MANTO DE LUZ. MITOLOGÍA DE LA LUZ EN LA CATEDRAL DE CUENCA
EL SOL, ALGO MÁS QUE UN ASTRO
Pensando
científicamente, el Sol no es una estrella excepcional, simplemente es una de
las miles de millones de estrellas que habitan nuestra galaxia denominada Vía
Láctea. Si perdemos la parte científica de nuestro tiempo y nos trasladamos a
los inicios de la historia, es lógico que el hombre primitivo asociara los
fenómenos naturales a fuerzas sobrenaturales y que los adorara como a dioses, así
el Sol, el rayo o la lluvia; explicaba de esta manera su existencia y sus incidencias
en su vida diaria.
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| Photo of Mossi in the southwest by Leo Frobenius, about 1812 |
El sol ha estado presente en la imaginación humana desde
el mismísimo despertar de los tiempos, sufriendo una evolución diferente en su
tratamiento simbólico o mítico. Aunque no ha estado presente en las pinturas
rupestres del paleolítico superior (hace 4.000 años) sí queda constancia de sus
ritos como lo expresa el antropólogo alemán Leo Viktor Frobenius (1873-1938), quien describe que después de
proponer a sus guías la caza de algún antílope para su consumo al escasear la comida,
éstos al amanecer despejaron un claro de arena y dibujaron en él la figura de
un ejemplar, esperando la salida del sol para que iluminara la figura pintada.
Los nativos dispararon flechas sobre la figura pintada en la arena,
simbolizando su caza, mientras que las mujeres levantaban los brazos hacia el
sol gritando como una súplica; acto seguido, los cazadores corrieron al bosque
en su busca, cuando regresaron con un antílope, terminaron el ritual
extendiendo sobre el dibujo la piel del animal en agradecimiento al ejemplar
conseguido. A partir de la asociación con la caza hay una evolución
diferenciada del significado simbólico del Sol según va avanzando la
civilización.
Este cambio se detecta en los mitos de diversas culturas
en las que el Sol es simplemente un personaje mítico de segundo orden, así lo
vemos en el mito griego de Helios, el Sol. En el relato que Homero hace de las
vacas, el Sol es el brillante astro que reclama la ayuda a Zeus. Helios poseía
unos rebaños de bueyes que nunca aumentaban ni disminuían, ya que no morían ni
se reproducían. Lo mismo pasaba con el rebaño de ovejas que producía una lana
de excepcional lustre, estas maravillosos rebaños pastaban con entera calma en
los prados de la isla del Sol. Cuando Odiseo y sus hombres arriban a la isla
observan este paisaje tan bucólico y
extraordinario. El hambre que traían les incitó a desobedecer de no tocar
animal alguno, y alentados por Euriloco acabaron con los mejores animales del
rebaño de Helios.
La mitología
griega alude en varias ocasiones al sol. Se decía que había permanecido mucho
tiempo en la más completa oscuridad al renegar Helios de ser el Sol. Así se
lamentaba: “Mi existencia no ha podido
ser más agitada desde que existe el universo. Jamás cesé en mi trabajo y jamás
fui recompensado. Si nadie quiere mi carga, debe el mismo Zeus (Júpiter) guiar
mi carro, que puede ser oficio menos cruel que el de privar de sus hijos a los
padres. Cuando él se dé cuenta de todo lo trabajoso que resulta conducir mis
caballos, es fácil que se sienta movido por mayor misericordia”.(Homero,
Odisea, Canto XII, 140)
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| Viaje de Ulises y los Argonautas |
Para algunos
investigadores, el mito del sol es una trasposición libre e imaginativa de las
experiencias humanas, en cambio, para otros representa una tentativa
rudimentaria de explicación de los fenómenos naturales.
No hemos de
olvidar el carácter específicamente religioso del mito. Es normal que los mitos
narren los orígenes de los fenómenos naturales sin tratar de explicarlos. El
mito garantiza la estabilidad de la realidad existente en el momento de su
aparición. Siendo el Sol la fuente principal de la vida, es natural que haya
sido la figura central en casi todas las religiones o mitologías primitivas.
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| Re-Horakhty y Osiris |
En la cultura egipcia, existían bastantes mitos que
describían el cielo como el océano por donde viajaban en barco: el sol, la luna
y las estrellas. La aparición del sol por las mañanas se explicaba por la
existencia de un río subterráneo, por donde el sol atravesaba de noche el bajo
mundo. De entre las tres tradiciones cosmogónicas, la más interesante es la de
Heliópolis en el Bajo Egipto. Atum emergió de los desperdicios de Nu y descansó
en la colina original. En el año 2300 a.C., Atum se relacionó con Ra, el dios
Sol, como símbolo del advenimiento de la luz en oscuridad de Nu. Atum dio
existencia a la primera pareja divina: Shu (el aire seco) y Tefnut (la
humedad). Según la tradición, Atum es separado de Shu y Tefnut, pero en su
reencuentro, al llorar de alegría se transformaron en el hombre
En el Alto Egipto (Hermópolis) emergen ocho deidades de Un, las que crearon una flor de loto “que flotaba en las aguas de Un” de
la cual surgió el dios Sol.
La creación
del mundo es el resultado de la voluntad del dios Sol, al nacer como un niño
entre los pétalos de un loto. A este mito corresponde la ofrenda en los templos
de un loto de oro que evoca el cotidiano regreso de la luz a una creación
recomenzada.
En
civilizaciones posteriores, muchos dioses se convirtieron en dioses Sol bajo
las formas de Amon-Ra y Khnum-Ra, dando el reconocimiento debido en cada
civilización a la fuerza creadora que era el Sol. Osiris era el Dios de la
eterna renovación.
La
culminación del Sol en el antiguo Egipto llegó con la breve revolución
religiosa del faraón Akenatón en el siglo XIV a.C. El sol fue exaltado como el creador
de la humanidad, proscribiendo a los demás dioses y Akenatón se declaró así
mismo el único intermediario entre el Sol y la tierra.
En
la religión sumeria también aparece el dios Ud o Utu, “luz” que ocupa un lugar
destacado y se toma como el dispensador de la vida. El sol es un elemento
esencial en la vida del hombre y de la fuerza vital de la naturaleza. El hombre
busca el amparo de la claridad del sol en lucha con la oscuridad y en contra de
los poderes malignos que conlleva la oscuridad.
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| Surya |
En China, su religión evolucionó desde la adoración de
los fenómenos naturales que premiaban o castigaban las conductas humanas. En la
foto, se muestra a Pan-Ku, gigante que según la mitología china, salió de un
huevo, portando dos elementos, el Yin y el Yan. El primero formó la Tierra y el
segundo el cielo. Este gigante vivió dieciocho mil años. Al perecer, el Sol y
la Luna emergieron de su cabeza, los ríos y los mares de su sangre, el trueno
fue originado por su voz, y de su respiración se creó el viento. Las personas
surgieron de sus pulgas. Las doctrinas racionalistas del Tao reemplazaron estas
antiguas creencias.
En la India, el sol personificado como “Surya” era un Dios
hindú. Se le consideraba maléfico por los “dávidas” del sur y benéfico por los “munda”
de las zonas centrales. En Babilonia también adoraban al Sol, y en Persia la
adoración del Sol formaba parte del elaborado culto a Mitra que posteriormente
se extendió al Imperio Romano.
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| El culto a Mitra |
En Grecia, las deidades del Sol eran Helios y Apolo. La
adoración a estos dioses estaba muy extendida. Se construyeron templos en su honor
en Corinto, Argos y en otras muchas ciudades. En la Isla de Rodas, el culto al
Sol era más sobresaliente que en el resto, la isla recibía el nombre de “Isla
del Sol”; donde cada año se sacrificaban cuatro caballos blancos. Los
narradores de mitos se referían al sol con frecuencia como en la historia de
“Apolo y Dafne”, donde el Dios griego Apolo, enamorado tras ser alcanzado por
una flecha de Cupido, persigue a la ninfa Dafne, que le ha rechazado. Dafne
pide ayuda a los dioses y la convierten en un árbol de laurel.
La adoración
del sol en Roma estaba enturbiada por el uso que hacía de ello la política.
Estaba bastante extendido el culto a Mitra que fue importado desde Persia.
Mitra era el Dios “Toro” (relacionado con la constelación de Taurus), se
representaba un banquete con el Sol y también como a un Dios solar que mataba
al toro; por todo ello se le conoció como Helios, el dios Sol, como Sol
Invictus, el Sol invencible.
La adoración
del Sol continuó en Europa incluso después de la introducción del cristianismo,
según sus costumbres, el pueblo siguió celebrando sus fiestas como lo venían
haciendo. La cristianización de las fiestas paganas fue la única solución al
cambio social que se presentaba.
Con la
llegada del cristianismo, se dedicó el primer día de la semana al culto divino,
era el "dies dominica" o Día del Señor. Como fiestas anuales se
instauraron la Pascua y Pentecostés, ambas de procedencia hebrea. La primera
conmemoraba el hecho fundamental, la muerte y resurrección de la esencia del
cristianismo, y Pentecostés evocaba la venida del Espíritu Santo sobre los
apóstoles. Ambas fiestas son de origen apostólico y durante algún tiempo fueron
las únicas celebradas por los cristianos. La tercera que se añadió fue la
Epifanía o manifestación del Señor a los gentiles, que figuró antes en las
iglesias orientales.
Una de las más polémicas fue la festividad de la Pascua,
ya que era distinta para las Iglesias de Oriente, por lo que el Sínodo de Arlés
y posteriormente el Concilio de Nicea, año 325, decretaron que "la Pascua cristiana tuviera lugar el
primer domingo después de la primera luna llena del equinoccio de primavera, y
el domingo de Carnaval se situaría siete semanas antes de esta fecha". (Revista Vivat Academia. Docencia e
investigación, Sep. 2008 Nº 28)
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| Concilio de Nicea - Capilla Sixtina. El Vaticano |
Posteriormente,
la Iglesia impulsó el año eclesiástico haciendo que las fiestas fueran más
solemnes, así nacieron la Circuncisión del Señor (1 de enero) y la Invención de
la Santa Cruz (3 de mayo). El esplendor del culto medieval generó la festividad
del Corpus, celebrándose por primera vez en Lieja (1246).
Las fiestas
dedicadas a la Virgen fueron en aumento tras el Concilio de Éfeso (siglo V) y
por las nuevas órdenes mendicantes. A estas fiestas añadieron los cristianos
otras muchas dedicadas a mártires y santos: San Esteban, San Lorenzo y San
Martín. Su veneración dio origen a la literatura hagiográfica; se aumentaron
las actas de los mártires, algunas sin rigor histórico pero que gestaron los
Martirologios (Sinaxarios en oriente) que eran listas de los santos más
venerados con la indicación de la fecha de su muerte o martirio. Ya en el S. XVII,
aunque tratado en el largo Concilio de Trento, las fiestas de precepto se
habían disparado en número, como en la antigua Roma, pues los obispos tenían
facultad de prescribirlas en sus diócesis respectivas. Por eso, el Papa Urbano
VIII en el año 1642, en su Bula Universal redujo a 34 las fiestas mayores,
fuera de los domingos.
Después de Urbano
VIII hubo otro recorte, dado que en algunas ciudades el número de días festivos
casi se equiparaba con los no festivos, esta poda la llevó a cabo el Papa Pio X
(1911) para favorecer a las clases más pobres.
José María Rodríguez González