recolección y aún no haber comenzado la vendimia y sementera, hace más fácil la concurrencia de los devotos a San Julián. De ésta nueva fecha nace el adagio o refrán: “San Julián de enero para los de Cuenca; el de septiembre para los forasteros”.


Por estas razones, el Obispo D. Miguel Muñoz, el Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Catedral, el Corregidor D. Manuel Ponce de León y el Ayuntamiento de la Ciudad y los Cofrades de San Julián (1*) de común acuerdo, acudieron al Papa en súplica y ruego de que aprobase la institución de la fiesta conmemorativa de San Julián, el día 5 de septiembre, habiendo obtenido feliz resultado sus súplicas mediante el siguiente Breve:

Venerabili frati Episcopo, et dilectis filiis Decano et Capitulo conchensi ac Gubernatori et Rectoribus consilii civitatis Conchensis” (“Al Venerable hermano Obispo de Cuenca y a los amados Hijos Deán y Cabildo y al Corregidor y Regidores del Ayuntamiento de la Ciudad de Cuenca):

 IULUIS PP. III (El PaPa JULIO III)

“… Y para que la fiesta San Julián se haga más célebre, se transfiera a 5 días de septiembre, en el cual día por ocasión de la Feria, que entonces se hace en la dicha Ciudad acostumbra a ser  mayor el número del pueblo; así en dicho nombre vuestro como de los mismos Cofrades nos hicisteis suplicar humildemente, que tuviésemos por bien, según la benignidad Apostólica, de dar firmeza de confirmación Apostólica a los tales Estatutos y Ordenanzas… Y por la autoridad y temor ya dichos, transferimos la fiesta de San Julián y su celebración con todos sus Privilegios, e Indulgencias a cinco de septiembre, en el cual día de aquí en adelante, por todos los tiempos que vendrán, vosotros y los amados hijos del Clero y pueblo de la Ciudad y Obispado ya dichos, seáis obligados a celebrar la dicha fiesta del Bienaventurado San Julián, sin perjuicio alguno”.
¿Cuándo se materializó la festividad de las ferias y fiestas en agosto? Fue en el año 1879 cuando el Ayuntamiento de la ciudad acordó darle el tratamiento de feria. El 8 de agosto de 1879, el Alcalde D. Santos López anunciaba: “El Ilustrísimo Ayuntamiento de mi presidencia, usando de la facultad que le confiere el Artículo 72 de la vigente Ley Municipal ha resuelto declarar Feria desde el actual año la festividad que de inmemorial viene celebrándose en esta ciudad a nuestro Patrón San Julián, los días cinco y siguiente del mes de septiembre, acordando medidas que considere convenientes y pondrá en conocimiento del público por medio de anuncios a fin de atraer la mayor concurrencia posible
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Pasados diez años y encuentro en el semanario “El Progreso”, en su número 225, de 8 de agosto de 1889, en el artículo “La Feria” que aún no se ha efectuado el cambio de las Ferias y Fiestas de San Julián a agosto, utilizando estas palabras: “Falta algo menos de un mes para la celebración de eso que llamamos feria y nada de nada. Este año ya creíamos en la resurrección de los muertos al ver que, después de repetidas invitaciones y de reuniones poco numerosas y entusiastas, se nombre una junta organizadora. Pero, que si quieres; ni la junta, junta a los individuos que la componen, ni se resuelve nada, ni nada se organiza”.
Investigando en la hemeroteca y dejando pasar veintidós años, en el periódico “El Mundo” de 2 de septiembre de 1911, se sigue recogiendo las Ferias y Fiestas de San Julián en septiembre (cinco días de fiesta). Es como si el pueblo conquense no quisiera cambiarlas de fecha sus fiestas. Pero ¿Qué actividades se realizaban en ella? Hay poca diferencia con respecto a las actuales, en primer lugar se despertaba a la ciudadanía con una Diana, a eso de las seis de la mañana, se encargaba de ello la Banda Municipal y Provincial de Música. Se realizaban desfiles de Gigantes y Cabezudos, recorriendo las principales calles de la ciudad. Por las tardes, concierto en los jardines de la Excma. Diputación Provincial y todas las noches verbena en la Plaza Mayor, a eso de las nueve de la noche. Otras actividades paralelas a estas eran la exposición de productos agrícolas provincial, situándola en los jardines de la Excma. Diputación Provincial. También solía celebrarse la feria de ganado en “El Sargal”, con importantes premios en metálico. Se organizaba un Certamen Científico-Literario, patrocinado por la Prensa Conquense, con gran aceptación, pues en este año se presentaron 127 trabajos. Es en este año de 1911, cuando se colocó la primera piedra en el solar donde se construiría la nueva Plaza del mercado (de estructura metálica, lamentablemente desaparecida), en la calle Fray Luis de León. Con relación a lo taurino, se celebraban importantes novilladas; en el año 1944 formaba cartel: D. Álvaro Domecq, Gitanillo de Triana y Manolete, se lidiaron toros de la ganadería de D. Ángel Sánchez. La crónica de la tarde de toros no tiene desperdicio sobre Manolete, que paso a describirla textualmente: “digamos sencillamente que ayer Manolete fue EL MONSTRUO. Muy torero toda la tarde, dominador cuando lo precisaron sus enemigos y artista siempre. Mató con facilidad y buen estilo y hubo ovaciones, orejas, rabos y entusiasmo general en sus dos toros”. Ya por aquellos años se celebraba el “Tiro de Pichón”, celebrándose todos los días de la feria en el campo de la Fuensanta. Para el año 1944 se hizo costumbre presentar en las Ferias de San Julián una Exposición de Bellas Artes, en este año se mostraba la tercera edición; se presentaron ciento cincuenta trabajos de pintura, escultura, dibujo, caricatura y fotografía.
Un hecho que se viene repitiendo es que la iluminación festiva de las calles corría a cargo del comercio, en aquellos años se iluminaban las calles de Calderón de la Barca y D. Mariano Catalina (actual Carretería).  Siempre terminando las fiestas, los fuegos artificiales que hacían las delicias de los vecinos de Cuenca.

 Fue definitivamente en 1964 cuando las fiestas se trasladaron a agosto en fechas indeterminadas, aportando la segunda quincena del mes de agosto la más apropiada para su realización, rompiéndose con una tradición de siglos. Hoy nos seguimos preguntando ¿Son acertadas estas fechas o debería volver a sus fechas originales la festividad de nuestro Santo Padrón San Julián? ¿Qué fueron de los fuegos artificiales?
Felices fiestas a todos. Ser prudentes y pasarlo lo mejor que podáis.
 

(1*) El Obispo de Cuenca, Diego Ramírez de Fuenléal, instituyó una hermandad o cofradía de San Julián y estos cofrades fueron los que en unión del Obispo, Deán y Ayuntamiento solicitaron del Papa Julio III el cambio de fecha en la institución de la fiesta indicada.

José María rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico.

Cuenca, 22 de agosto de 2014

martes, 19 de agosto de 2014

Cuenca en llamas (Segunda parte)


Relato de los incendios más importantes que ha sufrido la ciudad de Cuenca

567 años de la primera ordenanza para la extinción de incendios en Cuenca

Como lo dicho es deuda, el miércoles día 30 de agosto subí de nuevo a ver a mis abuelos, temprano con la fresca, con la intención de que siguiera explicándome las peleas de D. Diego Hurtado de Mendoza con el Obispo Lope de Barrientos.

Cuando llegué al nº 23 de la Calle Alfonso VIII eran las nueve de la mañana. Estaban desayunando y me uní a ellos. ¿Cómo subes tan pronto? Es para que me cuentes las peleas de Don Diego con el Obispo Barrientos. Bien, Josemari por el interés, haremos lo del otro día, nos subiremos al Castillo para ubicar la contienda ¡Eso abuelo!, contesté.

Ya sentados en el murillo de la Plaza del Trabuco, con la garrota me señalaba las líneas imaginarias hasta donde llegaba el castillo, indicándome que el castillo poseía seis puertas y tres portillo. En la parte izquierda de la Plaza del Trabuco y adosado a una pared aparece parte del arco que constituía una puerta de acceso a la mencionada plaza y donde se realizó la contienda. Seguidamente comenzó el relato.

El origen de estas algaradas a que tan aficionados fueron los nobles durante los largos períodos de tiempo en que el trono de Castilla estuvo ocupado por monarcas débiles, no cesaron hasta que los Reyes Católicos lograron la unidad nacional, ejerciendo su hegemonía sobre todos los súbditos, señores y vasallos.

Estas contiendas hay que ubicarlas entre las condiciones pactadas en 1446 para la reconciliación del rey con el príncipe D. Enrique, soliviantado por los nobles, entre ellos D. Juan Pacheco, marqués de Villena y Señor de Belmonte, para impedir el valimiento (1*) de D. Álvaro de Luna y que llegaron a extremo de presentar batalla padre e hijo. Entre otras cosas se estipuló en dichas condiciones, que se diera el maestrazgo de Calatrava a D. Pedro Girón, hermano de Pacheco, con satisfacción en rentas al que había sido elegido para el cargo y el de Santiago siguiera en poder de D. Álvaro de Luna, satisfaciendo también a D. Rodrigo Manrique por el derecho que tenía a él. Es decir abuelo que aquí todo el mundo quería sacar tajá de la sartén, más o menos Josemari.

Pues mira, con todo este reparto parecía que las cosas estaban arregladas, pero Manrique fue llamado por el rey de Aragón, que pretendía ampliar sus estados a costa de los de Castilla y al que además de hacerle un ofrecimiento en metálico, consiguió que el Papa prometiera hacerle Maestre de Santiago, para embestir de nuevo contra D. Álvaro de Luna. Enterado de la trama Lope Barrientos, solicitó al Rey que enviara a Cuenca soldados a su mando, ante el temor de que Diego Hurtado de Mendoza, que era suegro de D. Rodrigo Manrique, se alzase con ella por su yerno o por el príncipe, a la vez que se enviaban tropas a otros lugares ocupados por D. Rodrigo para rescatarlos. Valla lio Abuelo se montó, todos querían la plaza de Cuenca, algo así Josemari.

Pues bien, El Obispo, por orden del Rey, comunicó a Hurtado de Mendoza que abandonara la ciudad, llegando a fijarse como fecha límite el día de Santiago, en cuya víspera el guarda del castillo, D. Juan Hurtado, hizo entrar en él una fuerza de 400 hombres. Por su parte el Obispo se había preparado poniendo barreras y guardas entre el castillo y la población.


El día de Santiago, estando diciendo misa, le llego un emisario comunicándole que los partidarios de D. Rodrigo habían comenzado la escaramuza y habían pegado fuego a la puerta de la ciudad, que entonces se llamaba del Mercado, corriéndose el fuego a las casas  inmediatas. Se abrieron treguas a instancias de D. Lope, a fin de llegar a un acuerdo, las que aprovechó D. Diego para aumentar sus pertrechos y reforzar su guarnición y sin haber expirado el plazo ni atender a la carta en que el Rey le ordenaba salir de Cuenca, comenzó la pelea contra las tropas del Obispo que hubieron de pegar fuego a la casa de D. Diego, trasladándose el fuego a las casas contiguas llegando a quemarse más de cincuenta. Esto  obligó a Hurtado de Mendoza a pedir seguro para su salida de Cuenca, lo que hizo con su familia, marchando a su villa de Cañete, pero dejando en el Castillo una pequeña guarnición que junto con refuerzos luego enviados, mantuvieron más de un año el desasosiego en Cuenca, hasta que el Rey indujo al Obispo a que celebrara un acuerdo por el que abandonó D. Diego el castillo de Cuenca, a cambio de hacerle merced del lugar de Cañada del Hoyo “en que hay fortaleza antigua e ochenta o noventa vasallos: e así entregó el castillo de Cuenca al Rey”, dice la crónica de Juan II.

Así Cuenca se vió libre de las  revueltas, no sin haber pagado un gran precio por los incendios ocasionados. A ver abuelo, estos se marcharon de aquí porque se les dio una plaza mejor como fue Cañada del Hoyo, pues claro Josemarí. Todo esto fue fruto de la codicia que esconde en su interior la deslealtad, la traición deliberada, siempre en el propio beneficio personal. Los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones inspiradas por la avaricia y de ésto los ricos saben mucho, pero no creas que es sólo patrimonio de los ricos, a veces lo que tienen acceso a la riqueza, sin ser propia, son peores que los señores. Así es abuelo. Pues Josemaría, vámonos para casa que va torrando la calva este sol de canícula.

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(1*) El Valido fue una figura política (el valimiento) propia del Antiguo Régimen en la Monarquía Hispánica, que alcanzó su plenitud bajo los llamados Austrias menores en el siglo XVII. No puede considerarse como una institución, ya que en ningún momento se trató de un cargo oficial, puesto que únicamente servía al rey mientras éste tenía confianza en la persona escogida.

 
José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico
19 de agosto de 2014

miércoles, 13 de agosto de 2014

Cuenca en llamas

Cuenca en llamas (Primera parte)
Relato de los incendios más importantes que ha sufrido la ciudad de Cuenca
567 años de la primera ordenanza para la extinción de incendios en Cuenca
Era verano, mes de agosto en Cuenca, habíamos madrugado porque mi hermana pequeña no dejaba de llorar por lo que decidieron mis padres llevarla a Don Félix  de la Muela para que les dijera que le sucedía. A mí se me indicó que subiera a casa de los abuelos y que me quedara allí a comer con ellos, el resto de mis hermanos se fueron a sus respectivos trabajos porque éramos cinco hermanos. Cuando llegué a casa de mis abuelos, en la calle Alfonso VIII, nº 23, me dijo mi abuela que cogiera el botijo y renovara el agua, yendo a la fuente de la calle Zapaterías. Cuando regresé, la cocina estaba en llamas, con la intención de hacerme picatostes  había puesto una sartén con aceite al fuego, olvidándose de ella. Mi abuelo echó un paño humedecido con el agua del botijo sobre ella y se apago de inmediato.
Calle de San Pedro
Posteriormente desayunamos los tres juntos y me pregunta mi abuelo: ¿Josemari qué día es hoy? 9 de agosto abuelo. Pues tal día como hoy en 1447 el Concejo de Cuenca redactaba las primeras ordenanzas para la extinción de incendios, acordando también enviar una copia al Rey, que por entonces reinaba en España, Juan II. ¿Lo dices por lo de la sartén ardiendo? Esto no es nada con lo que sucedió entonces. ¿Me lo vas a contar? Pues claro, termina el desayuno y nos vamos a recorrer la calle de San Pedro.
Plaza del Trabuco

Salimos de casa enfilando la Plaza Mayor hacia la cuesta de la calle de San Pedro. Sentándonos en el murillo de la plaza del Trabuco, comenzando su relato. En los primeros días de agosto de 1447 se entabló una gran pelea por estos lugares entre las gentes partidarias de Diego Hurtado de Mendoza y las acaudilladas por el Obispo Lope de Barrientos, éste en nombre del Monarca. Entre los muchos conflictos que se sucedían entre ellos, resultó un incendio catastrófico ya que ardieron más de cincuenta y cinco casas, entre ellas la de Diego Hurtado y la del Ayuntamiento. Este suceso dió ocasión para que el Concejo redactara las Ordenanzas que te he comentado anteriormente. (Después de escucharle no podía entender que un Obispo peleara contra un Señor). Le dije a mi abuelo, no entiendo esto de que se peleen entre ellos. Josemarí otro día te hablo de las algaradas del guarda del castillo, que era D. Juan Hurtado de Mendoza y el Obispo Lope de Barrientos y como se incendiaron las casas de la parte alta de la ciudad ¡Vale, pero sin tardar que luego se olvida de contármelo!

Mira Josemári, no terminaron aquí los incendios en Cuenca. Fue a raíz de lo ocurrido en la Torre del
Ángel de la Catedral, en mayo de 1509 lo que hizo al Concejo que en junio de este mismo año, llegara al acuerdo de formular nueva petición de recursos para realizar las obras de la traída del agua a la ciudad argumentándolo con la gran cantidad de incendios que se producían. Poco eficiente fue la petición ya que en marzo de 1649, el nuevo Concejo promovió nuevas prevenciones, alegando que en 16 años habían consumido los incendios la tercera parte de las casas de la ciudad. ¡Pues casi todo lo que hay ahora tuvo que construirse de nuevo!, dije yo asombrado. Así es, apuntilló mi abuelo.

Bajamos por la calle de Julián Romero y cuando llegamos a la altura del Colegio de San José, señalando con la garrota me dice: “Esa es la Torre del Ángel”, la única que queda actualmente, y aquí en este vano estuvo la Torre del Giraldo, ¿La torre del Giraldo? Si Josemari, era la torre de las campanas y del reloj  y tuvo muchos incendios por rayos, que a través de los años la hicieron desaparecer. ¿Qué fue de ella? Sentémonos enfrente de la fachada de la Catedral, que en esos años estaba cubierta de andamiajes, y te cuento algunos de los incendios de los muchos que se han producido por la caída de rayos sobre la más bella torre que ha tenido nuestra Catedral. Si abuelo sentémonos.

Pues bien, escucha y apunta en la libreta que te regalé, sí así lo hago. El 20 de mayo de 1674 hubo
uno que quemando los cabezales de las campanas, originó la caída de éstas sobre la bóveda que se rompía y trasladaba el incendio al interior de la Catedral, costando 13 días el extinguir el fuego, destrozó el magnífico órgano construido en 1629. Además de los desperfectos que produjo en la fábrica hacia la capilla de San Antolín. Otro de los incendios muy violento fue el de 1837, durante una tempestad en la noche; esta vez ardieron escaleras, pisos y campanas. Cuantos la vieron aseguraron que fue un incendio imponente y aterrador ver a tal altura las llamas saliendo por todos los huecos calados, volteándose al impulso del viento las mismas campanas. Nada de extraño tiene que en 1902 se vinera abajo. Hay dos hipótesis que explican el hundimiento: una que contribuyó a la calcinación más o menos profunda de sus paredes, producida por los fuegos, abriéndose los arcos por las altas temperaturas soportadas y una segunda que cayera por la falta de solidez en la zona inferior ocasionada por las humedades. De una forma u otra nos quedamos sin campanario y seguimos sin él. ¡A ver si cuando seas mayor puedes ver de nuevo el Giraldo en su sitio! Eso espero abuelo, hare lo que esté en mi mano para que se pueda devolver el esplendor a nuestra Catedral

¡Abuelo, tu sabes mucho sobre la Catedral! Pues claro, como carpintero que fui en ella sé muchos de los secretos que encierra y te los contaré todos, poco a poco, pero tú apunta lo que te digo que algún día podrás hacer uso de ellos. Sí abuelo así lo hago.

¿Hubo más incendios en Cuenca?  Le pregunté. Te voy a relatar el último y nos vamos a comer a casa que se hace algo tarde, si abuelo. Este último es de mi época, también fue aparatoso, se produjo en unas casas particulares, frente a la iglesia del Salvador, hará unos 30 años, para apagarlo los vecinos subieron el carrillo de las mangas por la fuerte pendiente del Convento de las Benitas.

En el convento de las Petras, éste que tenemos aquí a la izquierda, realicé varios trabajos de carpintería, ¡me obligaban a llevar sonando una campanilla, como soy hombre y las monjas no podían verme, así que cuando sonaba la campanilla se escondían! Pues, a lo que iba. El 6 de abril de 1940 se inició el fuego en la casa del número 7 de la calle de San Pedro llegando al convento, costó dos días apagarlo, interviniendo los vecinos en su extinción. Mira hay que poner de manifiesto que los conquenses siempre hemos sido gente de ayudar, los vecinos no hemos regateado nunca a la hora de apoyar el hombro y de prestar auxilio ante estas situaciones, eso tenlo siempre presente y te corresponderá a ti seguir prestando ayuda a quien te la solicite. Y…  ¡Ala vamos! que se hace tarde para comer y así otro día más de la mano de mi abuelo bajamos saludando a la gente que nos encontrábamos a nuestro paso. ¡Adiós Sabino!         

Cuenca, 13 de agosto de 2014

José María Rodríguez González. Profesor e Investigador Histórico

martes, 12 de agosto de 2014

Inauguración de la xposición fotogáfica "Los Rostros Romanos en la Catedral de Cuenca" en Valeria (Cuenca)


 
Quiero agradecer a cuantas personas asistieron ayer a la inauguración de la exposición “LOS ROSTROS ROMANOS EN LA CATEDRAL DE CUENCA” en Valeria (Cuenca) en especial aquellas personas que fueron exclusivamente como Eduardo la Fuente y Maricarmen; mi hermana Raquel y Javier con su hijo Sergio; a mi cuñado Marino y mis suegros Otilia y Rafael; a mi hijo David quien hizo el reportaje fotográfico.
 
 
Fue un acto de presentación entrañable para mí, al encontrarme el Hermano Marista que realizó el pregón de las XIII Jornadas Romanas de Valeria, D. Fulgencio Martínez Mora al que tuve la suerte de conocer y recordar mis años de adolescente que pase en las distintos Seminarios Maristas.
 Y agradecer al pueblo de Valeria la acogida y el interés mostrado por esta nueva exposición y a su alcalde Teodomiro, a Miguel Romero quien llevó con todo acierto el desarrollo del acto y como no, a D. Benjamín Prieto, Presidente de la Diputación, que tanto apoyo he recibido de él, interesándose por mis investigaciones y al Cabildo de la Catedral, representado por D. Miguel Ángel Albares que al final no pudo estar presente por problemas médicos.

En una palabra Gracias.